Haruki Murakami es ya uno de los escritores insignes de nuestro tiempo, de entrada porque se trata de uno de los más leídos en todo el mundo, pero incluso si careciera de ese impresionante volumen de ventas, porque su propuesta literaria, oscilante entre el pop y la complejidad de la naturaleza humana, la exploración onírica como el territorio donde realmente suceden las cosas y la realidad como una zona de límites maleables y difusos, ha sabido proponer de manera asequible preguntas en torno al amor, la soledad y otros asuntos que orbitan en torno a estos pero sin sacrificar profundidad —combinación que quizá sea la fórmula de su éxito. La sagacidad de Murakami se ha traducido en las palabras precisas que dan cuerpo a pensamientos que muchos tenemos en nuestra cabeza por el solo hecho de compartir época y circunstancias.

En el número 182 de su serie “The Art of Fiction” —creada para entrevistar a escritores que por algún motivo han revolucionado la literatura de su tiempo—, la prestigiosa revista The Paris Review ofrece una interesante conversación con el japonés. Bajo la guía de John Wray, Murakami expone ahí algunas de sus ideas fundamentales sobre su actividad creadora, sus herencias y sus antecedentes, sus propuestas y la idea de literatura que intenta hacer presente en su obra. “El mundo de Murakami es uno alegórico, construido de símbolos familiares —un pozo vacío, una ciudad subterráneo—, pero el significado de estos símbolos permanece hermético hasta el final”, escribe Gray al introducir la entrevista y también como un anuncio del objetivo de esta: hurgar en el mundo simbólico de Murakami.

La conversación es amplia, pero como si se tratara de una extensión del estilo del japonés, es posible seguirla tomando algunas de las obsesiones que se encuentran en su obra. Las mujeres, el humor, la disociación deliberada entre fantasía y realidad, la música y el cine como surtidores que nutren una historia, la observación atenta de los hechos sin un juicio que la valore y algunas otras.

¿Cuál es el motor narrativo de Murakami? En buena medida, la intuición. “Los lectores y yo nos encontramos en el mismo terreno. Cuando comienzo una historia no conozco la conclusión ni sé qué va a pasar después”, dice, una fórmula que con variaciones y aplicada en otros casos, se repite a lo largo de la conversación. Murakami no sabe, pero intuye. No sabe dónde o cómo terminará una de sus novelas, pero de pronto, al llegar a un punto, siente que es suficiente, que eso es lo que quería escribir. La intuición como una especie de estrella polar que de súbito aparece en el firmamento nuboso, escondida pero vagamente visible, señalando la dirección y el camino.

El autor de Sputnik, mi amor sabe bien que nuestro mundo y sus lectores no son los mismos que los de Dostoievski o Tolstói, y aunque sin duda su corpus se acerca ya a las monumentales obras de los rusos, el soporte de sus ficciones es notablemente distinto. Como actividad de entretenimiento, la literatura se encuentra en desventaja frente al cine o los videojuegos, de ahí que el japonés sostenga que se tiene “que tomar a las personas del cuello para arrastrarlas” a la ficción. ¿De qué manera? Por ejemplo, cruzando distintas disciplinas, incorporando esa cotidianidad contemporánea a la corriente de la literatura.

Las narrativas son muy importantes en nuestros días al escribir libros. No me interesan las teorías. No me preocupo del vocabulario. Lo que importa es si la narrativa es buena o no. Tenemos una nueva forma de folclor como resultado del mundo de Internet. Es una especie de metáfora.

En cuanto a su característico vaivén entre una realidad real y otra soñada —dentro de otra con sus propias reglas, la de una novela—, destaca el lugar de las mujeres como puente entre un mundo y otro. “Médiums”, las llama el japonés, el vehículo necesario “para hacer que algo suceda a través de ellas”, “heraldos del mundo por venir”. “Por eso”, añade, “ellas siempre van hacia mi protagonistas, él no va a ellas”.

