La biografía de Alice Guy podría resumirse en una simple locución: a pesar de.  A pesar de haber sido la primera persona en rodar un filme de ficción, a pesar de haber sido la primera mujer cineasta, a pesar de haber realizado la primera superproducción de la historia del cine, a pesar de ser la pionera en el uso de efectos especiales, montaje, primeros planos, tomas en movimiento y un largo etcétera, Alice Guy sigue siendo hoy una figura desconocida.

Los manuales de historia del cine continúan concediendo el puesto de honor a los hermanos Lumiére y al prestidigitador Georges Méliés en la génesis del séptimo arte. Pero ninguno de ellos, a pesar de sus incontestables méritos, tuvo una visión de futuro comparable a la de aquella sencilla mujer que trabajaba como secretaria de León Gaumont —-nombre hoy legendario por haber producido algunas de las películas señeras del cine francés. Fue, precisamente, en los laboratorios de Gaumont donde Alice aprendió los rudimentos de la fotografía, y donde tuvo la oportunidad de presenciar algunos de los primeros experimentos cinemáticos.

En 1895, los hermanos Lumiére invitaron a Guy y a Gaumont a ver una demostración de su invento. Podemos imaginar la estupefacción que embargó a la futura cineasta al contemplar el milagro que se desarrollaba ante sus ojos. Inmediatamente, Alice debió sentir con absoluta claridad que aquel invento, del que los Lumiére llegaron a afirmar que no tenía futuro, constituía un negocio sin parangón y un campo de experimentación artística ilimitado. Gracias a su recio temperamento, la secretaria pudo convencer a su superior de que le fuera concedido el permiso de experimentar con el recién nacido artefacto. La propia Alice Guy lo cuenta en sus memorias:

Mi juventud, mi inexperiencia, mi sexo, todo conspiraba contra mí. Pensé que podría hacerse algo mejor que estas películas de demostración. Armándome de valor, le propuse tímidamente a Gaumont que podría escribir una o dos escenitas y hacer que unos cuantos amigos actuaran en ellas. Si el desarrollo futuro de las películas hubiera podido preverse en ese momento, nunca habría conseguido su consentimiento. Mi juventud, mi inexperiencia, mi sexo, todo conspiraba contra mí. Pero sí que recibí el permiso, con la condición expresa de que esto no afectaría a mis tareas de secretaria…

Así que, antes de que algunos espectadores salieran despavoridos ante un tren que parecía arrollarlos en la primera proyección pública de los Lumiére, Alice Guy ya soñaba con contar historias.

A partir del tibio consentimiento de Gaumont, Alice emprendió un camino de experimentación que no conocería reposo hasta la década de los veinte. En ese transcurso realizó más de mil películas, de las que hoy se conservan alrededor de unas cien. Westerns, dramas, ciencia ficción, comedias… Alice Guy llegó a rodar la que se considera la primera superproducción de la historia del cine, La vida de Cristo, en la que se utilizaron por primera vez más de 300 extras y en la que se usaron alrededor de 25 decorados —algo nada desdeñable para una mujer que todavía no había adquirido el derecho al voto.

Su frenética actividad cinematográfica, que incluye descubrimientos como la sincronización de imagen y sonido o el primer intento de añadir color a los fotogramas, terminó abruptamente en el año 1922. Su divorcio con el cámara Herbert Blaché, con el que había emigrado a EEUU y fundador de la productora Solax en 1910, la obligó a volver a Francia. La libertad creadora experimentada al otro lado del Atlántico tocó a su fin: su ímpetu pionero se fue apagando lentamente.

Ya en la madurez, Alice Guy trató de recuperar sus películas perdidas entre Francia y Estados Unidos, preocupada de que su nombre hubiese sido borrado de los manuales. Cuál sería su reacción al ver que muchos de sus trabajos habían sido atribuidos a sus directores de fotografía o simplemente considerados anónimos. De nuevo la historia soslayaba a una de sus más relevantes personalidades, por el solo hecho de ser mujer.

A partir de 1990, la figura de Alice Guy ha sido constantemente reivindicada. Hoy es unánime la opinión de que es la verdadera madre del cine narrativo. Basta ver su delicada Falling leaves —película que nos atrevemos a recomendar— para darse cuenta de que en su cabeza bullían ya todas las ideas que harían del cine un arte por derecho propio.

