Cuán tentador es el afán de distribuir el mundo entero según un código único: una ley universal regiría el conjunto de los fenómenos: dos hemisferios, cinco continentes, masculino y femenino, animal y vegetal, singular plural, derecha izquierda, cuatro estaciones, cinco sentidos, cinco vocales, siete días, doce meses, veintinueve letras. Lamentablemente no funciona, nunca funcionó, nunca funcionará.

—George Perec

Detrás de toda utopía —como lo es la cartografía— hay siempre un gran diseño taxonómico: un lugar para cada cosa y cada cosa en un lugar. A pesar de su innegable función como guías, como portadores de información útil, por su irrevocable cualidad bidimensional (que representa un espacio multidimensional), los mapas son una gran ficción y, tal vez por eso, llevan en sus trazos una cualidad que invita a la fantasía e incluso al pensamiento mágico. Además, los mapas tienen el poder de transmitir información de toda clase, que no sólo geográfica, a través del lenguaje gráfico, más o menos codificado, los que los transforma en extrañas piezas de arte y espejos del imaginario humano: de sus fantasías, sus miedos y muchas veces de su relación con el poder. La colección de mapas que compiló durante décadas Paul “P.J.” Mode es un ejemplo perfecto de esto.

Mode es un abogado retirado que, desde la década de los ochentas, comenzó a coleccionar esta clase de mapas. A través de una investigación exhaustiva, el estadounidense fue adquiriendo planos antiguos del mundo, hasta lograr una colección de unos 800 ejemplares. Con el paso de los años, el interés del coleccionista se fue decantando hacia los que él llama la “cartografía persuasiva”, como nombró a aquellos mapas diseñados y producidos para influir opiniones y creencias a través del envío de mensajes específicos.

Podría decirse que la Colección P.J. Mode, a partir de entonces, tuvo como punto de partida la adquisición de mapas que funcionaron como propaganda. Sus planos son más que mapas convencionales, y nos obligan a revisar el pasado al describir ciertos momentos muy específicos en la historia de la humanidad a través de una narrativa gráfica casi siempre política, bélica y nacionalista.

Los mapas de Mode reflejan distintas versiones y estrategias de persuasión: planos alegóricos, satíricos y pictóricos que, a través de diferentes técnicas gráficas y textuales, transmiten mensajes religiosos, políticos, comerciales, militares, sociales y culturales. Para categorizarlos, su dueño se basó en dos elementos o dimensiones, que él categoriza como “herramientas” y “mensaje”, todos teniendo en común la transmisión de mensajes complejos y no únicamente cartográficos.

J. Mode eventualmente decidió donar su colección a la Universidad de Cornell, entre otras cosas, para que ésta fuera digitalizada como la P.J. Mode Collection, y pudiera ser accesible para cualquier persona en línea.

La peculiar colección de mapas narra guerras mundiales, guerras civiles, la Guerra Fría, la historia de la esclavitud, etcétera. Un ejemplo es el precioso Leo Belgicus (1648) de Famiano Estrada. Éste tiene la forma de un león y su objetivo fue el de llamar a la unidad a la población de la recién formada República Holandesa Independiente tras la ganar la guerra a España. Otro llamativo ejemplo es el titulado If Christ Came to Chicago (1894), que describe la inmoralidad y corrupción en dicha ciudad a finales del siglo XIX: el mapa bicolor cubre solamente dos cuadras de la ciudad, resaltando en rojo la ubicación exacta de los burdeles y en negro la de las cantinas y bares. Uno de los mapas de la colección, que oscila entre lo satírico y lo conceptual es el Ocean Chart, parte de una edición del poema sin sentido The Hunting of the Snark de Lewis Carroll, escrito en 1874; se trata de un mapa en blanco que describe el mar, un ejercicio lleno de belleza gráfica.

Un mapa (según nuestra interpretación colectiva original) debiera ser preciso, sin errores, para trazar la ruta hacia la verdad. Pero, ¿qué sucede cuando el objetivo del mapa no es ser una guía precisa en términos físicos, pero sí en términos ideológicos? Los mapas han evolucionado de la mano del hombre, pero no solamente de su tecnología, también de su historia, cultura y pensamiento. En el caso de los mapas de Mode (y una buena parte de la cartografía antigua) existe una hermosa tensión entre lo que el mapa indica y cómo lo indica, entre su belleza y su contenido: el mapa ha sido y es también una obra de arte y diseño, un vehículo visual transportador de información con una carga social: una mapa es también un plano de la inmensa complejidad humana —y jamás, por definición, el mapa es el territorio.

