Charles Dickens, a quien Tolstoi llamó el mejor novelista del siglo XIX, también fue un hombre atormentado y lleno de fantasmas. Durante un tiempo, debido a su insomnio y a una angustia latente, salía de su casa a medianoche y se dedicaba a caminar; recorría las calles de Londres bajo la lluvia buscando compañía en los objetos inorgánicos, en el Támesis y en las pocas luces que quedaban encendidas en la ciudad.

En ese periodo escribió un ensayo titulado “Night Walks” (Caminatas nocturnas), en el que describe cómo Londres y sus elementos dialogan con su propio estado de ánimo taciturno y su restlesssness (palabra intraducible que significa algo así como “incapacidad de descanso”).

Hace algunos años, una inhabilidad temporal para dormir, referible a una impresión angustiante, causó que caminara por las calles toda la noche por una serie de varias noches. “Si hubiera sido experimentado vagamente en la cama, el desorden pudo haber tomado mucho tiempo en ser conquistado, pero fue rápidamente derrotado por el tratamiento abrupto de levantarme directamente después de acostarme y salir, y regresar cansado al amanecer”.

Para el escritor, nada de lo que sucedía en las calles estaba separado de sí mismo. Londres tenía el mismo insomnio que él, el mismo desorden anímico, los mismos espectros. “Siempre era el caso que Londres, como en imitación de ciudadanos individuales pertenecientes a él, tenía ataques de expiración y síntomas de inquietud”, describe en su ensayo.

Gracias a la lóbrega empatía que encontró en su ciudad, en el curso de esas noches finalizó lo que él llamaba su “educación amateur de falta de casa” (houselesness en inglés). Derrotó su desorden con el tratamiento abrupto de levantarse de la cama y salir a divisar los fantasmas de su propia mente, mismos que deambulaban por la bien apodada “ciudad de los encuentros”. En 1999, Joyce Carol Oates escribió que “Nadie ha capturado el romance de la desolación, el éxtasi de la casi-locura, más contundentemente que Dickens”.

El houslessness del que habla Dickens no solo lo instó a salir a las calles pasada la medianoche británica y buscar refugio en cualquier cosa que cruzara su camino, sino que lo habitó por completo. En su texto escribe esta palabra con mayúscula; Houslessness toma el lugar de él y se vuelve el personaje que camina, como una alegoría de “ambulantismo existencial” que busca una casa sin querer nunca realmente encontrarla.

En sus caminatas encuentra todo tipo de rarezas que sólo revelan, como los hombres, sus secretos por la noche. En Covent Garden, por ejemplo, cuando el mercado aún no se levantaba y sólo se veían algunos niños descalzos escondidos tras montones de paja, Houslessness advierte a una “persona espectral” que saca de su sombrero un pudín de carne y lo “apuñala” con un cuchillo sucio. “El recuerdo de ese hombre con el pudín se queda conmigo como la remembranza de la persona más espectral que mi houslessness encontró jamás”, anota.

Encuentra también el terror del Támesis, que en aquella época era un cementerio de cuerpos que nadie vio caer, que nadie reclamó y que yacían en el fondo como parte del siglo. Con todo y su “mirada terrible”, el río acompañaba al escritor como una gran conciencia.

Pero el río tenía una mirada terrible, los edificios en los bancos estaban amortiguados en mortajas negras, y las luces reflejadas parecían originarse en las profundidades del agua, como si los espectros de suicidios estuvieran sosteniéndolas para mostrar dónde se hundieron. La luna salvaje y las nubes estaban tan inquitas como una consciencia maligna en una cama destendida, y la mera sombra de la inmensidad de Londres parecía yacer opresivamente en el río.

Quizá el momento clave para entender el desasosiego de Charles Dickens en este periodo de su vida sea cuando confunde las campanadas de una iglesia con compañía, sólo para darse cuenta después que no es más que un sonido lejano.

Cuando las campanas de una iglesia doblan en oídos sin casa al filo de la noche, al principio pueden ser confundidas con compañía y asumidas como tal. Pero, mientras los círculos de vibración se expanden, que a tales horas puedes percibir con tal claridad: se van abriendo, por siempre y para siempre, expandiéndose quizás en espacio eterno, la equivocación es rectificada y la sensación de soledad es más profunda.

“Night Walks”, accesible y adictivo como toda la prosa de Dickens, revela la metafísica que puede ocurrir entre una mente y una ciudad si ambas se enlazan en reuniones nocturnas. El mapa de Londres tiene diferentes niveles de irrealidad, y uno de ellos es el de Charles Dickens. “Mi houslessness tenía muchas millas sobre millas de calles en las cuales podía, y tenía, su propio camino solitario”. Sus espectros aún recorren la ciudad y las últimas luces de los pubs, las campanadas de Saint Paul y los muertos del Támesis lo rememoran sin saberlo.