Imagen: Dominio público

La biografía de Alice Guy podría resumirse en una simple locución: a pesar de.  A pesar de haber sido la primera persona en rodar un filme de ficción, a pesar de haber sido la primera mujer cineasta, a pesar de haber realizado la primera superproducción de la historia del cine, a pesar de ser la pionera en el uso de efectos especiales, montaje, primeros planos, tomas en movimiento y un largo etcétera, Alice Guy sigue siendo hoy una figura desconocida.

Los manuales de historia del cine continúan concediendo el puesto de honor a los hermanos Lumiére y al prestidigitador Georges Méliés en la génesis del séptimo arte. Pero ninguno de ellos, a pesar de sus incontestables méritos, tuvo una visión de futuro comparable a la de aquella sencilla mujer que trabajaba como secretaria de León Gaumont —-nombre hoy legendario por haber producido algunas de las películas señeras del cine francés. Fue, precisamente, en los laboratorios de Gaumont donde Alice aprendió los rudimentos de la fotografía, y donde tuvo la oportunidad de presenciar algunos de los primeros experimentos cinemáticos.

En 1895, los hermanos Lumiére invitaron a Guy y a Gaumont a ver una demostración de su invento. Podemos imaginar la estupefacción que embargó a la futura cineasta al contemplar el milagro que se desarrollaba ante sus ojos. Inmediatamente, Alice debió sentir con absoluta claridad que aquel invento, del que los Lumiére llegaron a afirmar que no tenía futuro, constituía un negocio sin parangón y un campo de experimentación artística ilimitado. Gracias a su recio temperamento, la secretaria pudo convencer a su superior de que le fuera concedido el permiso de experimentar con el recién nacido artefacto. La propia Alice Guy lo cuenta en sus memorias:

Mi juventud, mi inexperiencia, mi sexo, todo conspiraba contra mí. Pensé que podría hacerse algo mejor que estas películas de demostración. Armándome de valor, le propuse tímidamente a Gaumont que podría escribir una o dos escenitas y hacer que unos cuantos amigos actuaran en ellas. Si el desarrollo futuro de las películas hubiera podido preverse en ese momento, nunca habría conseguido su consentimiento. Mi juventud, mi inexperiencia, mi sexo, todo conspiraba contra mí. Pero sí que recibí el permiso, con la condición expresa de que esto no afectaría a mis tareas de secretaria…

Así que, antes de que algunos espectadores salieran despavoridos ante un tren que parecía arrollarlos en la primera proyección pública de los Lumiére, Alice Guy ya soñaba con contar historias.

A partir del tibio consentimiento de Gaumont, Alice emprendió un camino de experimentación que no conocería reposo hasta la década de los veinte. En ese transcurso realizó más de mil películas, de las que hoy se conservan alrededor de unas cien. Westerns, dramas, ciencia ficción, comedias… Alice Guy llegó a rodar la que se considera la primera superproducción de la historia del cine, La vida de Cristo, en la que se utilizaron por primera vez más de 300 extras y en la que se usaron alrededor de 25 decorados —algo nada desdeñable para una mujer que todavía no había adquirido el derecho al voto.

Su frenética actividad cinematográfica, que incluye descubrimientos como la sincronización de imagen y sonido o el primer intento de añadir color a los fotogramas, terminó abruptamente en el año 1922. Su divorcio con el cámara Herbert Blaché, con el que había emigrado a EEUU y fundador de la productora Solax en 1910, la obligó a volver a Francia. La libertad creadora experimentada al otro lado del Atlántico tocó a su fin: su ímpetu pionero se fue apagando lentamente.

Ya en la madurez, Alice Guy trató de recuperar sus películas perdidas entre Francia y Estados Unidos, preocupada de que su nombre hubiese sido borrado de los manuales. Cuál sería su reacción al ver que muchos de sus trabajos habían sido atribuidos a sus directores de fotografía o simplemente considerados anónimos. De nuevo la historia soslayaba a una de sus más relevantes personalidades, por el solo hecho de ser mujer.

A partir de 1990, la figura de Alice Guy ha sido constantemente reivindicada. Hoy es unánime la opinión de que es la verdadera madre del cine narrativo. Basta ver su delicada Falling leaves —película que nos atrevemos a recomendar— para darse cuenta de que en su cabeza bullían ya todas las ideas que harían del cine un arte por derecho propio.

Imagen: Dominio público