Cuando algo está demasiado cerca, es difícil verlo con objetividad. Ese es el caso de las redes sociales y el lugar que vertiginosamente ocuparon en nuestra vida cotidiana en años recientes. Hoy, una persona dedica en promedio, dos horas y veintidós minutos al día, según investigaciones recientes. Esta compulsiva intimación con las redes sociales comienza a evidenciar los estragos producidos en la psique colectiva.   

Doctor en ciencias computacionales y autor de seis libros sobre la digitalización de nuestra realidad, Calvin Newport (1982) nunca ha tenido una cuenta en Facebook, Twitter o Instagram, y considera que vive mejor sin ellas, que es más feliz y más exitoso. Al respecto, presentó una charla para Ted Talks en la que plantea algunos argumentos interesantes. En ella, Newport expone las redes sociales como simples productos de entretenimiento, diseñados minuciosamente para mantenerte atado, y de forma compulsiva, a ellos.

Entre los aspectos negativos que destaca Newport en su ponencia, están la fragmentación de la concentración, una sensación de aislamiento, frustración, depresión e incluso una alteración en las conexiones cerebrales derivado de la cantidad de micro-estímulos. Pero más allá de escandalizarnos ante la idea de que las redes sociales son veneno psíquico puro, preferimos tomar su charla como una invitación a revisar y repasar la forma en la que nos relacionamos con estos canales, las emociones que provoca su uso y los estados de ánimo que induce. Tal vez, es posible llegar a conclusiones interesantes durante el ejercicio.

Las palabras de Newport son una invitación a ver con un poco de distancia eso que usamos todos los días a toda hora (eso que inadvertidamente se ha vuelto parte de nuestra cotidianeidad) y así replantear la relación que tenemos con las redes sociales, preguntarnos cómo es que afectan no solamente nuestra productividad económica o laboral (en la que se centra esta charla), sino otros aspectos de la vida, como el social y el emocional.

Imagen: Les Grandes baigneuses, Paul Cézanne – Dominio público

Cuando algo está demasiado cerca, es difícil verlo con objetividad. Ese es el caso de las redes sociales y el lugar que vertiginosamente ocuparon en nuestra vida cotidiana en años recientes. Hoy, una persona dedica en promedio, dos horas y veintidós minutos al día, según investigaciones recientes. Esta compulsiva intimación con las redes sociales comienza a evidenciar los estragos producidos en la psique colectiva.   

Doctor en ciencias computacionales y autor de seis libros sobre la digitalización de nuestra realidad, Calvin Newport (1982) nunca ha tenido una cuenta en Facebook, Twitter o Instagram, y considera que vive mejor sin ellas, que es más feliz y más exitoso. Al respecto, presentó una charla para Ted Talks en la que plantea algunos argumentos interesantes. En ella, Newport expone las redes sociales como simples productos de entretenimiento, diseñados minuciosamente para mantenerte atado, y de forma compulsiva, a ellos.

Entre los aspectos negativos que destaca Newport en su ponencia, están la fragmentación de la concentración, una sensación de aislamiento, frustración, depresión e incluso una alteración en las conexiones cerebrales derivado de la cantidad de micro-estímulos. Pero más allá de escandalizarnos ante la idea de que las redes sociales son veneno psíquico puro, preferimos tomar su charla como una invitación a revisar y repasar la forma en la que nos relacionamos con estos canales, las emociones que provoca su uso y los estados de ánimo que induce. Tal vez, es posible llegar a conclusiones interesantes durante el ejercicio.

Las palabras de Newport son una invitación a ver con un poco de distancia eso que usamos todos los días a toda hora (eso que inadvertidamente se ha vuelto parte de nuestra cotidianeidad) y así replantear la relación que tenemos con las redes sociales, preguntarnos cómo es que afectan no solamente nuestra productividad económica o laboral (en la que se centra esta charla), sino otros aspectos de la vida, como el social y el emocional.

Imagen: Les Grandes baigneuses, Paul Cézanne – Dominio público