La belleza de los copos de nieve, sus hipnotizantes siluetas y su misterioso proceso de formación los hacen objeto de leyenda, símbolos de pureza y puntuales proverbios en distintas culturas y filosofías.

Uno de las suposiciones más extendidas sobre estos diminutos cristales de hielo es que no existe uno igual al otro, afirmación que ha llevado a científicos y artistas a realizar arduas investigaciones, fotografiarlos y compararlos durante muchos años. Y aunque este supuesto nunca ha sido científicamente comprobado, es una expresión de la cualidad irrepetible que nos define como humanos y que caracteriza nuestro universo y los sucesos del mundo cotidiano. No hay una persona, una cosa o una circunstancia idéntica a otra.

Lejos de las explicaciones científicas en torno a la formación de los copos —dirección del viento, humedad, temperatura—, la filosofía zen encuentra en ellos un símbolo de la perfección de la vida y los sucesos que la conforman.

Basado en su travesía por la atmósfera terrestre y su destino final —aunado a su incomparable liviandad y hermosas formas— existe un proverbio Zen que afirma: “Un copo de nieve nunca cae en el lugar equivocado”; o lo que es lo mismo “nada sucede de manera fortuita”.

Este precepto ilustra uno de los principios fundamentales de la filosofía budista y taoísta: todo es perfecto —en la naturaleza y en la vida no hay bien o mal, correcto o incorrecto, sólo perfección—. La coincidencia, entonces, resulta inexistente, tanto en la naturaleza como en la vida.

Este proverbio –que combina un fenómeno meteorológico tan simbólico como la nieve y la subjetividad humana– nos lleva cuestionar el valor de los hechos de nuestro pasado y los juicios que tendemos a hacer sobre ellos. De alguna manera, ofrece una reconfortante visión (tan reconfortante como ver la nieve caer) de nuestra vida y sus designios.

La belleza de los copos de nieve, sus hipnotizantes siluetas y su misterioso proceso de formación los hacen objeto de leyenda, símbolos de pureza y puntuales proverbios en distintas culturas y filosofías.

Uno de las suposiciones más extendidas sobre estos diminutos cristales de hielo es que no existe uno igual al otro, afirmación que ha llevado a científicos y artistas a realizar arduas investigaciones, fotografiarlos y compararlos durante muchos años. Y aunque este supuesto nunca ha sido científicamente comprobado, es una expresión de la cualidad irrepetible que nos define como humanos y que caracteriza nuestro universo y los sucesos del mundo cotidiano. No hay una persona, una cosa o una circunstancia idéntica a otra.

Lejos de las explicaciones científicas en torno a la formación de los copos —dirección del viento, humedad, temperatura—, la filosofía zen encuentra en ellos un símbolo de la perfección de la vida y los sucesos que la conforman.

Basado en su travesía por la atmósfera terrestre y su destino final —aunado a su incomparable liviandad y hermosas formas— existe un proverbio Zen que afirma: “Un copo de nieve nunca cae en el lugar equivocado”; o lo que es lo mismo “nada sucede de manera fortuita”.

Este precepto ilustra uno de los principios fundamentales de la filosofía budista y taoísta: todo es perfecto —en la naturaleza y en la vida no hay bien o mal, correcto o incorrecto, sólo perfección—. La coincidencia, entonces, resulta inexistente, tanto en la naturaleza como en la vida.

Este proverbio –que combina un fenómeno meteorológico tan simbólico como la nieve y la subjetividad humana– nos lleva cuestionar el valor de los hechos de nuestro pasado y los juicios que tendemos a hacer sobre ellos. De alguna manera, ofrece una reconfortante visión (tan reconfortante como ver la nieve caer) de nuestra vida y sus designios.

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