“¿Quiénes somos sino una combinatoria de experiencias, información, libros que hemos leído, cosas imaginadas? Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un inventario de objetos, una serie de estilos, y todo puede ser constantemente recombinado y reordenado de cada manera concebible”, escribió Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio, como si estuviera describiendo radicalmente el género clásico japonés llamado zuihitsu, que pocos conocen de este lado del mundo. Un estilo literario heterogéneo que, podría decirse, es como un volcán envuelto en una nube.

El zuihitsu es bien conocido por su primera aparición hace más de mil años en El libro de la almohada (que Peter Greenaway luego haría famoso en su filme The Pillow Book). El texto lo escribió Sei Shonagon, una dama de la corte de la Emperatriz Sadako/Teshi y debe su nombre a que la autora hizo literalmente una almohada de la pila de cuadernos que escribió. Y es que del zuihitsu puede hacerse lo que sea, siempre y cuando el autor sepa escoger la forma que recibirá mejor al contenido.

Hoy en día el zuihitsu se enseña en algunas clases de literatura en Occidente pero su naturaleza híbrida desafía una definición o categorización precisa y quizá por ello ha escapado de las manos de escritores y quedado más bien como un –por lo demás hermoso– concepto literario.

Los japoneses describen al género como “el roce del viento”, ya que no reside tanto en los sujetos como en el movimiento de la mente. El estilo consiste de ensayos personales interconectados e ideas fragmentadas que responden al entorno del autor; sin embargo, estos “ensayos” brincan de uno a otro por asociación, como lo hace la mente mientras cavila distraídamente y le vienen recuerdos, abstracciones, segmentos de otros textos, listas, opiniones, sueños, poemas. Reúne todo el inventario que somos, diría Calvino.

En un zuihitsu sentimos el proceso de la escritura y tocamos las texturas de la mente del autor más que a los temas o sujetos referidos, por ello a menudo se traduce como “miscelánea” o “ensayo misceláneo”: no hay un punto central sino partes que interactúan entre ellas. Puede haber, por ejemplo, partes en verso, que quizá sea el mejor vehículo para una idea, o partes en prosa, cuya función absorbe el sentimentalismo de manera que un verso no puede. Leer o escribir un zuihitsu es, en pocas palabras, ver cómo la forma cambia el contenido.

Uno de los pocos autores occidentales que se ha aventurado a esta forma es la estadounidense Kimiko Hahn, quien escribió The Narrow Road To The Interior. La autora podría comparase a un carpintero de “hogares literarios”; su trabajo es construir la casa que mejor recibirá una idea, e ir levantando puentes entre una casa y otra hasta formar un vecindario heterogéneo. Algo así como dejar que los pensamientos hablen entre ellos, teniendo siempre control sobre la forma.

El zuihitsu no tiene rival en la literatura japonesa, por ello continúa siendo popular en la actualidad y lentamente abre brecha en la literatura de Occidente. Su forma asociativa, viva e intuitiva hace del texto un baile donde los pensamientos pueden moverse como nubes, aun si contienen un volcán dentro.

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“¿Quiénes somos sino una combinatoria de experiencias, información, libros que hemos leído, cosas imaginadas? Cada vida es una enciclopedia, una biblioteca, un inventario de objetos, una serie de estilos, y todo puede ser constantemente recombinado y reordenado de cada manera concebible”, escribió Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo milenio, como si estuviera describiendo radicalmente el género clásico japonés llamado zuihitsu, que pocos conocen de este lado del mundo. Un estilo literario heterogéneo que, podría decirse, es como un volcán envuelto en una nube.

El zuihitsu es bien conocido por su primera aparición hace más de mil años en El libro de la almohada (que Peter Greenaway luego haría famoso en su filme The Pillow Book). El texto lo escribió Sei Shonagon, una dama de la corte de la Emperatriz Sadako/Teshi y debe su nombre a que la autora hizo literalmente una almohada de la pila de cuadernos que escribió. Y es que del zuihitsu puede hacerse lo que sea, siempre y cuando el autor sepa escoger la forma que recibirá mejor al contenido.

Hoy en día el zuihitsu se enseña en algunas clases de literatura en Occidente pero su naturaleza híbrida desafía una definición o categorización precisa y quizá por ello ha escapado de las manos de escritores y quedado más bien como un –por lo demás hermoso– concepto literario.

Los japoneses describen al género como “el roce del viento”, ya que no reside tanto en los sujetos como en el movimiento de la mente. El estilo consiste de ensayos personales interconectados e ideas fragmentadas que responden al entorno del autor; sin embargo, estos “ensayos” brincan de uno a otro por asociación, como lo hace la mente mientras cavila distraídamente y le vienen recuerdos, abstracciones, segmentos de otros textos, listas, opiniones, sueños, poemas. Reúne todo el inventario que somos, diría Calvino.

En un zuihitsu sentimos el proceso de la escritura y tocamos las texturas de la mente del autor más que a los temas o sujetos referidos, por ello a menudo se traduce como “miscelánea” o “ensayo misceláneo”: no hay un punto central sino partes que interactúan entre ellas. Puede haber, por ejemplo, partes en verso, que quizá sea el mejor vehículo para una idea, o partes en prosa, cuya función absorbe el sentimentalismo de manera que un verso no puede. Leer o escribir un zuihitsu es, en pocas palabras, ver cómo la forma cambia el contenido.

Uno de los pocos autores occidentales que se ha aventurado a esta forma es la estadounidense Kimiko Hahn, quien escribió The Narrow Road To The Interior. La autora podría comparase a un carpintero de “hogares literarios”; su trabajo es construir la casa que mejor recibirá una idea, e ir levantando puentes entre una casa y otra hasta formar un vecindario heterogéneo. Algo así como dejar que los pensamientos hablen entre ellos, teniendo siempre control sobre la forma.

El zuihitsu no tiene rival en la literatura japonesa, por ello continúa siendo popular en la actualidad y lentamente abre brecha en la literatura de Occidente. Su forma asociativa, viva e intuitiva hace del texto un baile donde los pensamientos pueden moverse como nubes, aun si contienen un volcán dentro.

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