Existen pocas cosas tan poderosas como la mirada, desde los profundos ojos de un brujo o un guerrero hasta la mirada de los animales que comparten el mundo con nosotros. De entre todas las criaturas que habitan este planeta, los zorros han sido, durante miles de años, insistentemente dotados de características humanas, representados de maneras diversas, y honrados de formas misteriosas; son, además, los dueños de una mitología poderosa y seductora.

Antiguamente, se creía que ver un zorro constituía una señal del mundo de los muertos. Casi todas las culturas han dotado a este bello animal con poderes mágicos y una inteligencia inigualable (característica real de estos mamíferos carnívoros); en ocasiones, los zorros son dueños de una gran sabiduría, y en otras, son seres tocados por la maldad, gracias a su capacidad de engañar.

Mensajero en la antigua Mesopotamia, el zorro también jugó un papel importante en las culturas asiáticas. Para los chinos se trata de un animal relacionado con la vida después de la muerte; en Corea es el magistral estafador capaz de seducir a las mujeres, para luego robarlas. Por su parte, los japoneses ven en el zorro un símbolo de la longevidad y un espíritu de la lluvia, mensajero de Inari, dios del arroz.

Para los celtas el zorro era un guía (nadie conoce el bosque, ni el mundo de los espíritus, como él), y para los antiguos griegos era un animal caracterizado por su gran astucia y capacidad de engaño —baste con recordar a los zorros que protagonizan las fábulas de Esopo: encarnaciones de la avaricia, seres capaces de traicionar a cualquier otro animal que cruce su camino.

Para las culturas nativas norteamericanas, el zorro encarna distintas cosas: para los grupos del norte, se trata de un animal-mensajero. En cambio, para los de las planicies del sur es, una vez más, un diestro estafador, un animal que guía a los hombres hacia la muerte.

En el mundo cristiano de la Edad Media, el zorro estaba relacionado con el Diablo, era una encarnación de la maldad, un estafador con aptitudes inferiores y enviado del adversario. De ahí surge, probablemente, la acepción del femenino zorra, como un insulto para cierto tipo de mujeres.

Chauveau_-_Fables_de_La_Fontaine_-_03-11

Juguetón, ágil y capaz de inspirar una inmensa ternura, el zorro y su mito nos hablan profundamente de la naturaleza humana, más que de las reales características de este hermosísimo cánido; es un animal-espejo capaz de reflejar las más altas virtudes humanas, como la sabiduría y la espiritualidad, y también las más bajas, como el oportunismo y la mentira.

Valdría la pena preguntarnos entonces: ¿qué hay en su rojo y brillante pelaje, en sus ojos dulces casi infantiles, en su agilidad, velocidad y rapidez, en su espectacular esencia, que ha inspirado las infinitas lecturas que le hemos dado los hombres?

Existen pocas cosas tan poderosas como la mirada, desde los profundos ojos de un brujo o un guerrero hasta la mirada de los animales que comparten el mundo con nosotros. De entre todas las criaturas que habitan este planeta, los zorros han sido, durante miles de años, insistentemente dotados de características humanas, representados de maneras diversas, y honrados de formas misteriosas; son, además, los dueños de una mitología poderosa y seductora.

Antiguamente, se creía que ver un zorro constituía una señal del mundo de los muertos. Casi todas las culturas han dotado a este bello animal con poderes mágicos y una inteligencia inigualable (característica real de estos mamíferos carnívoros); en ocasiones, los zorros son dueños de una gran sabiduría, y en otras, son seres tocados por la maldad, gracias a su capacidad de engañar.

Mensajero en la antigua Mesopotamia, el zorro también jugó un papel importante en las culturas asiáticas. Para los chinos se trata de un animal relacionado con la vida después de la muerte; en Corea es el magistral estafador capaz de seducir a las mujeres, para luego robarlas. Por su parte, los japoneses ven en el zorro un símbolo de la longevidad y un espíritu de la lluvia, mensajero de Inari, dios del arroz.

Para los celtas el zorro era un guía (nadie conoce el bosque, ni el mundo de los espíritus, como él), y para los antiguos griegos era un animal caracterizado por su gran astucia y capacidad de engaño —baste con recordar a los zorros que protagonizan las fábulas de Esopo: encarnaciones de la avaricia, seres capaces de traicionar a cualquier otro animal que cruce su camino.

Para las culturas nativas norteamericanas, el zorro encarna distintas cosas: para los grupos del norte, se trata de un animal-mensajero. En cambio, para los de las planicies del sur es, una vez más, un diestro estafador, un animal que guía a los hombres hacia la muerte.

En el mundo cristiano de la Edad Media, el zorro estaba relacionado con el Diablo, era una encarnación de la maldad, un estafador con aptitudes inferiores y enviado del adversario. De ahí surge, probablemente, la acepción del femenino zorra, como un insulto para cierto tipo de mujeres.

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Juguetón, ágil y capaz de inspirar una inmensa ternura, el zorro y su mito nos hablan profundamente de la naturaleza humana, más que de las reales características de este hermosísimo cánido; es un animal-espejo capaz de reflejar las más altas virtudes humanas, como la sabiduría y la espiritualidad, y también las más bajas, como el oportunismo y la mentira.

Valdría la pena preguntarnos entonces: ¿qué hay en su rojo y brillante pelaje, en sus ojos dulces casi infantiles, en su agilidad, velocidad y rapidez, en su espectacular esencia, que ha inspirado las infinitas lecturas que le hemos dado los hombres?

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