En una primera mirada, se intuyen como manchas de colores sobre un lienzo desgastado. Pero estas imágenes son, en realidad, lo que August Strindberg (1849-1912) consideró fotografías del cosmos, hechas por él mismo. Al momento de “capturarlas”, el dramaturgo sueco jamás imaginó que lo que estaba captando no era lo que pretendía, pero sí lo que deseaba. Él quiso retratar el universo y así lo hizo.

Fue en el pequeño pueblo austriaco de Donarch, durante el invierno de 1893-1894, donde Strindberg, uno de los padres del teatro del absurdo, dedicó algunas noches a colocar placas fotográficas en el piso para retratar el cielo, un ejercicio experimental en el que prescindió de cualquier intermediario entre lo retratado y el lienzo (el fotógrafo, la lente), una técnica que llamó celestografía.

Las formas en las imágenes que resultaron, invitan a pensar que se trata de galaxias, nebulosas, soles y estrellas; al menos así lo creyó Strindberg en un inicio. Pero cuando, poco después, envió algunas al escritor y astrónomo Camille Flammarion, éste las rechazó y nunca dio respuesta alguna al autor. La razón: las fotografías no habían capturado el cielo nocturno, se trataba de manchas que habían surgido en la película fotosensible por manchas químicas de emulsiones y polvo del ambiente. Una casualidad que, a todas luces, guarda una lección mágica.

El tiempo no perdonó a las imágenes, las fotografías se han manchado con el paso de los años, por las manos que las han tocado, con tinta y con grasa. Pero la noche que retratan sigue intacta: el cosmos está también en la tierra, es la tierra misma, es el polvo que las hizo existir y la emoción del autor al contemplarlas. La hermosa confusión es un relato, incluso un retrato, de la impecable relación entre lo inconmensurable y lo minúsculo. Las celestografías de Strindberg no fueron un error.

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Imágenes: Dominio público

En una primera mirada, se intuyen como manchas de colores sobre un lienzo desgastado. Pero estas imágenes son, en realidad, lo que August Strindberg (1849-1912) consideró fotografías del cosmos, hechas por él mismo. Al momento de “capturarlas”, el dramaturgo sueco jamás imaginó que lo que estaba captando no era lo que pretendía, pero sí lo que deseaba. Él quiso retratar el universo y así lo hizo.

Fue en el pequeño pueblo austriaco de Donarch, durante el invierno de 1893-1894, donde Strindberg, uno de los padres del teatro del absurdo, dedicó algunas noches a colocar placas fotográficas en el piso para retratar el cielo, un ejercicio experimental en el que prescindió de cualquier intermediario entre lo retratado y el lienzo (el fotógrafo, la lente), una técnica que llamó celestografía.

Las formas en las imágenes que resultaron, invitan a pensar que se trata de galaxias, nebulosas, soles y estrellas; al menos así lo creyó Strindberg en un inicio. Pero cuando, poco después, envió algunas al escritor y astrónomo Camille Flammarion, éste las rechazó y nunca dio respuesta alguna al autor. La razón: las fotografías no habían capturado el cielo nocturno, se trataba de manchas que habían surgido en la película fotosensible por manchas químicas de emulsiones y polvo del ambiente. Una casualidad que, a todas luces, guarda una lección mágica.

El tiempo no perdonó a las imágenes, las fotografías se han manchado con el paso de los años, por las manos que las han tocado, con tinta y con grasa. Pero la noche que retratan sigue intacta: el cosmos está también en la tierra, es la tierra misma, es el polvo que las hizo existir y la emoción del autor al contemplarlas. La hermosa confusión es un relato, incluso un retrato, de la impecable relación entre lo inconmensurable y lo minúsculo. Las celestografías de Strindberg no fueron un error.

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Imágenes: Dominio público