Charles Dickens, a quien Tolstoi llamó el mejor novelista del siglo XIX, también fue un hombre atormentado y lleno de fantasmas. Durante un tiempo, debido a su insomnio y a una angustia latente, salía de su casa a medianoche y se dedicaba a caminar; recorría las calles de Londres bajo la lluvia buscando compañía en los objetos inorgánicos, en el Támesis y en las pocas luces que quedaban encendidas en la ciudad.

En ese periodo escribió un ensayo titulado “Night Walks” (Caminatas nocturnas), en el que describe cómo Londres y sus elementos dialogan con su propio estado de ánimo taciturno y su restlesssness (palabra intraducible que significa algo así como “incapacidad de descanso”).

Hace algunos años, una inhabilidad temporal para dormir, referible a una impresión angustiante, causó que caminara por las calles toda la noche por una serie de varias noches. “Si hubiera sido experimentado vagamente en la cama, el desorden pudo haber tomado mucho tiempo en ser conquistado, pero fue rápidamente derrotado por el tratamiento abrupto de levantarme directamente después de acostarme y salir, y regresar cansado al amanecer”.

Para el escritor, nada de lo que sucedía en las calles estaba separado de sí mismo. Londres tenía el mismo insomnio que él, el mismo desorden anímico, los mismos espectros. “Siempre era el caso que Londres, como en imitación de ciudadanos individuales pertenecientes a él, tenía ataques de expiración y síntomas de inquietud”, describe en su ensayo.

Gracias a la lóbrega empatía que encontró en su ciudad, en el curso de esas noches finalizó lo que él llamaba su “educación amateur de falta de casa” (houselesness en inglés). Derrotó su desorden con el tratamiento abrupto de levantarse de la cama y salir a divisar los fantasmas de su propia mente, mismos que deambulaban por la bien apodada “ciudad de los encuentros”. En 1999, Joyce Carol Oates escribió que “Nadie ha capturado el romance de la desolación, el éxtasi de la casi-locura, más contundentemente que Dickens”.

El houslessness del que habla Dickens no solo lo instó a salir a las calles pasada la medianoche británica y buscar refugio en cualquier cosa que cruzara su camino, sino que lo habitó por completo. En su texto escribe esta palabra con mayúscula; Houslessness toma el lugar de él y se vuelve el personaje que camina, como una alegoría de “ambulantismo existencial” que busca una casa sin querer nunca realmente encontrarla.

En sus caminatas encuentra todo tipo de rarezas que sólo revelan, como los hombres, sus secretos por la noche. En Covent Garden, por ejemplo, cuando el mercado aún no se levantaba y sólo se veían algunos niños descalzos escondidos tras montones de paja, Houslessness advierte a una “persona espectral” que saca de su sombrero un pudín de carne y lo “apuñala” con un cuchillo sucio. “El recuerdo de ese hombre con el pudín se queda conmigo como la remembranza de la persona más espectral que mi houslessness encontró jamás”, anota.

Encuentra también el terror del Támesis, que en aquella época era un cementerio de cuerpos que nadie vio caer, que nadie reclamó y que yacían en el fondo como parte del siglo. Con todo y su “mirada terrible”, el río acompañaba al escritor como una gran conciencia.

Pero el río tenía una mirada terrible, los edificios en los bancos estaban amortiguados en mortajas negras, y las luces reflejadas parecían originarse en las profundidades del agua, como si los espectros de suicidios estuvieran sosteniéndolas para mostrar dónde se hundieron. La luna salvaje y las nubes estaban tan inquitas como una consciencia maligna en una cama destendida, y la mera sombra de la inmensidad de Londres parecía yacer opresivamente en el río.

Quizá el momento clave para entender el desasosiego de Charles Dickens en este periodo de su vida sea cuando confunde las campanadas de una iglesia con compañía, sólo para darse cuenta después que no es más que un sonido lejano.

Cuando las campanas de una iglesia doblan en oídos sin casa al filo de la noche, al principio pueden ser confundidas con compañía y asumidas como tal. Pero, mientras los círculos de vibración se expanden, que a tales horas puedes percibir con tal claridad: se van abriendo, por siempre y para siempre, expandiéndose quizás en espacio eterno, la equivocación es rectificada y la sensación de soledad es más profunda.

“Night Walks”, accesible y adictivo como toda la prosa de Dickens, revela la metafísica que puede ocurrir entre una mente y una ciudad si ambas se enlazan en reuniones nocturnas. El mapa de Londres tiene diferentes niveles de irrealidad, y uno de ellos es el de Charles Dickens. “Mi houslessness tenía muchas millas sobre millas de calles en las cuales podía, y tenía, su propio camino solitario”. Sus espectros aún recorren la ciudad y las últimas luces de los pubs, las campanadas de Saint Paul y los muertos del Támesis lo rememoran sin saberlo.

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