El cuerpo magullado, amedrentado y en destrucción ha sido desde los albores de la modernidad una visión constante, y esto no es gratuito. La sensibilidad de los artistas que han presenciado situaciones de guerra y violencia los ha colocado en la necesidad de reaccionar y denunciar, representar o simplemente expresar el dolor y la pena.

Desde Los desastres de la guerra de Francisco de Goya, hasta los aguafuertes de Otto Dix, las visiones aterradoras mostraron al mundo la plástica de la guerra, cabezas mutiladas y miembros cercenados que son la constante atroz que ha prevalecido en las mentes de los creadores comprometidos con la vida.

También en teatro, danza y música se han abordado los desgarradores desplantes del cuerpo en agonía, que colocan al público en el borde de la tensión. Obras como La consagración de la primavera de Igor Stravinsky, con coreografía de Vaslav Nijinsky, son unas de las más vastas representaciones corporales del límite, derrochadas en emoción y bríos: la visión de una danzante que baila hasta morir para después ser inmolada y consagrar la primavera es uno de los manifiestos modernos en el cambio abrupto de los espectáculos escénicos, con temáticas drásticas y profundas que calan hasta el tuétano.

La Segunda Guerra Mundial trajo para las naciones implicadas directamente el sinsentido del derroche económico y humano, que manifestando su futilidad en los decesos y corrosiones agónicas del espíritu, dan una vez más a los artistas el pretexto idóneo para manifestar el trauma que las acciones bélicas conllevan. De allí nace el Butoh, danza que es la representación en escena de estas agonías físicas, de estos terrores inigualables que cuando la razón duerme, atrae los monstruos de la muerte.

Creada en 1950 por Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata, nace por la reflexión de ambos coreógrafos en relación a la necesidad de representar al nuevo cuerpo en la historia, el cuerpo de la postguerra. Después de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki y a escasos años de distancia de estos sucesos, comienza la búsqueda de los matices que dieran a conocer el impacto que recibieron los sobrevivientes y las victimas en general de tan desalmado acto. Así, ambos artistas se sumergen en el agónico recorrido por dar forma a las visiones de los cuerpos destrozados y aun suplicantes, desde el dolor incomprensible de estar calcinado y ser un muerto silente que deambula.

Al apropiarse de los escasos movimientos que estas víctimas de la explosión podían hacer, de sus miembros agraviados y de sus almas apocadas, emergieron estos característicos micro-temblores que el bailarín realiza, mientras se desplaza por escasos milímetros con el rostro desencajado. En algunas ocasiones desnudos o con atuendo escaso, pintados o en carne viva, las primeras puestas en escena merecieron el desprecio del público, lo cual no disminuyó el ánimo de seguir representando lo que, según los creadores, son los traumas que el cuerpo sufre en la sociedad moderna. Ambos continuaron, impetuosos, con esta necesidad profunda de transformarse en algo más, como en fantasmas, humo polvo o animales (como de verdad hiciera Hijikata en diversas presentaciones).

Desde la primera puesta en escena de este género —Colores prohibidos, presentada en 1959 e inspirada en la novela homónima de Yukio Mishima— quedó patente que el butoh cambiaría las artes escénicas no solo en Japón, sino en el mundo entero.

No podemos sino concordar en que el cuerpo transmutado, el cuerpo cosificado, enajenado y alejado de su naturaleza en sintonía con todo, es un padecimiento moderno que aterra no solo a los artistas, sino también a los actores cotidianos de este extraño y decadente baile de la vida, el cual transforma la sensibilidad del público sobre estos temas, para que así, como el fénix, renazca la nueva visión del mundo que vive en armonía y paz.

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El cuerpo magullado, amedrentado y en destrucción ha sido desde los albores de la modernidad una visión constante, y esto no es gratuito. La sensibilidad de los artistas que han presenciado situaciones de guerra y violencia los ha colocado en la necesidad de reaccionar y denunciar, representar o simplemente expresar el dolor y la pena.

Desde Los desastres de la guerra de Francisco de Goya, hasta los aguafuertes de Otto Dix, las visiones aterradoras mostraron al mundo la plástica de la guerra, cabezas mutiladas y miembros cercenados que son la constante atroz que ha prevalecido en las mentes de los creadores comprometidos con la vida.

También en teatro, danza y música se han abordado los desgarradores desplantes del cuerpo en agonía, que colocan al público en el borde de la tensión. Obras como La consagración de la primavera de Igor Stravinsky, con coreografía de Vaslav Nijinsky, son unas de las más vastas representaciones corporales del límite, derrochadas en emoción y bríos: la visión de una danzante que baila hasta morir para después ser inmolada y consagrar la primavera es uno de los manifiestos modernos en el cambio abrupto de los espectáculos escénicos, con temáticas drásticas y profundas que calan hasta el tuétano.

La Segunda Guerra Mundial trajo para las naciones implicadas directamente el sinsentido del derroche económico y humano, que manifestando su futilidad en los decesos y corrosiones agónicas del espíritu, dan una vez más a los artistas el pretexto idóneo para manifestar el trauma que las acciones bélicas conllevan. De allí nace el Butoh, danza que es la representación en escena de estas agonías físicas, de estos terrores inigualables que cuando la razón duerme, atrae los monstruos de la muerte.

Creada en 1950 por Kazuo Ohno y Tatsumi Hijikata, nace por la reflexión de ambos coreógrafos en relación a la necesidad de representar al nuevo cuerpo en la historia, el cuerpo de la postguerra. Después de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki y a escasos años de distancia de estos sucesos, comienza la búsqueda de los matices que dieran a conocer el impacto que recibieron los sobrevivientes y las victimas en general de tan desalmado acto. Así, ambos artistas se sumergen en el agónico recorrido por dar forma a las visiones de los cuerpos destrozados y aun suplicantes, desde el dolor incomprensible de estar calcinado y ser un muerto silente que deambula.

Al apropiarse de los escasos movimientos que estas víctimas de la explosión podían hacer, de sus miembros agraviados y de sus almas apocadas, emergieron estos característicos micro-temblores que el bailarín realiza, mientras se desplaza por escasos milímetros con el rostro desencajado. En algunas ocasiones desnudos o con atuendo escaso, pintados o en carne viva, las primeras puestas en escena merecieron el desprecio del público, lo cual no disminuyó el ánimo de seguir representando lo que, según los creadores, son los traumas que el cuerpo sufre en la sociedad moderna. Ambos continuaron, impetuosos, con esta necesidad profunda de transformarse en algo más, como en fantasmas, humo polvo o animales (como de verdad hiciera Hijikata en diversas presentaciones).

Desde la primera puesta en escena de este género —Colores prohibidos, presentada en 1959 e inspirada en la novela homónima de Yukio Mishima— quedó patente que el butoh cambiaría las artes escénicas no solo en Japón, sino en el mundo entero.

No podemos sino concordar en que el cuerpo transmutado, el cuerpo cosificado, enajenado y alejado de su naturaleza en sintonía con todo, es un padecimiento moderno que aterra no solo a los artistas, sino también a los actores cotidianos de este extraño y decadente baile de la vida, el cual transforma la sensibilidad del público sobre estos temas, para que así, como el fénix, renazca la nueva visión del mundo que vive en armonía y paz.

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