Una reciente colección bilingüe (francés/inglés) de los poemas inéditos de Marcel Proust podría expandir —aún más y de manera distinta—el fantasma literario del buscador del tiempo perdido. Compilado por Harold Augenbraum, cofundador de la Sociedad de Proust en América, esta edición es un pequeño tesoro para los que disfrutan transitar por el estimulante territorio de la policromía proustiana.

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Aunque al leer sus poemas parezca inevitable tratar de acomodarlos entre su obra completa (su Gran Libro, o “Catedral”, como le llaman los académicos, sus cuentos y sus diarios), estos poemas tienen una existencia propia, una que no necesariamente dialoga con la prosa lenta, verbosa y descriptiva de sus libros, ni con sus confesiones y memorias; cada poema es entero bajo sus reglas poéticas. Eso es lo increíble de esta nueva adquisición: que mientras estamos programados para leerlo con tiempo en nuestras manos y ganas de viajar a un mundo perfectamente delineado, los poemas son sencillos, como borradores de algún cuaderno de notas, limitados a pocas palabras, a su estructura poética y a una sola luz que lo ilumina todo.

Sostener una espada, un lirio, una paloma

que con su cuerpo tembloroso [huye] y retuerce mi mano,

no vale tanto como tener tu mano, pues no es tan puro el lirio

ni tan noble la espada.

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En sus poemas, Proust no solo demuestra su maestría como poeta íntimo y universal, sino que nos muestra sus vulnerabilidades y su capacidad de experimentación con distintos estilos, moviéndose entre géneros y tradiciones como un maravilloso navegante. Escribe poesía como quien borda algún pensamiento pequeño sobre un pañuelo o como quien dobla papel para crear un barco.

La lámpara ilumina débilmente los ángulos sombríos de mi cuarto y pone un gran disco de viva luz donde entran mi mano, de repente ambarina, mi libro, mi escritorio. En las paredes azulean delgados hilillos de luna que han entrado por la imperceptible separación de las rojas colgaduras. Todo el mundo se ha acostado en el gran piso silencioso… – Entreabro la ventana para ver de nuevo por última vez la dulce cara leonada, muy redonda, de la luna amiga. Oigo algo así como el aliento fresquísimo, frío, de todas las cosas que duermen -el árbol de donde rezuma la luz azul-, de la bella luz azul que a lo lejos, en un entresijo de calles, transfigura, como un paisaje polar eléctricamente iluminado, los adoquines azules y pálidos. Por encima se extienden los infinitos campos azules donde florecen frágiles estrellas…- He cerrado la ventana. Me he acostado. Mi lámpara, en una mesilla al lado de mi cama, en medio de vasos, de frascos, de bebidas frescas, de librillos preciosamente encuadernados, de cartas de amistad o de amor, ilumina vagamente en el fondo mi biblioteca. ¡La hora divina! A las cosas usuales, como a la naturaleza, las he hecho sagradas por no poder vencerlas. Las he revestido con mi alma y con imágenes íntimas o espléndidas. Vivo en un santuario, en medio de un espectáculo. Soy el centro de las cosas y cada una me procura sensaciones y sentimientos magníficos o melancólicos, que disfruto. Ante los ojos tengo visiones espléndidas. Se está bien en esta cama… Me duermo.

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Todos ellos fueron escritos para sí mismo, para sus grandes amores (la música, el arte, los hombres, las mujeres) y en forma de carta para sus amigos. Quizá nunca imaginó que serían recolectados y editados para que los ojos de sus infinitos lectores los analizaran y disfrutaran, quizá como pequeños eslabones pedidos. Tomados como una sola obra, el libro The Collected Poems pinta un retrato del escritor como un amoroso, celoso, apasionado Proust, pero siempre en control de sus habilidades estéticas y estilísticas. En resumen, cada poema de la colección merece la inmersión del lector, y que él saque sus propias conclusiones.

