La cámara de Jean Painlevé fue una cámara asombrada, una que provocó el asombro entre sus contemporáneos. Hijo de Paul Painlevé, matemático y dos veces primer ministro de Francia, Jean se sintió tempranamente atraído por la vida animal. Pero fue su asidua asistencia al cine parisino de Saint Michel lo que terminó por conformar su actitud hacia la ciencia. Y sería ésta una actitud particular, en la que una visión artística alucinada se combinaría con un profundo sentido del rigor científico, para dar lugar a una de las obras cinematográficas más inclasificables de todos los tiempos.

El contacto de Painlevé con el grupo surrealista también fue determinante a la hora de conformar su visión del cine y el servicio que este podía dar a la ciencia. Al mismo tiempo que creaban rechazo entre la dogmática comunidad científica de su época, sus experimentos cinematográficos provocaban admiración entre personalidades como Guillaume Apollinaire, René Crevel o Luis Buñuel. Con este último mantuvo una estrecha amistad, lo que le llevó a otorgarle el curioso cargo de “encargado jefe de las hormigas” en su celebérrima película Un perro andaluz. La atracción de los surrealistas por el trabajo de Painlevé fue resumida por la escritora Sarah Boxer del siguiente modo: “su mundo es un lugar donde el apareamiento parece un combate, un beso es un preludio de la muerte, los machos dan a luz y las ramas caminan. Sus películas son misteriosas, oníricas, sexys y aterradoras, todo los que los surrealistas querían ser.”

Y es que el cine de Jean Painlevé se situaba en una zona de contacto inusual entre el arte y la ciencia. Ya fueran pulpos, caballitos de mar, erizos o palomas, su cámara lograba antropomorfizar sus conductas, al punto de generar en el espectador la sensación de un parecido desconcertante con la suya propia. Los comentarios lograban transmitir una extraña familiaridad con el comportamiento de esos inquietantes seres a través de una poetización no exenta de humor e ironía. La observación de la naturaleza se volvía arte mediante la sabia combinación con la imaginación, lo que hacía más efectivo su poder divulgador, cumpliendo el sueño de Painlevé de crear una “escuela sin muros”.

Uno de sus trabajos más populares fue el que dedicó, en 1934, al caballito de mar o hipocampo. En él, los pequeños peces de forma equina parecen danzar al servicio de una feliz coreografía gracias al empleo de la música. Painlevé utilizaba ésta como un medio de humanizar el mundo animal y, al mismo tiempo, dotar a la imagen de una mayor profundidad de significado. Cuando en 1967 filma La vida amorosa de los pulpos, uno de sus filmes más peculiares, busca la colaboración de Pierre Henry, pionero de la música electrónica y uno de los creadores de la llamada “música concreta”. El efecto es subyugante. El combate sexual entre dos pulpos es transformado en una extraña danza alienígena ocurrida en algún remoto lugar de la vía láctea. Lo acaecido cotidianamente en nuestros mares es revelado como un hecho inverosímil, recuperando en el espectador la sensación de asombro frente a la naturaleza. Quizás por eso, Jean Painlevé solía afirmar que “la ciencia es ficción”.

Imagen: Craig Nagy – flickr

La cámara de Jean Painlevé fue una cámara asombrada, una que provocó el asombro entre sus contemporáneos. Hijo de Paul Painlevé, matemático y dos veces primer ministro de Francia, Jean se sintió tempranamente atraído por la vida animal. Pero fue su asidua asistencia al cine parisino de Saint Michel lo que terminó por conformar su actitud hacia la ciencia. Y sería ésta una actitud particular, en la que una visión artística alucinada se combinaría con un profundo sentido del rigor científico, para dar lugar a una de las obras cinematográficas más inclasificables de todos los tiempos.

El contacto de Painlevé con el grupo surrealista también fue determinante a la hora de conformar su visión del cine y el servicio que este podía dar a la ciencia. Al mismo tiempo que creaban rechazo entre la dogmática comunidad científica de su época, sus experimentos cinematográficos provocaban admiración entre personalidades como Guillaume Apollinaire, René Crevel o Luis Buñuel. Con este último mantuvo una estrecha amistad, lo que le llevó a otorgarle el curioso cargo de “encargado jefe de las hormigas” en su celebérrima película Un perro andaluz. La atracción de los surrealistas por el trabajo de Painlevé fue resumida por la escritora Sarah Boxer del siguiente modo: “su mundo es un lugar donde el apareamiento parece un combate, un beso es un preludio de la muerte, los machos dan a luz y las ramas caminan. Sus películas son misteriosas, oníricas, sexys y aterradoras, todo los que los surrealistas querían ser.”

Y es que el cine de Jean Painlevé se situaba en una zona de contacto inusual entre el arte y la ciencia. Ya fueran pulpos, caballitos de mar, erizos o palomas, su cámara lograba antropomorfizar sus conductas, al punto de generar en el espectador la sensación de un parecido desconcertante con la suya propia. Los comentarios lograban transmitir una extraña familiaridad con el comportamiento de esos inquietantes seres a través de una poetización no exenta de humor e ironía. La observación de la naturaleza se volvía arte mediante la sabia combinación con la imaginación, lo que hacía más efectivo su poder divulgador, cumpliendo el sueño de Painlevé de crear una “escuela sin muros”.

Uno de sus trabajos más populares fue el que dedicó, en 1934, al caballito de mar o hipocampo. En él, los pequeños peces de forma equina parecen danzar al servicio de una feliz coreografía gracias al empleo de la música. Painlevé utilizaba ésta como un medio de humanizar el mundo animal y, al mismo tiempo, dotar a la imagen de una mayor profundidad de significado. Cuando en 1967 filma La vida amorosa de los pulpos, uno de sus filmes más peculiares, busca la colaboración de Pierre Henry, pionero de la música electrónica y uno de los creadores de la llamada “música concreta”. El efecto es subyugante. El combate sexual entre dos pulpos es transformado en una extraña danza alienígena ocurrida en algún remoto lugar de la vía láctea. Lo acaecido cotidianamente en nuestros mares es revelado como un hecho inverosímil, recuperando en el espectador la sensación de asombro frente a la naturaleza. Quizás por eso, Jean Painlevé solía afirmar que “la ciencia es ficción”.

Imagen: Craig Nagy – flickr