No hay excelencia en la belleza sin algo extraño en sus proporciones.

Francis Bacon

La belleza es uno de los grandes temas del mundo. Siempre ha sido adorada, siempre hemos intentado abarcarla ya sea con el lenguaje, ya con las distintas formas del arte. Lo cierto es que todo cuanto se diga de la belleza —si es afortunado— no es más que una porción de un algo más grande, superior. Para nuestra fortuna, varios de los grandes autores del mundo se han propuesto describirla.

Borges advirtió que “la belleza es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo. No es el resultado de un juicio, no llegamos a ella por medio de reglas; sentimos la belleza o no la sentimos.” Philip K. Dick, por su parte, creía que el sufrimiento absoluto lleva a la belleza absoluta; Platón vio que en ella “el esplendor de la verdad” y Zola la postulaba como un estado de ánimo.

A todos nos acontece la experiencia estética, incluso si algunas veces, como ahora que ha sido trágicamente industrializada, la confundamos con un cuerpo perfecto o con un rostro simétrico. En su ensayo “De la belleza”, el filósofo y pionero del método científico Francis Bacon considera la relación entre virtud y belleza. Raras veces, de acuerdo a él, acontece la perfecta combinación entre ambas, pero si la primera es suficientemente luminosa, entonces habrá belleza.

La virtud es como una piedra preciosa, y seguro que la virtud está mejor en un cuerpo hermoso, aunque no de rasgos delicados, y que tenga, más bien, a lugar la dignidad de la presencia, que la belleza aparente. No es visto tampoco que las personas hermosas posean una gran virtud, como si la naturaleza hubiera estado lo bastante ocupada, no para errar pero sí para haber producido una obra por excelencia. Aún así, demostrar haberlo logrado, sin poseer grandeza de espíritu, y estudiar más bien el comportamiento que la virtud. Pero esto no es garantía siempre: para César Augusto, Tito Vespasiano, Felipe el Bello de Francia, Eduardo IV de Inglaterra, Alcibíades de Atenas, Ismael el sofista de Persia, todos de buen y gran espíritu, y sin embargo, también los hombres más hermosos de su tiempo. En la belleza, como un don, es más que el tono; es el movimiento digno que desencadena la gracia. Esa es la mejor parte de la belleza, una imagen que no se puede expresar, no, ni como primer vistazo a la vida. No hay belleza alguna sin algo extraño en sus proporciones. Un hombre no podría decidir si Apeles, o Albert Durer, era el más nimio, más bien, que haga de uno, un personaje de proporciones geométricas; y de otro, tomaría lo mejor de ambas partes adoptando los rasgos del rostro de cada uno para hacer una excelsa. Tales personajes, creo yo, no complacerían a nadie, más que al pintor que los hizo. No, pero creo que un pintor puede hacer un mejor rostro, uno que nunca hubiera imaginado; pero debe hacerlo por una especie de felicidad (como un músico que transforma la atmósfera en melodía), y no como una regla. Un hombre verá los rostros que si se les examina por partes, nunca encontrará una de su agrado, y sin embargo por el todo lucen bien. Y si es verdad que la lo esencial de la belleza está en el decoroso movimiento, sin duda, no será una maravilla, aunque las personas a través de los años parecen muchas veces más amables; pulchrorum autumnus pulcher (las personas hermosas poseen un bello Otoño) porque ningún joven puede ser atractivo, considerando su juventud, como para compensar la pulcritud. La belleza es como las frutas de verano, que son fáciles de corromper y de corta duración, y en su mayor parte, de juventud disoluta y una edad falta de semblantes, pero aún se puede asegurar que, si se ilumina bien, hará a la virtud brillar y ruborizará los vicios.

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No hay excelencia en la belleza sin algo extraño en sus proporciones.

Francis Bacon

La belleza es uno de los grandes temas del mundo. Siempre ha sido adorada, siempre hemos intentado abarcarla ya sea con el lenguaje, ya con las distintas formas del arte. Lo cierto es que todo cuanto se diga de la belleza —si es afortunado— no es más que una porción de un algo más grande, superior. Para nuestra fortuna, varios de los grandes autores del mundo se han propuesto describirla.

Borges advirtió que “la belleza es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo. No es el resultado de un juicio, no llegamos a ella por medio de reglas; sentimos la belleza o no la sentimos.” Philip K. Dick, por su parte, creía que el sufrimiento absoluto lleva a la belleza absoluta; Platón vio que en ella “el esplendor de la verdad” y Zola la postulaba como un estado de ánimo.

A todos nos acontece la experiencia estética, incluso si algunas veces, como ahora que ha sido trágicamente industrializada, la confundamos con un cuerpo perfecto o con un rostro simétrico. En su ensayo “De la belleza”, el filósofo y pionero del método científico Francis Bacon considera la relación entre virtud y belleza. Raras veces, de acuerdo a él, acontece la perfecta combinación entre ambas, pero si la primera es suficientemente luminosa, entonces habrá belleza.

La virtud es como una piedra preciosa, y seguro que la virtud está mejor en un cuerpo hermoso, aunque no de rasgos delicados, y que tenga, más bien, a lugar la dignidad de la presencia, que la belleza aparente. No es visto tampoco que las personas hermosas posean una gran virtud, como si la naturaleza hubiera estado lo bastante ocupada, no para errar pero sí para haber producido una obra por excelencia. Aún así, demostrar haberlo logrado, sin poseer grandeza de espíritu, y estudiar más bien el comportamiento que la virtud. Pero esto no es garantía siempre: para César Augusto, Tito Vespasiano, Felipe el Bello de Francia, Eduardo IV de Inglaterra, Alcibíades de Atenas, Ismael el sofista de Persia, todos de buen y gran espíritu, y sin embargo, también los hombres más hermosos de su tiempo. En la belleza, como un don, es más que el tono; es el movimiento digno que desencadena la gracia. Esa es la mejor parte de la belleza, una imagen que no se puede expresar, no, ni como primer vistazo a la vida. No hay belleza alguna sin algo extraño en sus proporciones. Un hombre no podría decidir si Apeles, o Albert Durer, era el más nimio, más bien, que haga de uno, un personaje de proporciones geométricas; y de otro, tomaría lo mejor de ambas partes adoptando los rasgos del rostro de cada uno para hacer una excelsa. Tales personajes, creo yo, no complacerían a nadie, más que al pintor que los hizo. No, pero creo que un pintor puede hacer un mejor rostro, uno que nunca hubiera imaginado; pero debe hacerlo por una especie de felicidad (como un músico que transforma la atmósfera en melodía), y no como una regla. Un hombre verá los rostros que si se les examina por partes, nunca encontrará una de su agrado, y sin embargo por el todo lucen bien. Y si es verdad que la lo esencial de la belleza está en el decoroso movimiento, sin duda, no será una maravilla, aunque las personas a través de los años parecen muchas veces más amables; pulchrorum autumnus pulcher (las personas hermosas poseen un bello Otoño) porque ningún joven puede ser atractivo, considerando su juventud, como para compensar la pulcritud. La belleza es como las frutas de verano, que son fáciles de corromper y de corta duración, y en su mayor parte, de juventud disoluta y una edad falta de semblantes, pero aún se puede asegurar que, si se ilumina bien, hará a la virtud brillar y ruborizará los vicios.

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