En el principio creó dios los cielos y la tierra. Así da comienzo el primer capítulo del Génesis. Dios como gran diferenciador o separador de aquello que en un principio se mantenía unido: el caos. Así, no sólo en el antiguo testamento sino también en la mayoría de cosmogonías antiguas, el principio del mundo se presenta como una masa indiferenciada que espera el acto divino para obtener su esencial estructura: arriba/abajo, cielo/tierra. El principio de la creación aparece, por tanto, como un acto ordenador.

Pero también en el microcosmos parece tener lugar el mismo acto diferenciador, o al menos así nos lo parece al ver el cortometraje Becoming, de Jan Van Ijken. Con la técnica del time-lapse, Ijken nos hace testigos de excepción del milagro de la vida. Su cámara ha sido capaz de captar las convulsiones preliminares de una simple célula, palpitaciones en las que lo indiferenciado comienza su proceso de ordenación. Observamos el paso de la unidad a la estructuración progresiva de una retícula en la que, poco a poco, podemos entrever el proyecto de un epitelio. Aunque todavía no podemos adivinar la forma rudimentaria de un cuerpo, aunque todavía no existen órganos ni sistema nervioso, la materia busca, a través del movimiento, la organización que posibilita la eclosión un ser vivo.

Y una vez que el cuerpo toma forma y ya es posible diferenciar ojos, boca, corazón palpitante, sentimos cómo el instinto obedece a su fuerza programada para abrirse paso a través de la dura esfera en la que fue concebido. Un sistema nervioso, dotado de órganos sensoriales que lo comunican con el mundo, debe comenzar su desplazamiento. A partir de ahí la vida será igual de enigmática que en su nacimiento: lucha, esfuerzo, resignación, peligro. Seguimos sin saber si existe una finalidad. Becoming nos invita a contentarnos con la belleza del misterio.

 

Imagen: Susan Daly – Creative Commons

En el principio creó dios los cielos y la tierra. Así da comienzo el primer capítulo del Génesis. Dios como gran diferenciador o separador de aquello que en un principio se mantenía unido: el caos. Así, no sólo en el antiguo testamento sino también en la mayoría de cosmogonías antiguas, el principio del mundo se presenta como una masa indiferenciada que espera el acto divino para obtener su esencial estructura: arriba/abajo, cielo/tierra. El principio de la creación aparece, por tanto, como un acto ordenador.

Pero también en el microcosmos parece tener lugar el mismo acto diferenciador, o al menos así nos lo parece al ver el cortometraje Becoming, de Jan Van Ijken. Con la técnica del time-lapse, Ijken nos hace testigos de excepción del milagro de la vida. Su cámara ha sido capaz de captar las convulsiones preliminares de una simple célula, palpitaciones en las que lo indiferenciado comienza su proceso de ordenación. Observamos el paso de la unidad a la estructuración progresiva de una retícula en la que, poco a poco, podemos entrever el proyecto de un epitelio. Aunque todavía no podemos adivinar la forma rudimentaria de un cuerpo, aunque todavía no existen órganos ni sistema nervioso, la materia busca, a través del movimiento, la organización que posibilita la eclosión un ser vivo.

Y una vez que el cuerpo toma forma y ya es posible diferenciar ojos, boca, corazón palpitante, sentimos cómo el instinto obedece a su fuerza programada para abrirse paso a través de la dura esfera en la que fue concebido. Un sistema nervioso, dotado de órganos sensoriales que lo comunican con el mundo, debe comenzar su desplazamiento. A partir de ahí la vida será igual de enigmática que en su nacimiento: lucha, esfuerzo, resignación, peligro. Seguimos sin saber si existe una finalidad. Becoming nos invita a contentarnos con la belleza del misterio.

 

Imagen: Susan Daly – Creative Commons