Como si se tratase de alguna revelación romántica del siglo XVIII, Philippe Safire (Francia, 1981) reconoce a la naturaleza como la generadora de sabiduría eterna; al poder divino e insondable, que desde la noche del alma entrega las verdades a los que con atentos oídos escuchan, al perpetuo movimiento de todo.

Citando el statement del propio artista: “Pero es difícil de percibir su divinidad con el cerebro humano, porque en esta era digital, vivimos en una ciudad del espectáculo, separada del mundo natural.”

Esta divinidad a la que se refiere Philippe, es el reflejo que ya hemos atestiguado en los paisajes de David Caspar Friedrich o del mismo Turner, es ese lamento eterno ya esgrimido en autores como John Keats o Novalis; por esa necesidad de reconocer esa misma naturaleza divina que se revela sobre la Tierra dentro de los hombres.

Las instalaciones multimedia de Safire, se valen de alucinantes medios de proyección sobre plexiglás que hipnotizan a cualquiera; la imagen proyectada es de una factura impecable, la calidad de las piezas son remarcables.

Al vivir la experiencia de transitar las instalaciones de Philippe, y reflexionar sobre la propuesta de su trabajo digital, lo más probable es terminar enganchado, deambulando por la galería reflexionando sobre las preocupaciones del artista, que como él mismo expresa, “imaginamos verdades que están desconectadas del mundo actual. Ésta sociedad de consumo daña significativamente nuestro ambiente.”

Se agradece el sobrio estilo planeado para montar sus piezas, lo único que queda, es maravillarse frente a las obras que nos colocan en un ambiente vanguardista, al mejor estilo sci-fi, mientras interactuamos con algunas de las obras que nos hacen preguntarnos obligadamente sobre el funcionamiento del aparato, que yace detrás de este maravilloso arte digital.

La rebelión romántica, como Keneth Clark reconoce a la actitud artística de algunos creadores plásticos del siglo XVIII, es en parte la rebelión en contra de lo que ellos presagiaron: la distorsión de la naturaleza humana, frente al aparato y la creciente economía, manifestando en sus obras maestras este sentir, los creadores de una época aparentemente apocada, atestiguaron la destrucción del mundo que conocían. Ahora tenemos artistas como Philippe, preocupados por lo mismo que ya hace tiempo fue anunciado, que desde los medios digitales actuales y comprometidos con su sentir, se manifiestan artísticamente en contra del desafortunado maltrato que le damos diario a la naturaleza.

Como si se tratase de alguna revelación romántica del siglo XVIII, Philippe Safire (Francia, 1981) reconoce a la naturaleza como la generadora de sabiduría eterna; al poder divino e insondable, que desde la noche del alma entrega las verdades a los que con atentos oídos escuchan, al perpetuo movimiento de todo.

Citando el statement del propio artista: “Pero es difícil de percibir su divinidad con el cerebro humano, porque en esta era digital, vivimos en una ciudad del espectáculo, separada del mundo natural.”

Esta divinidad a la que se refiere Philippe, es el reflejo que ya hemos atestiguado en los paisajes de David Caspar Friedrich o del mismo Turner, es ese lamento eterno ya esgrimido en autores como John Keats o Novalis; por esa necesidad de reconocer esa misma naturaleza divina que se revela sobre la Tierra dentro de los hombres.

Las instalaciones multimedia de Safire, se valen de alucinantes medios de proyección sobre plexiglás que hipnotizan a cualquiera; la imagen proyectada es de una factura impecable, la calidad de las piezas son remarcables.

Al vivir la experiencia de transitar las instalaciones de Philippe, y reflexionar sobre la propuesta de su trabajo digital, lo más probable es terminar enganchado, deambulando por la galería reflexionando sobre las preocupaciones del artista, que como él mismo expresa, “imaginamos verdades que están desconectadas del mundo actual. Ésta sociedad de consumo daña significativamente nuestro ambiente.”

Se agradece el sobrio estilo planeado para montar sus piezas, lo único que queda, es maravillarse frente a las obras que nos colocan en un ambiente vanguardista, al mejor estilo sci-fi, mientras interactuamos con algunas de las obras que nos hacen preguntarnos obligadamente sobre el funcionamiento del aparato, que yace detrás de este maravilloso arte digital.

La rebelión romántica, como Keneth Clark reconoce a la actitud artística de algunos creadores plásticos del siglo XVIII, es en parte la rebelión en contra de lo que ellos presagiaron: la distorsión de la naturaleza humana, frente al aparato y la creciente economía, manifestando en sus obras maestras este sentir, los creadores de una época aparentemente apocada, atestiguaron la destrucción del mundo que conocían. Ahora tenemos artistas como Philippe, preocupados por lo mismo que ya hace tiempo fue anunciado, que desde los medios digitales actuales y comprometidos con su sentir, se manifiestan artísticamente en contra del desafortunado maltrato que le damos diario a la naturaleza.

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