Pero igualmente puede señalarse uno de los sucesos más netamente humanos, de profundas implicaciones: la pérdida. En términos generales los protagonistas de Murakami se caracterizan por haber perdido algo, casi siempre una mujer, acontecimiento catastrófico para sus modestas vidas que inevitablemente los impulsa a emprender una búsqueda. Como Odiseo, como Parsifal, Philip Marlowe, el torvo detective de Chandler, esos personajes emprenden su propia expedición por las regiones colmadas de la presencia extraviada —que, en buena medida, son sus propios territorios: sus sueños, sus deseos, sus temores.

[Mi protagonista] Tiene que sobrevivir a esas experiencias, y al final se da cuenta de lo que estaba buscando. Pero no está seguro de que sea la misma cosa. Creo que ese es el motif de mis libros. ¿De donde provienen esas cosas? No sé. Me funciona. Es la energía que conduce mis historias: perder y buscar y encontrar. Y la desilusión, una especie de nueva conciencia sobre el mundo.

¿La desilusión como un rito de pasaje?

Exacto. La experiencia tiene su propio sentido. El protagonista ha cambiado en el curso de sus experiencias —eso es lo importante. No lo que encontró, sino cómo ha cambiado.

Y es que, para recuperar un viejo problema de la literatura, la doble naturaleza de la ficción hace que el autor se parezca a sus personajes pero también que estos sean, a veces, diametralmente opuestos a su autor. Saramago aseguró que “sus personajes fueron sus maestros y el autor su aprendiz”. Proust dice en algún lugar de En busca del tiempo perdido que para crear, el artista tiene que buscar hondo dentro de sí, sin arredrarse, porque solo en esas simas —y no en la vida mundana, como aseguraba Sainte-Beuve— encontrará la materia valiosa que correrá por las venas de su obra. Murakami también tuvo que “cavar y cavar y cavar”, “pero una vez que llegue ahí”, dice, “tenía fuerza y confianza. Mi vida estaba sistematizada. Fue bueno estar cavando todo ese camino”.

.

Haruki Murakami es ya uno de los escritores insignes de nuestro tiempo, de entrada porque se trata de uno de los más leídos en todo el mundo, pero incluso si careciera de ese impresionante volumen de ventas, porque su propuesta literaria, oscilante entre el pop y la complejidad de la naturaleza humana, la exploración onírica como el territorio donde realmente suceden las cosas y la realidad como una zona de límites maleables y difusos, ha sabido proponer de manera asequible preguntas en torno al amor, la soledad y otros asuntos que orbitan en torno a estos pero sin sacrificar profundidad —combinación que quizá sea la fórmula de su éxito. La sagacidad de Murakami se ha traducido en las palabras precisas que dan cuerpo a pensamientos que muchos tenemos en nuestra cabeza por el solo hecho de compartir época y circunstancias.

En el número 182 de su serie “The Art of Fiction” —creada para entrevistar a escritores que por algún motivo han revolucionado la literatura de su tiempo—, la prestigiosa revista The Paris Review ofrece una interesante conversación con el japonés. Bajo la guía de John Wray, Murakami expone ahí algunas de sus ideas fundamentales sobre su actividad creadora, sus herencias y sus antecedentes, sus propuestas y la idea de literatura que intenta hacer presente en su obra. “El mundo de Murakami es uno alegórico, construido de símbolos familiares —un pozo vacío, una ciudad subterráneo—, pero el significado de estos símbolos permanece hermético hasta el final”, escribe Gray al introducir la entrevista y también como un anuncio del objetivo de esta: hurgar en el mundo simbólico de Murakami.

La conversación es amplia, pero como si se tratara de una extensión del estilo del japonés, es posible seguirla tomando algunas de las obsesiones que se encuentran en su obra. Las mujeres, el humor, la disociación deliberada entre fantasía y realidad, la música y el cine como surtidores que nutren una historia, la observación atenta de los hechos sin un juicio que la valore y algunas otras.

