En los años setentas, el compositor y pianista norteamericano Stephen Malinowski tuvo una alucinación: pudo ver una partitura musical manifestada colores, en lugar de símbolos y notas. Inspirado en ello comenzó a trabajar en su Máquina de animación musical, que en pocas palabras abrió de par en par las ventanas hacía la visualización de la música clásica.

Su interfase, en lugar de usar la notación tradicional, utiliza figuras geométricas y colores para visualizar los sonidos, aligerando así las complejidades de una partitura de Beethoven o de Tchaikovsky, por ejemplo, para aquellos que no somos muy versados en el intricado lenguaje de la notación musical.

Cuando observas una partitura orquestal hay múltiples instrumentos procediendo en paralelo y tienes que dirigir tu atención a diferentes lugares en diferentes tiempos para ver cuál es la acción… y luego integrar eso a una sola imagen de lo que la música está haciendo. […] Mi idea fue hacer una partitura que tiene toda la información de partitura complicada, pero en una vista más sencilla.

En este video vemos y escuchamos al genial Malinowski interpretando Clair de lune de Debussy; sin duda uno de los ejemplos más sobresalientes de su colección. Al verlo, uno incluso puede llegar a emocionarse con las barras de color y “sentir lo que sienten” cuando se iluminan. O pensar que cada una de las lámparas rectangulares son sinapsis neuronales que se van encendiendo en nuestro cerebro al ritmo de la partitura, como diminutos focos melódicos de los mismos colores de la animación.

Si uno cierra los ojos intermitentemente a lo largo del video y se deja llevar por la misma lógica –un tanto sinestética– de la visualización, se pueden percibir las posiciones de las barras y podemos llegar a entender, acaso intuitivamente, que hace sentido que Malinowski la represente exactamente así. Su máquina de animación parece operar con un mecanismo familiar.

El compositor explica que cada bloque representa un sonido del piano, cada clase de pitch (do, do sostenido, re, re sostenido, etc.) tiene su propio color, y los colores son escogidos al mapear el “círculo de quintas”  del músico con la “rueda de color” del artista. En su sitio se encuentra una explicación más detallada del proceso. Pero la Máquina de Animación Musical nos ahorra precisamente el tener que entender teoría musical para seguir una partitura tan bella y compleja como la de Debussy.

La música se mueve y puede ser entendida sólo con escucharla. Pero una partitura convencional se queda quieta, y puede ser entendida sólo después de años de entrenamiento. La Máquina de Animación Musical une este espacio y puede ser entendida sólo con verla.

Gracias a este excéntrico y diligente músico tenemos a la mano todo un imaginario nuevo para entender la música clásica. Podemos tomar prestado su método de barras de colores y encantar nuestra experiencia como escuchas. Quizá la capacidad de unir dos sentidos, la vista y el oído, en algo tan sublime como la música, ilumine por momentos nuestra aparente oscuridad.

En los años setentas, el compositor y pianista norteamericano Stephen Malinowski tuvo una alucinación: pudo ver una partitura musical manifestada colores, en lugar de símbolos y notas. Inspirado en ello comenzó a trabajar en su Máquina de animación musical, que en pocas palabras abrió de par en par las ventanas hacía la visualización de la música clásica.

Su interfase, en lugar de usar la notación tradicional, utiliza figuras geométricas y colores para visualizar los sonidos, aligerando así las complejidades de una partitura de Beethoven o de Tchaikovsky, por ejemplo, para aquellos que no somos muy versados en el intricado lenguaje de la notación musical.

Cuando observas una partitura orquestal hay múltiples instrumentos procediendo en paralelo y tienes que dirigir tu atención a diferentes lugares en diferentes tiempos para ver cuál es la acción… y luego integrar eso a una sola imagen de lo que la música está haciendo. […] Mi idea fue hacer una partitura que tiene toda la información de partitura complicada, pero en una vista más sencilla.

En este video vemos y escuchamos al genial Malinowski interpretando Clair de lune de Debussy; sin duda uno de los ejemplos más sobresalientes de su colección. Al verlo, uno incluso puede llegar a emocionarse con las barras de color y “sentir lo que sienten” cuando se iluminan. O pensar que cada una de las lámparas rectangulares son sinapsis neuronales que se van encendiendo en nuestro cerebro al ritmo de la partitura, como diminutos focos melódicos de los mismos colores de la animación.

Si uno cierra los ojos intermitentemente a lo largo del video y se deja llevar por la misma lógica –un tanto sinestética– de la visualización, se pueden percibir las posiciones de las barras y podemos llegar a entender, acaso intuitivamente, que hace sentido que Malinowski la represente exactamente así. Su máquina de animación parece operar con un mecanismo familiar.

El compositor explica que cada bloque representa un sonido del piano, cada clase de pitch (do, do sostenido, re, re sostenido, etc.) tiene su propio color, y los colores son escogidos al mapear el “círculo de quintas”  del músico con la “rueda de color” del artista. En su sitio se encuentra una explicación más detallada del proceso. Pero la Máquina de Animación Musical nos ahorra precisamente el tener que entender teoría musical para seguir una partitura tan bella y compleja como la de Debussy.

La música se mueve y puede ser entendida sólo con escucharla. Pero una partitura convencional se queda quieta, y puede ser entendida sólo después de años de entrenamiento. La Máquina de Animación Musical une este espacio y puede ser entendida sólo con verla.

Gracias a este excéntrico y diligente músico tenemos a la mano todo un imaginario nuevo para entender la música clásica. Podemos tomar prestado su método de barras de colores y encantar nuestra experiencia como escuchas. Quizá la capacidad de unir dos sentidos, la vista y el oído, en algo tan sublime como la música, ilumine por momentos nuestra aparente oscuridad.

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