El pasto es, quizá, la planta más humilde de todas, ahí su radical belleza. Agnes Chase (1869-1963) dedicó su vida a estudiarlo, y también a ser profundamente radical. Ella fue una activa defensora del sufragio femenino y los derechos de distintas comunidades en desventaja. Pero fueron su trabajo científico y la manera en que luchó para poder dedicarse a los que amaba, a pesar de los obstáculos lo que la hizo una de las científicas y activistas más inspiradoras de la historia.  

Creció en un entorno rural con escasos recursos, y recibió poca “educación”. Después de varios empleos y una viudez prematura, cursó algunas clases en la Universidad de Chicago. Fue ahí cuando su atención se posó sobre la botánica y comenzó a hacer viajes de exploración para investigar las plantas que serían su especialidad: las gramíneas —familia que incluye al pasto y otras clases de hierbas, además del trigo, el maíz, la cebada, el bambú y el centeno.

Chase estaba interesada especialmente en el pasto porque, según ella, éste mantiene a la tierra unida (con todas las implicaciones metafóricas que esto supone). Su talento la llevaría a desarrollarse primero como ilustradora botánica, para posteriormente trabajar en para el Bureau of Plant Industry de Estados Unidos. Ahí, conoció a Albert Spear Hitchcock, también experto en gramíneas, quien la acompañaría buena parte de su carrera y con quien recorrería el continente americano, un agrostólogo como ella.

Juntos, Hitchcock y Chase desarrollaron un ambicioso proyecto para observar, coleccionar, describir, identificar y clasificar todas las especies de pasto de América, lo que los llevó a viajar por todo el continente. Para completar estas travesías, ellos solicitaban fondos a distintas instituciones, pero invariablemente éstas sólo daban apoyo económico a Hitchcock y no a Chase, porque era mujer. Esto no la detuvo; consiguió los fondos necesarios para sus viajes a través de las asociaciones de mujeres y de misioneros a las que perteneció durante su vida.

Chase viajó por Sudamérica como pudo: en tren, en autobús, en coche, a caballo o a pie. En Brasil, hizo varias expediciones que incluyeron escalar los dos picos más altos del país, y publicó en vida libros canónicos sobre los pastos de América. Como en el caso de Caroline Herschel —que tuvo que trabajar mucho tiempo junto a su hermano antes de poder acceder a los recursos necesarios para realizar sus propias investigaciones astronómicas—, Chase tuvo que recurrir en ocasiones a un colega hombre para hacer sus viajes de investigación, para desarrollar su carrera y lograr un lugar y un nombre en el entorno científico de su época, algo que era bastante común a principios del siglo XX. No es una sorpresa que la lucha de Chase fuera semejante al pasto: ella recorrió un camino humilde y pleno, de resistencia y fuerza.

Imagen: Chang Qing – Unsplash

El pasto es, quizá, la planta más humilde de todas, ahí su radical belleza. Agnes Chase (1869-1963) dedicó su vida a estudiarlo, y también a ser profundamente radical. Ella fue una activa defensora del sufragio femenino y los derechos de distintas comunidades en desventaja. Pero fueron su trabajo científico y la manera en que luchó para poder dedicarse a los que amaba, a pesar de los obstáculos lo que la hizo una de las científicas y activistas más inspiradoras de la historia.  

Creció en un entorno rural con escasos recursos, y recibió poca “educación”. Después de varios empleos y una viudez prematura, cursó algunas clases en la Universidad de Chicago. Fue ahí cuando su atención se posó sobre la botánica y comenzó a hacer viajes de exploración para investigar las plantas que serían su especialidad: las gramíneas —familia que incluye al pasto y otras clases de hierbas, además del trigo, el maíz, la cebada, el bambú y el centeno.

Chase estaba interesada especialmente en el pasto porque, según ella, éste mantiene a la tierra unida (con todas las implicaciones metafóricas que esto supone). Su talento la llevaría a desarrollarse primero como ilustradora botánica, para posteriormente trabajar en para el Bureau of Plant Industry de Estados Unidos. Ahí, conoció a Albert Spear Hitchcock, también experto en gramíneas, quien la acompañaría buena parte de su carrera y con quien recorrería el continente americano, un agrostólogo como ella.

Juntos, Hitchcock y Chase desarrollaron un ambicioso proyecto para observar, coleccionar, describir, identificar y clasificar todas las especies de pasto de América, lo que los llevó a viajar por todo el continente. Para completar estas travesías, ellos solicitaban fondos a distintas instituciones, pero invariablemente éstas sólo daban apoyo económico a Hitchcock y no a Chase, porque era mujer. Esto no la detuvo; consiguió los fondos necesarios para sus viajes a través de las asociaciones de mujeres y de misioneros a las que perteneció durante su vida.

Chase viajó por Sudamérica como pudo: en tren, en autobús, en coche, a caballo o a pie. En Brasil, hizo varias expediciones que incluyeron escalar los dos picos más altos del país, y publicó en vida libros canónicos sobre los pastos de América. Como en el caso de Caroline Herschel —que tuvo que trabajar mucho tiempo junto a su hermano antes de poder acceder a los recursos necesarios para realizar sus propias investigaciones astronómicas—, Chase tuvo que recurrir en ocasiones a un colega hombre para hacer sus viajes de investigación, para desarrollar su carrera y lograr un lugar y un nombre en el entorno científico de su época, algo que era bastante común a principios del siglo XX. No es una sorpresa que la lucha de Chase fuera semejante al pasto: ella recorrió un camino humilde y pleno, de resistencia y fuerza.

Imagen: Chang Qing – Unsplash