Las mismas preguntas que se hacen los actuales padres y que sin cesar sobrevuelan las reformas de nuestros sistemas educativos, se las hizo, allá por 1579, Diana de Foix, condesa de Gurson, a la sazón amiga de Michel de Montaigne.

Invitado éste a su boda con Luis de Foix, también conde de Gurson, fue reclamado por ella a extenderse sobre un tema que, como futura madre, le preocupaba especialmente: la educación de su hijo. Montaigne, honrado por la amistad de la condesa, que provenía de una estirpe a la que admiraba, se ofreció gustoso a dejar anotadas algunas observaciones sobre la cuestión, no sin antes delimitar su dificultad con una aguda e imaginativa imagen:

Como en la agricultura […], así ocurre con los hombres, que es menester poco esfuerzo para plantarlos, mas una vez que han nacido, se carga uno con una tarea diversa, llena de trabajo y temor, para educarlos y formarlos.

Reconocida de antemano la extrema dificultad de la empresa, Montaigne se decide a circunscribir aquellos puntos que para él son esenciales. En primer lugar, hace hincapié en un inveterado error de la educación del que nuestros sistemas educativos son todavía herederos: la priorización de la memoria sobre cualquier otra cualidad.

Que se juzgue el provecho que ha sacado no por el testimonio de su memoria, sino de su vida.

Tener la cabeza abarrotada de información no sólo no nos convierte en mejores hombres, sino que nos deja impedidos para el libre ejercicio de nuestro pensamiento, debilitando nuestra propia opinión y embotando nuestra natural sabiduría:

Nos han sujetado con tales ataduras, que ya no tenemos impulsos espontáneos.

Lo importante es fecundar en el niño la avidez por conocer, activar y reforzar en él el instinto ya latente de la curiosidad, en vez de aplacarlo con nombres de personajes y fechas supuestamente relevantes:

Que no le enseñen tanto la historia, como a juzgarla.

El niño ha de ver formado su juicio para hacer frente al mundo en el que se interna por primera vez, debiendo, si es necesario, poner en cuestión las palabras de lo más insignes maestros:

Las abejas picotean en esta y en aquella flor; mas después hacen con ello la miel que es de todas… así transformará él las piezas tomadas de otro, fundiéndolas para hacer con ellas una obra totalmente suya, es decir, su juicio.

La duda, como método de conocimiento, es más importante que las certezas, que no hacen más que volvernos necios y poco dados a la recapitulación y la escucha:

Sólo los locos están seguros y resolutos.

Montaigne, como un Ralph Waldo Emerson del Renacimiento, invita a la “confianza en uno mismo”, y a seguir la guía de la propia razón en toda contingencia vital:

El que sigue a otro, no sigue a nada. Nada halla porque nada busca.

Que su conciencia y su virtud brillen en su hablar y no tengan más guía que la razón.

Pero de nada sirven los ejercicios intelectuales para Montaigne sino están imbuidos de utilidad para la vida, de la confrontación dialéctica con los demás y de la contemplación atenta de la naturaleza y las diferentes costumbres humanas. Formar a un niño es enseñarle las cuestiones fundamentales que harán de él alguien juicioso y sano, prudente y virtuoso, y que lo alejen de la necedad y el engreimiento que tantas veces se confunden con la verdadera sabiduría:

Se le dirá lo que es saber e ignorar, cuál ha de ser la meta del estudio; lo que es el valor, la templanza y la justicia; la diferencia entre ambición y avaricia, servidumbre y vasallaje, libertinaje y libertad; por qué signos se conoce la verdadera y sólida satisfacción; hasta dónde se ha de temer la muerte, el dolor y la vergüenza; qué resortes nos mueven y el origen de tantas agitaciones en nosotros.

