Los cuentos de hadas—historias de la tribu— son más que simples narraciones infantiles. Estas ficciones, cuyos personajes habitan nuestras memorias más tempranas, no son solamente formas de la literatura con un fin estético o placentero: son también portadoras de mitologías, arquetipos y leyendas que transmiten la sabiduría ancestral de los pueblos humanos, entre otras cosas, por existir gracias a la transmisión oral. Así, cada cultura tiene sus propios cuentos de hadas,  personajes y tramas, pero todos ellos comparten un elemento: una cierta lección de vida, un elemento didáctico y, en muchas ocasiones, un instrumento moral.

Uno de los elementos más fascinantes de los cuentos de hadas son sus personajes —no siempre humanos y frecuentemente colmados de elementos fantásticos— y, por supuesto, las ilustraciones que les han dado vida en nuestra imaginación. A fin de cuentas la fantasía es francamente visual, y la imaginación es, simplemente, el acto de liberar nuestra capacidad de formar imágenes. Uno de los más hermosos ejemplos de la estética de hadas habita en los dibujos mostrados a continuación, que provienen de una vieja colección de cuentos de hadas japoneses.

Existió un hombre, Takejiro Hasegawa (1853-1938), que dedicó una buena parte de su trabajo como editor a la divulgación de los cuentos de hadas de su natal Japón en el Occidente. Hasegawa fue el responsable de la creación de una hermosa colección de libros que incentivó la propagación de algunas de las narraciones (e ilustraciones) más extrañas y deliciosas que haya presumido la literatura infantil.

La resonancia del trabajo de Hasegawa se debe a su destreza y esmero, pero también a la época en la que vivió y trabajó. A finales del siglo XIX e inicios del XX, existió una fascinación por el oriente lejano en Occidente y se vivió una época dorada de los libros infantiles ilustrados —una que enriquece nuestro imaginario hasta la fecha. A pesar de que casi todos estos libros, editores e ilustradores provenían de conocidas editoriales en Europa y Estados Unidos, al mismo tiempo, Japón también abría sus puertas y ojos al oeste. Nació entonces, en Tokio, una de las casas editoriales más importantes de su tiempo, Kobunsha, dirigida por nada menos que Takejiro Hasegawa.

Este hombre provenía de una familia de comerciantes que importaba  libros occidentales a Japón. Él, además, fue enviado a escuelas inglesas por sus padres. Esa experiencia nutrió su contacto con la cultura europea y le dejó ver la necesidad que existía en su país de libros de texto extranjeros. Su proyecto inicial incluyó la introducción de materiales educativos en lengua no japonesa, pero con el paso del tiempo y el éxito comercial de sus libros ilustrados de cuentos, Hasegawa comenzó a alejarse del mercado local para enfocarse en compradores extranjeros deslumbrados por la cuidadosa manufactura de sus volúmenes, que hacían uso de la legendaria técnica del ukiyo-e.

Así, la colección de cuentos de hadas editada por Hasewaga combinó el delirante mundo de los mitos y leyendas del Japón, ilustrado por artistas japoneses, con el trabajo de escritores y traductores occidentales. Publicada entre 1885 y 1922, la colección consta de unos 20 volúmenes, y eventualmente sería traducida a múltiples idiomas.

Hasegawa tomó el modelo de las colecciones narrativas tradicionales del Japón donde, desde el siglo XVI, las antologías de historias habían dependido fuertemente de sus ilustraciones por los altos índices de analfabetismo. Cabe mencionar que los resultados de esta práctica fueron deslumbrantes en términos estéticos. Las historias contenidas en las antologías de Hasegawa, por su parte, abrevaron de distintas fuentes, desde historias de míticos héroes nipones y relatos provenientes de la tradición budista, hasta antiguas fábulas protagonizadas por animales.

Para la impresión de sus libros, Hasegawa utilizó varios tipos de papel tradicional japonés, como mitsumata (de aspecto cremoso, robusto y pesado, semejante al papel crepé) y chirimen (una especie de papel artesanal cuya textura asemejaba la de la tela y daba una apariencia avejentada): su público occidental, tocado fuertemente por el orientalismo, veía en sus libros no sólo antologías de cuentos, sino también objetos de arte en sí mismos. Esto llevó a Hasegawa a participar en ferias de libros ya no sólo en Tokio, también en ciudades como Chicago, Londres, París o Turín.

Un niño que nace de un durazno, dragones que son también reyes, una malvada rata-duende que es ahuyentada por gatos fantasma y gorriones portadores de regalos son algunos de los personajes ilustrados en los hermosos libros de Hasegawa, cuya labor tiene un doble valor: al tiempo que plasmó la tradición contenida en los mitos y leyendas del Japón en hermosos objetos de arte, abrió un universo desconocido y deslumbrante para un público sin fronteras.

