Julio Cortázar escribió en cierta ocasión, refiriéndose a Jorge Luis Borges, que la lección de su escritura es “la actitud de un hombre que, frente a cada frase, ha pensado cuidadosamente, no qué adjetivo ponía, sino qué adjetivo sacaba”. El “escribir-borrando” de Borges debe entenderse como un rigor y una disciplina, pero también como una consideración para con las palabras que bien puede tomar los tintes del amor. Para Borges, en ese sentido, no escribir una palabra era honrar también a las palabras.

¿Dónde están todas las palabras que Borges no escribió? Se trata de una pregunta que puede dar pie a búsquedas filosóficas de diversa índole, que para Borges se sintetizaban en el terror de “merecer el dudoso honor de la tipografía”, es decir, publicar. Entre los manuscritos no publicados de Borges que se resguardan en la Universidad de Texas, el especialista Julio Ortega descubrió efectivamente unas palabras que Borges nunca escribió, pero cuyo plan se puede entrever a partir de sus notas.

Se trata de una novela; de la novela que Borges, nuevo Bartleby, prefirió no escribir.

Ortega revisó el archivo de Borges hace un par de años con sumo provecho: encontró cinco páginas que contaban la caída en desgracia de un militar argentino durante la guerra de independencia; pero a medida que avanzaba, Ortega se dio cuenta de que aquel texto no era un relato inédito de Borges (lo que en sí mismo sería todo un hallazgo), sino un plan para una novela histórica, o ambientada en diferentes momentos de la historia de Argentina, y cuyo título dejaba entrever la posibilidad de una genealogía: Los Rivero.

Pero es más que sabida la aversión de Borges por la extensión de las novelas: según Ortega, cuando Borges se dio cuenta de lo que se avecinaba, decidió frenar en seco el proyecto y olvidarse de él. “Mi hipótesis es que cuando se dio cuenta que tenía que seguir escribiendo, vio, con horror, que estaba a punto de escribir una novela… Y abandonó el relato, seguramente con alivio”, advierte en entrevista de Roberto Careaga, para el diario La Tercera. 

Además del programa de Los Rivero, Ortega encontró el audio de una conferencia titulada Mi amigo Don Quijote, dictada por Borges en la Universidad de Austin, en inglés, en 1982. La conferencia es una meditación sobre algunos personajes especialmente caros a Borges, como Stephen Dedalus de Joyce o Hamlet, de Shakespeare; en ella, Borges dice que “cuando nos encontramos con un verdadero personaje en la ficción, sabemos que ese personaje existe más allá del mundo que lo creó”, de modo que el personaje rebasa el ámbito de lo ficticio o lo imaginario para reconfigurar la narrativa personal de los lectores.

 Y así como existen personajes que nos ayudan a vivir, existen autores que siguen viviendo (y al parecer, escribiendo) incluso mucho, mucho después de haber muerto.

Ambos inéditos serán publicados próximamente e integrados a las Obras Completas.

Julio Cortázar escribió en cierta ocasión, refiriéndose a Jorge Luis Borges, que la lección de su escritura es “la actitud de un hombre que, frente a cada frase, ha pensado cuidadosamente, no qué adjetivo ponía, sino qué adjetivo sacaba”. El “escribir-borrando” de Borges debe entenderse como un rigor y una disciplina, pero también como una consideración para con las palabras que bien puede tomar los tintes del amor. Para Borges, en ese sentido, no escribir una palabra era honrar también a las palabras.

¿Dónde están todas las palabras que Borges no escribió? Se trata de una pregunta que puede dar pie a búsquedas filosóficas de diversa índole, que para Borges se sintetizaban en el terror de “merecer el dudoso honor de la tipografía”, es decir, publicar. Entre los manuscritos no publicados de Borges que se resguardan en la Universidad de Texas, el especialista Julio Ortega descubrió efectivamente unas palabras que Borges nunca escribió, pero cuyo plan se puede entrever a partir de sus notas.

Se trata de una novela; de la novela que Borges, nuevo Bartleby, prefirió no escribir.

Ortega revisó el archivo de Borges hace un par de años con sumo provecho: encontró cinco páginas que contaban la caída en desgracia de un militar argentino durante la guerra de independencia; pero a medida que avanzaba, Ortega se dio cuenta de que aquel texto no era un relato inédito de Borges (lo que en sí mismo sería todo un hallazgo), sino un plan para una novela histórica, o ambientada en diferentes momentos de la historia de Argentina, y cuyo título dejaba entrever la posibilidad de una genealogía: Los Rivero.

Pero es más que sabida la aversión de Borges por la extensión de las novelas: según Ortega, cuando Borges se dio cuenta de lo que se avecinaba, decidió frenar en seco el proyecto y olvidarse de él. “Mi hipótesis es que cuando se dio cuenta que tenía que seguir escribiendo, vio, con horror, que estaba a punto de escribir una novela… Y abandonó el relato, seguramente con alivio”, advierte en entrevista de Roberto Careaga, para el diario La Tercera. 

Además del programa de Los Rivero, Ortega encontró el audio de una conferencia titulada Mi amigo Don Quijote, dictada por Borges en la Universidad de Austin, en inglés, en 1982. La conferencia es una meditación sobre algunos personajes especialmente caros a Borges, como Stephen Dedalus de Joyce o Hamlet, de Shakespeare; en ella, Borges dice que “cuando nos encontramos con un verdadero personaje en la ficción, sabemos que ese personaje existe más allá del mundo que lo creó”, de modo que el personaje rebasa el ámbito de lo ficticio o lo imaginario para reconfigurar la narrativa personal de los lectores.

 Y así como existen personajes que nos ayudan a vivir, existen autores que siguen viviendo (y al parecer, escribiendo) incluso mucho, mucho después de haber muerto.

Ambos inéditos serán publicados próximamente e integrados a las Obras Completas.

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