La consigna de Montaigne es un valioso sapere aude (atrévete a saber) que el educador, más que los padres, debe grabar a fuego en la conciencia del niño sin falsas artimañas ni pesadas horas de estudio, sino mediante el ejemplo, la actividad e incluso el juego, alejándolo del peligro que encierra la excesiva sujeción a los libros:

El estudio de los libros con aplicación demasiado imprudente […] los vuelve ineptos para la conversación social y los desvía de sus mejores ocupaciones.

Como él mismo dirá, de nada sirve “quemarse las cejas estudiando a Aristóteles” si eso no consigue que nos hagamos más conscientes y conocedores de nuestra propia naturaleza:

Es gran necedad enseñar a nuestros hijos la ciencia de los astros y los movimientos de la octava esfera, antes que los suyos propios.

La filosofía es una actividad que hace brotar el júbilo en quien la pone en práctica y “un semblante triste y turbado es señal de que no tiene allí su guarida”. Vida y filosofía no guardan para Montaigne la distancia que parecen guardar habitualmente en la vida académica. Los niños para Montaigne deben probar la felicidad y fortaleza de ánimo que otorga su ejercicio:

Es un error pintarla como inaccesible para los niños y con rostro ceñudo, hosco y temible […] nada hay más alegre, vigoroso, jovial e incluso diría juguetón.

Debemos tener en cuenta que Montaigne recibió de su padre una educación excepcional: recién nacido fue enviado a vivir a las aldeas de su propiedad para que conociese de primera mano la pobreza. De vuelta a su castillo, y contando todavía con pocos años de vida, fue puesto a cargo de un alemán que, no sabiendo ni pizca de francés, pero experto en latín, le enseñó todos los misterios de esta lengua. Cuando la supo a la perfección se le enseñó griego, y sólo después, dominado éste, comenzó a escuchar el francés. Sin embargo, Montaigne reconocerá que su superior educación apenas le reportó grandes ventajas y que, en definitiva, su juicio se formó en la observación de la vida y en la libre afición por los libros.

Su despedida será una advertencia:

He aquí mis enseñanzas: mejor las aprovechará quien las practique que quien las sepa.

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Las mismas preguntas que se hacen los actuales padres y que sin cesar sobrevuelan las reformas de nuestros sistemas educativos, se las hizo, allá por 1579, Diana de Foix, condesa de Gurson, a la sazón amiga de Michel de Montaigne.

Invitado éste a su boda con Luis de Foix, también conde de Gurson, fue reclamado por ella a extenderse sobre un tema que, como futura madre, le preocupaba especialmente: la educación de su hijo. Montaigne, honrado por la amistad de la condesa, que provenía de una estirpe a la que admiraba, se ofreció gustoso a dejar anotadas algunas observaciones sobre la cuestión, no sin antes delimitar su dificultad con una aguda e imaginativa imagen:

Como en la agricultura […], así ocurre con los hombres, que es menester poco esfuerzo para plantarlos, mas una vez que han nacido, se carga uno con una tarea diversa, llena de trabajo y temor, para educarlos y formarlos.

Reconocida de antemano la extrema dificultad de la empresa, Montaigne se decide a circunscribir aquellos puntos que para él son esenciales. En primer lugar, hace hincapié en un inveterado error de la educación del que nuestros sistemas educativos son todavía herederos: la priorización de la memoria sobre cualquier otra cualidad.

Que se juzgue el provecho que ha sacado no por el testimonio de su memoria, sino de su vida.

Tener la cabeza abarrotada de información no sólo no nos convierte en mejores hombres, sino que nos deja impedidos para el libre ejercicio de nuestro pensamiento, debilitando nuestra propia opinión y embotando nuestra natural sabiduría:

Nos han sujetado con tales ataduras, que ya no tenemos impulsos espontáneos.

Lo importante es fecundar en el niño la avidez por conocer, activar y reforzar en él el instinto ya latente de la curiosidad, en vez de aplacarlo con nombres de personajes y fechas supuestamente relevantes:

Que no le enseñen tanto la historia, como a juzgarla.