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Imágenes: Cornell University – PJ Mode Collection of Persuasive Cartography – Creative Commons

Cuán tentador es el afán de distribuir el mundo entero según un código único: una ley universal regiría el conjunto de los fenómenos: dos hemisferios, cinco continentes, masculino y femenino, animal y vegetal, singular plural, derecha izquierda, cuatro estaciones, cinco sentidos, cinco vocales, siete días, doce meses, veintinueve letras. Lamentablemente no funciona, nunca funcionó, nunca funcionará.

—George Perec

Detrás de toda utopía —como lo es la cartografía— hay siempre un gran diseño taxonómico: un lugar para cada cosa y cada cosa en un lugar. A pesar de su innegable función como guías, como portadores de información útil, por su irrevocable cualidad bidimensional (que representa un espacio multidimensional), los mapas son una gran ficción y, tal vez por eso, llevan en sus trazos una cualidad que invita a la fantasía e incluso al pensamiento mágico. Además, los mapas tienen el poder de transmitir información de toda clase, que no sólo geográfica, a través del lenguaje gráfico, más o menos codificado, los que los transforma en extrañas piezas de arte y espejos del imaginario humano: de sus fantasías, sus miedos y muchas veces de su relación con el poder. La colección de mapas que compiló durante décadas Paul “P.J.” Mode es un ejemplo perfecto de esto.

Mode es un abogado retirado que, desde la década de los ochentas, comenzó a coleccionar esta clase de mapas. A través de una investigación exhaustiva, el estadounidense fue adquiriendo planos antiguos del mundo, hasta lograr una colección de unos 800 ejemplares. Con el paso de los años, el interés del coleccionista se fue decantando hacia los que él llama la “cartografía persuasiva”, como nombró a aquellos mapas diseñados y producidos para influir opiniones y creencias a través del envío de mensajes específicos.

Podría decirse que la Colección P.J. Mode, a partir de entonces, tuvo como punto de partida la adquisición de mapas que funcionaron como propaganda. Sus planos son más que mapas convencionales, y nos obligan a revisar el pasado al describir ciertos momentos muy específicos en la historia de la humanidad a través de una narrativa gráfica casi siempre política, bélica y nacionalista.

Los mapas de Mode reflejan distintas versiones y estrategias de persuasión: planos alegóricos, satíricos y pictóricos que, a través de diferentes técnicas gráficas y textuales, transmiten mensajes religiosos, políticos, comerciales, militares, sociales y culturales. Para categorizarlos, su dueño se basó en dos elementos o dimensiones, que él categoriza como “herramientas” y “mensaje”, todos teniendo en común la transmisión de mensajes complejos y no únicamente cartográficos.

J. Mode eventualmente decidió donar su colección a la Universidad de Cornell, entre otras cosas, para que ésta fuera digitalizada como la P.J. Mode Collection, y pudiera ser accesible para cualquier persona en línea.

La peculiar colección de mapas narra guerras mundiales, guerras civiles, la Guerra Fría, la historia de la esclavitud, etcétera. Un ejemplo es el precioso Leo Belgicus (1648) de Famiano Estrada. Éste tiene la forma de un león y su objetivo fue el de llamar a la unidad a la población de la recién formada República Holandesa Independiente tras la ganar la guerra a España. Otro llamativo ejemplo es el titulado If Christ Came to Chicago (1894), que describe la inmoralidad y corrupción en dicha ciudad a finales del siglo XIX: el mapa bicolor cubre solamente dos cuadras de la ciudad, resaltando en rojo la ubicación exacta de los burdeles y en negro la de las cantinas y bares. Uno de los mapas de la colección, que oscila entre lo satírico y lo conceptual es el Ocean Chart, parte de una edición del poema sin sentido The Hunting of the Snark de Lewis Carroll, escrito en 1874; se trata de un mapa en blanco que describe el mar, un ejercicio lleno de belleza gráfica.

Un mapa (según nuestra interpretación colectiva original) debiera ser preciso, sin errores, para trazar la ruta hacia la verdad. Pero, ¿qué sucede cuando el objetivo del mapa no es ser una guía precisa en términos físicos, pero sí en términos ideológicos? Los mapas han evolucionado de la mano del hombre, pero no solamente de su tecnología, también de su historia, cultura y pensamiento. En el caso de los mapas de Mode (y una buena parte de la cartografía antigua) existe una hermosa tensión entre lo que el mapa indica y cómo lo indica, entre su belleza y su contenido: el mapa ha sido y es también una obra de arte y diseño, un vehículo visual transportador de información con una carga social: una mapa es también un plano de la inmensa complejidad humana —y jamás, por definición, el mapa es el territorio.

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cartografia2
cartografia3
cartografia4
cartografia5 
cartografia6
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Imágenes: Cornell University – PJ Mode Collection of Persuasive Cartography – Creative Commons