La permacultura se ha erigido como una vía al comunitarismo, pero en plena simbiosis con la naturaleza. En la práctica, además de combinar la agricultura, horticultura, arquitectura y ecología, se plantea el acceso a la tierra, la administración de los recursos, la sustentabilidad de los mismos, y otras variables fundamentales para organizar nuestra existencia.

Más que una técnica o un mero sistema alternativo para cultivar la tierra, se trata de una filosofía de vida, integral, que pone en entredicho las formas de habitar el mundo, los mecanismos de producción, y cuestiona la construcción de lo social a partir de la perspectiva de la tierra.

En el contexto de la permacultura ninguna práctica es aislada, la productividad, la colaboración, la alimentación, y la estética, entre muchas otras, son fuerzas que actúan en un mismo escenario y que, de converger en armonía, se nutren mutuamente.

Bill Mollison (1928, Tasmania) es, junto a su colega David Holmgren, el responsable de este modelo. Más que un científico y naturalista, este australiano es una especie de ideólogo-pragmático que, aprovechando el conocimiento extraído de la máxima fuente de conocimiento, la naturaleza, estableció una plataforma práctica para entonarnos con sus ritmos y aprovechar sus inercias.

Conscientemente o no, Mollison es una suerte de heredero de algunas de las líneas más benéficas del pensamiento humano, aportadas por gente como Buckminster Fuller o H.D. Thoreau, y que, combinadas con premisas de sabiduría ancestral y sintetizadas mediante un filtro de pragmatismo y actualidad, resultan en una fórmula precisa para encarar algunos de los principales retos hoy latentes.

Junto con otros y en un lugar protagónico, Mollison y su permacultura lograron abordar el imaginario pop con premisas como usar la organización colectiva, la creatividad para resolver problemas, la reutilización como medio de la autosuficiencia, el aprovechamiento de las fuerzas naturales a nuestro favor y también en beneficio del medio ambiente, principios que soportan, en buena medida, el nuevo paradigma de lo eco-amigable y la autonomía natural.

Promotor de la “sedición pacífica”, este revolucionario orgánico nos invita no solo a producir autónomamente los alimentos, también a cultivar nuestras propias condiciones de vida. Esto frente a una sociedad de servicios innecesarios y a un espíritu comodino que, en buena medida gracias a él, están cada vez más próximos a la obsolescencia.

La permacultura se ha erigido como una vía al comunitarismo, pero en plena simbiosis con la naturaleza. En la práctica, además de combinar la agricultura, horticultura, arquitectura y ecología, se plantea el acceso a la tierra, la administración de los recursos, la sustentabilidad de los mismos, y otras variables fundamentales para organizar nuestra existencia.

Más que una técnica o un mero sistema alternativo para cultivar la tierra, se trata de una filosofía de vida, integral, que pone en entredicho las formas de habitar el mundo, los mecanismos de producción, y cuestiona la construcción de lo social a partir de la perspectiva de la tierra.

En el contexto de la permacultura ninguna práctica es aislada, la productividad, la colaboración, la alimentación, y la estética, entre muchas otras, son fuerzas que actúan en un mismo escenario y que, de converger en armonía, se nutren mutuamente.

Bill Mollison (1928, Tasmania) es, junto a su colega David Holmgren, el responsable de este modelo. Más que un científico y naturalista, este australiano es una especie de ideólogo-pragmático que, aprovechando el conocimiento extraído de la máxima fuente de conocimiento, la naturaleza, estableció una plataforma práctica para entonarnos con sus ritmos y aprovechar sus inercias.

Conscientemente o no, Mollison es una suerte de heredero de algunas de las líneas más benéficas del pensamiento humano, aportadas por gente como Buckminster Fuller o H.D. Thoreau, y que, combinadas con premisas de sabiduría ancestral y sintetizadas mediante un filtro de pragmatismo y actualidad, resultan en una fórmula precisa para encarar algunos de los principales retos hoy latentes.

Junto con otros y en un lugar protagónico, Mollison y su permacultura lograron abordar el imaginario pop con premisas como usar la organización colectiva, la creatividad para resolver problemas, la reutilización como medio de la autosuficiencia, el aprovechamiento de las fuerzas naturales a nuestro favor y también en beneficio del medio ambiente, principios que soportan, en buena medida, el nuevo paradigma de lo eco-amigable y la autonomía natural.

Promotor de la “sedición pacífica”, este revolucionario orgánico nos invita no solo a producir autónomamente los alimentos, también a cultivar nuestras propias condiciones de vida. Esto frente a una sociedad de servicios innecesarios y a un espíritu comodino que, en buena medida gracias a él, están cada vez más próximos a la obsolescencia.

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