El niño ha de ver formado su juicio para hacer frente al mundo en el que se interna por primera vez, debiendo, si es necesario, poner en cuestión las palabras de lo más insignes maestros:

Las abejas picotean en esta y en aquella flor; mas después hacen con ello la miel que es de todas… así transformará él las piezas tomadas de otro, fundiéndolas para hacer con ellas una obra totalmente suya, es decir, su juicio.

La duda, como método de conocimiento, es más importante que las certezas, que no hacen más que volvernos necios y poco dados a la recapitulación y la escucha:

Sólo los locos están seguros y resolutos.

Montaigne, como un Ralph Waldo Emerson del Renacimiento, invita a la “confianza en uno mismo”, y a seguir la guía de la propia razón en toda contingencia vital:

El que sigue a otro, no sigue a nada. Nada halla porque nada busca.

Que su conciencia y su virtud brillen en su hablar y no tengan más guía que la razón.

Pero de nada sirven los ejercicios intelectuales para Montaigne sino están imbuidos de utilidad para la vida, de la confrontación dialéctica con los demás y de la contemplación atenta de la naturaleza y las diferentes costumbres humanas. Formar a un niño es enseñarle las cuestiones fundamentales que harán de él alguien juicioso y sano, prudente y virtuoso, y que lo alejen de la necedad y el engreimiento que tantas veces se confunden con la verdadera sabiduría:

Se le dirá lo que es saber e ignorar, cuál ha de ser la meta del estudio; lo que es el valor, la templanza y la justicia; la diferencia entre ambición y avaricia, servidumbre y vasallaje, libertinaje y libertad; por qué signos se conoce la verdadera y sólida satisfacción; hasta dónde se ha de temer la muerte, el dolor y la vergüenza; qué resortes nos mueven y el origen de tantas agitaciones en nosotros.

La consigna de Montaigne es un valioso sapere aude (atrévete a saber) que el educador, más que los padres, debe grabar a fuego en la conciencia del niño sin falsas artimañas ni pesadas horas de estudio, sino mediante el ejemplo, la actividad e incluso el juego, alejándolo del peligro que encierra la excesiva sujeción a los libros:

El estudio de los libros con aplicación demasiado imprudente […] los vuelve ineptos para la conversación social y los desvía de sus mejores ocupaciones.

Como él mismo dirá, de nada sirve “quemarse las cejas estudiando a Aristóteles” si eso no consigue que nos hagamos más conscientes y conocedores de nuestra propia naturaleza:

Es gran necedad enseñar a nuestros hijos la ciencia de los astros y los movimientos de la octava esfera, antes que los suyos propios.

La filosofía es una actividad que hace brotar el júbilo en quien la pone en práctica y “un semblante triste y turbado es señal de que no tiene allí su guarida”. Vida y filosofía no guardan para Montaigne la distancia que parecen guardar habitualmente en la vida académica. Los niños para Montaigne deben probar la felicidad y fortaleza de ánimo que otorga su ejercicio:

Es un error pintarla como inaccesible para los niños y con rostro ceñudo, hosco y temible […] nada hay más alegre, vigoroso, jovial e incluso diría juguetón.

Debemos tener en cuenta que Montaigne recibió de su padre una educación excepcional: recién nacido fue enviado a vivir a las aldeas de su propiedad para que conociese de primera mano la pobreza. De vuelta a su castillo, y contando todavía con pocos años de vida, fue puesto a cargo de un alemán que, no sabiendo ni pizca de francés, pero experto en latín, le enseñó todos los misterios de esta lengua. Cuando la supo a la perfección se le enseñó griego, y sólo después, dominado éste, comenzó a escuchar el francés. Sin embargo, Montaigne reconocerá que su superior educación apenas le reportó grandes ventajas y que, en definitiva, su juicio se formó en la observación de la vida y en la libre afición por los libros.

Su despedida será una advertencia:

He aquí mis enseñanzas: mejor las aprovechará quien las practique que quien las sepa.

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