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Una reciente colección bilingüe (francés/inglés) de los poemas inéditos de Marcel Proust podría expandir —aún más y de manera distinta—el fantasma literario del buscador del tiempo perdido. Compilado por Harold Augenbraum, cofundador de la Sociedad de Proust en América, esta edición es un pequeño tesoro para los que disfrutan transitar por el estimulante territorio de la policromía proustiana.

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Aunque al leer sus poemas parezca inevitable tratar de acomodarlos entre su obra completa (su Gran Libro, o “Catedral”, como le llaman los académicos, sus cuentos y sus diarios), estos poemas tienen una existencia propia, una que no necesariamente dialoga con la prosa lenta, verbosa y descriptiva de sus libros, ni con sus confesiones y memorias; cada poema es entero bajo sus reglas poéticas. Eso es lo increíble de esta nueva adquisición: que mientras estamos programados para leerlo con tiempo en nuestras manos y ganas de viajar a un mundo perfectamente delineado, los poemas son sencillos, como borradores de algún cuaderno de notas, limitados a pocas palabras, a su estructura poética y a una sola luz que lo ilumina todo.

Sostener una espada, un lirio, una paloma

que con su cuerpo tembloroso [huye] y retuerce mi mano,

no vale tanto como tener tu mano, pues no es tan puro el lirio

ni tan noble la espada.

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En sus poemas, Proust no solo demuestra su maestría como poeta íntimo y universal, sino que nos muestra sus vulnerabilidades y su capacidad de experimentación con distintos estilos, moviéndose entre géneros y tradiciones como un maravilloso navegante. Escribe poesía como quien borda algún pensamiento pequeño sobre un pañuelo o como quien dobla papel para crear un barco.

La lámpara ilumina débilmente los ángulos sombríos de mi cuarto y pone un gran disco de viva luz donde entran mi mano, de repente ambarina, mi libro, mi escritorio. En las paredes azulean delgados hilillos de luna que han entrado por la imperceptible separación de las rojas colgaduras. Todo el mundo se ha acostado en el gran piso silencioso… – Entreabro la ventana para ver de nuevo por última vez la dulce cara leonada, muy redonda, de la luna amiga. Oigo algo así como el aliento fresquísimo, frío, de todas las cosas que duermen -el árbol de donde rezuma la luz azul-, de la bella luz azul que a lo lejos, en un entresijo de calles, transfigura, como un paisaje polar eléctricamente iluminado, los adoquines azules y pálidos. Por encima se extienden los infinitos campos azules donde florecen frágiles estrellas…- He cerrado la ventana. Me he acostado. Mi lámpara, en una mesilla al lado de mi cama, en medio de vasos, de frascos, de bebidas frescas, de librillos preciosamente encuadernados, de cartas de amistad o de amor, ilumina vagamente en el fondo mi biblioteca. ¡La hora divina! A las cosas usuales, como a la naturaleza, las he hecho sagradas por no poder vencerlas. Las he revestido con mi alma y con imágenes íntimas o espléndidas. Vivo en un santuario, en medio de un espectáculo. Soy el centro de las cosas y cada una me procura sensaciones y sentimientos magníficos o melancólicos, que disfruto. Ante los ojos tengo visiones espléndidas. Se está bien en esta cama… Me duermo.

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Todos ellos fueron escritos para sí mismo, para sus grandes amores (la música, el arte, los hombres, las mujeres) y en forma de carta para sus amigos. Quizá nunca imaginó que serían recolectados y editados para que los ojos de sus infinitos lectores los analizaran y disfrutaran, quizá como pequeños eslabones pedidos. Tomados como una sola obra, el libro The Collected Poems pinta un retrato del escritor como un amoroso, celoso, apasionado Proust, pero siempre en control de sus habilidades estéticas y estilísticas. En resumen, cada poema de la colección merece la inmersión del lector, y que él saque sus propias conclusiones.

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