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Imágenes: Public Domain Review

Los cuentos de hadas—historias de la tribu— son más que simples narraciones infantiles. Estas ficciones, cuyos personajes habitan nuestras memorias más tempranas, no son solamente formas de la literatura con un fin estético o placentero: son también portadoras de mitologías, arquetipos y leyendas que transmiten la sabiduría ancestral de los pueblos humanos, entre otras cosas, por existir gracias a la transmisión oral. Así, cada cultura tiene sus propios cuentos de hadas,  personajes y tramas, pero todos ellos comparten un elemento: una cierta lección de vida, un elemento didáctico y, en muchas ocasiones, un instrumento moral.

Uno de los elementos más fascinantes de los cuentos de hadas son sus personajes —no siempre humanos y frecuentemente colmados de elementos fantásticos— y, por supuesto, las ilustraciones que les han dado vida en nuestra imaginación. A fin de cuentas la fantasía es francamente visual, y la imaginación es, simplemente, el acto de liberar nuestra capacidad de formar imágenes. Uno de los más hermosos ejemplos de la estética de hadas habita en los dibujos mostrados a continuación, que provienen de una vieja colección de cuentos de hadas japoneses.

Existió un hombre, Takejiro Hasegawa (1853-1938), que dedicó una buena parte de su trabajo como editor a la divulgación de los cuentos de hadas de su natal Japón en el Occidente. Hasegawa fue el responsable de la creación de una hermosa colección de libros que incentivó la propagación de algunas de las narraciones (e ilustraciones) más extrañas y deliciosas que haya presumido la literatura infantil.

La resonancia del trabajo de Hasegawa se debe a su destreza y esmero, pero también a la época en la que vivió y trabajó. A finales del siglo XIX e inicios del XX, existió una fascinación por el oriente lejano en Occidente y se vivió una época dorada de los libros infantiles ilustrados —una que enriquece nuestro imaginario hasta la fecha. A pesar de que casi todos estos libros, editores e ilustradores provenían de conocidas editoriales en Europa y Estados Unidos, al mismo tiempo, Japón también abría sus puertas y ojos al oeste. Nació entonces, en Tokio, una de las casas editoriales más importantes de su tiempo, Kobunsha, dirigida por nada menos que Takejiro Hasegawa.

Este hombre provenía de una familia de comerciantes que importaba  libros occidentales a Japón. Él, además, fue enviado a escuelas inglesas por sus padres. Esa experiencia nutrió su contacto con la cultura europea y le dejó ver la necesidad que existía en su país de libros de texto extranjeros. Su proyecto inicial incluyó la introducción de materiales educativos en lengua no japonesa, pero con el paso del tiempo y el éxito comercial de sus libros ilustrados de cuentos, Hasegawa comenzó a alejarse del mercado local para enfocarse en compradores extranjeros deslumbrados por la cuidadosa manufactura de sus volúmenes, que hacían uso de la legendaria técnica del ukiyo-e.

Así, la colección de cuentos de hadas editada por Hasewaga combinó el delirante mundo de los mitos y leyendas del Japón, ilustrado por artistas japoneses, con el trabajo de escritores y traductores occidentales. Publicada entre 1885 y 1922, la colección consta de unos 20 volúmenes, y eventualmente sería traducida a múltiples idiomas.

Hasegawa tomó el modelo de las colecciones narrativas tradicionales del Japón donde, desde el siglo XVI, las antologías de historias habían dependido fuertemente de sus ilustraciones por los altos índices de analfabetismo. Cabe mencionar que los resultados de esta práctica fueron deslumbrantes en términos estéticos. Las historias contenidas en las antologías de Hasegawa, por su parte, abrevaron de distintas fuentes, desde historias de míticos héroes nipones y relatos provenientes de la tradición budista, hasta antiguas fábulas protagonizadas por animales.

Para la impresión de sus libros, Hasegawa utilizó varios tipos de papel tradicional japonés, como mitsumata (de aspecto cremoso, robusto y pesado, semejante al papel crepé) y chirimen (una especie de papel artesanal cuya textura asemejaba la de la tela y daba una apariencia avejentada): su público occidental, tocado fuertemente por el orientalismo, veía en sus libros no sólo antologías de cuentos, sino también objetos de arte en sí mismos. Esto llevó a Hasegawa a participar en ferias de libros ya no sólo en Tokio, también en ciudades como Chicago, Londres, París o Turín.

Un niño que nace de un durazno, dragones que son también reyes, una malvada rata-duende que es ahuyentada por gatos fantasma y gorriones portadores de regalos son algunos de los personajes ilustrados en los hermosos libros de Hasegawa, cuya labor tiene un doble valor: al tiempo que plasmó la tradición contenida en los mitos y leyendas del Japón en hermosos objetos de arte, abrió un universo desconocido y deslumbrante para un público sin fronteras.

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Imágenes: Public Domain Review