¿Cuál es el motor narrativo de Murakami? En buena medida, la intuición. “Los lectores y yo nos encontramos en el mismo terreno. Cuando comienzo una historia no conozco la conclusión ni sé qué va a pasar después”, dice, una fórmula que con variaciones y aplicada en otros casos, se repite a lo largo de la conversación. Murakami no sabe, pero intuye. No sabe dónde o cómo terminará una de sus novelas, pero de pronto, al llegar a un punto, siente que es suficiente, que eso es lo que quería escribir. La intuición como una especie de estrella polar que de súbito aparece en el firmamento nuboso, escondida pero vagamente visible, señalando la dirección y el camino.

El autor de Sputnik, mi amor sabe bien que nuestro mundo y sus lectores no son los mismos que los de Dostoievski o Tolstói, y aunque sin duda su corpus se acerca ya a las monumentales obras de los rusos, el soporte de sus ficciones es notablemente distinto. Como actividad de entretenimiento, la literatura se encuentra en desventaja frente al cine o los videojuegos, de ahí que el japonés sostenga que se tiene “que tomar a las personas del cuello para arrastrarlas” a la ficción. ¿De qué manera? Por ejemplo, cruzando distintas disciplinas, incorporando esa cotidianidad contemporánea a la corriente de la literatura.

Las narrativas son muy importantes en nuestros días al escribir libros. No me interesan las teorías. No me preocupo del vocabulario. Lo que importa es si la narrativa es buena o no. Tenemos una nueva forma de folclor como resultado del mundo de Internet. Es una especie de metáfora.

En cuanto a su característico vaivén entre una realidad real y otra soñada —dentro de otra con sus propias reglas, la de una novela—, destaca el lugar de las mujeres como puente entre un mundo y otro. “Médiums”, las llama el japonés, el vehículo necesario “para hacer que algo suceda a través de ellas”, “heraldos del mundo por venir”. “Por eso”, añade, “ellas siempre van hacia mi protagonistas, él no va a ellas”.

Pero igualmente puede señalarse uno de los sucesos más netamente humanos, de profundas implicaciones: la pérdida. En términos generales los protagonistas de Murakami se caracterizan por haber perdido algo, casi siempre una mujer, acontecimiento catastrófico para sus modestas vidas que inevitablemente los impulsa a emprender una búsqueda. Como Odiseo, como Parsifal, Philip Marlowe, el torvo detective de Chandler, esos personajes emprenden su propia expedición por las regiones colmadas de la presencia extraviada —que, en buena medida, son sus propios territorios: sus sueños, sus deseos, sus temores.

[Mi protagonista] Tiene que sobrevivir a esas experiencias, y al final se da cuenta de lo que estaba buscando. Pero no está seguro de que sea la misma cosa. Creo que ese es el motif de mis libros. ¿De donde provienen esas cosas? No sé. Me funciona. Es la energía que conduce mis historias: perder y buscar y encontrar. Y la desilusión, una especie de nueva conciencia sobre el mundo.

¿La desilusión como un rito de pasaje?

Exacto. La experiencia tiene su propio sentido. El protagonista ha cambiado en el curso de sus experiencias —eso es lo importante. No lo que encontró, sino cómo ha cambiado.

Y es que, para recuperar un viejo problema de la literatura, la doble naturaleza de la ficción hace que el autor se parezca a sus personajes pero también que estos sean, a veces, diametralmente opuestos a su autor. Saramago aseguró que “sus personajes fueron sus maestros y el autor su aprendiz”. Proust dice en algún lugar de En busca del tiempo perdido que para crear, el artista tiene que buscar hondo dentro de sí, sin arredrarse, porque solo en esas simas —y no en la vida mundana, como aseguraba Sainte-Beuve— encontrará la materia valiosa que correrá por las venas de su obra. Murakami también tuvo que “cavar y cavar y cavar”, “pero una vez que llegue ahí”, dice, “tenía fuerza y confianza. Mi vida estaba sistematizada. Fue bueno estar cavando todo ese camino”.

.

Etiquetado: , , ,