A lo largo de la historia se han registrado composiciones musicales para la pantalla grande, suficientemente ricas como para ser concebidas, en sí mismas, cual obras completas. Algunas más, algunas menos, restauran la capacidad onírica del cine para balancear, de forma consciente, el inconsciente del espectador –que no solo mira la pantalla sino que la escucha de igual manera–.

A continuación presentamos la primera parte de un listado con algunas de las bandas sonoras más brillantes en la historia del séptimo arte.

París, Texas (Wim Wenders, 1984)  – Poseída de los paisajes desérticos del alma de Travis Henderson (Harry Dean Stanton), la guitarra de Ry Cooder llora por las entrañables escenas que conforman el viaje de su resurrección. Wenders ya tenía camino andado en términos del road movie, pero con la ayuda de esta banda sonora, se dimensiona en el terreno de los clásicos de la cinematografía mundial.

Ascensor por el Cadalso (Louis Malle, 1957) – Gracias a su audacia al involucrar al joven Miles Davis en la creación de los temas musicales de éste enigmático Noir femenino, paralelo a la nueva ola francesa, el día de hoy podemos deleitarnos con el jazz más fino se formó posteriormente al bebop. En esta ocasión Davis encontró a su agrupación y una nueva manera de hacer jazz que lo influirá después para crear obras maestras como Kind of Blue. Con duración de media hora, el disco de Ascensor por el Cadalso puede escucharse independientemente a la cinta, deleitando a la gente que le gusta el jazz y a la que no. Sin embargo funciona a la perfección con las imágenes, además de ser un importante componente narrativo para los diálogos de Jeanne Moreau y el suspenso en la trama.

El Planeta Fantástico (René Laloux, 1973) – La maravillosa cinta de ciencia ficción animada que incluye hipnóticos dibujos de Roland Topor, se complementa con la banda sonora de Alain Goraguer, que termina por brindarle un carácter mágico. En la trama nos enteramos de cómo la raza humana está controlada por una raza superior extraterrestre, y gracias a las proezas de Terro puede liberarse. La música nos coloca en un universo atemporal, arena movediza para cualquier acción, memoria líquida de sucesos por venir.

El Mago de Oz (Victor Fleming, 1939) – Hay música creada para películas que forma nuestra mente, la dimensiona y la limita. Es el caso de éste soundtrack en el que Judy Garland pudo vocalizar el American Dream, convertirse en Dorothy para darse cuenta que ningún lugar mágico es mejor que la mera realidad del individuo que vive su vida, aunque sea Kansas.

El Piano (Jane Campion, 1993) – El compositor inglés Michael Nyman —vinculado al minimalismo pero de carácter barroco—, desarrolló un estilo muy personal que se reconoce sobre todo en las obras de Peter Greenaway, a muchas de las cuales dio un carácter singular. En El Piano, por otra parte, cinta cumbre de la carrera de la directora Jane Campion, la música imprime un sello particular al mismo tiempo que se vuelve el objeto por el cual gira toda la trama. Este objeto dramático central es un piano, el personaje no puede hablar y sólo se expresa a través del él, la banda sonora es lo que interpreta el personaje y por medio de la música desarrollamos esta particular empatía con Ada (Holly Hunter). El disco será un ejemplo más de las obras musicales que con la excusa de hacer una película se pueden componer, y la gente que no haya tenido la oportunidad de ver la película puede disfrutar, y seguramente después buscar el filme.

Terciopelo Azul (David Lynch, 1986) – Probablemente lo mejor de la vasta colaboración entre Angelo Badalamenti y Lynch, en la misma naturaleza nostálgica de cuerdas obscuras como las alas de un ángel de noche sin estrellas. Acompañado de tres tracks clásicos que contextualizan la cinta, además de planearla como reflexión metafórica de la pesadilla americana. Love Letters de Ketty Lester, Honky Tonk de Bill Doggett, In Dreams de Roy Orbison (particularmente usada de asombrosa manera). Incluye un tema más de la cantante Julee Cruise, cuya voz es el puente perfecto entre Badalamenti y Lynch.

Efectos Secundarios (Steven Soderbergh, 2013)  —Thomas Newman ayudó a que la opera prima de Steven Soderbergh —Sexo, Mentiras y Video (1989)— tuviera la resonancia arquetípica que la caracteriza. Varios años después, en Efectos secundarios, su talento, mágico y melancólico, se convierte en una pastilla que parece aliviar nuestra depresión aunque en realidad solo la aumenta.

Breaking and Entering (Anthony Minghella, 2006) – La fantástica banda electrónica Underworld une esfuerzos con Gabriel Yared para crear este plato de proporciones atmosféricas, delicadas melodías que conforman una especie de minimalismo progresivo, propio de los conflictos de la posmodernidad.

Perdida (David Fincher, 2014) – Trent Reznor y Atticus Ross ganaron un Oscar por la música de La Red Social (David Fincher, 2010), una composición musical que elabora mejor que la película la reflexión sobre la naturaleza de una red social. Podría ser la banda sonora de la era globalizados, un mundo completamente dependiente del ciberespacio. La música en la construcción cronológica de las secuencias apoya en forma de leitmotifs, los cuales refuerzan la tramposa trama que juega con nuestras suposiciones hasta el plano final. Sin embargo, esta música también puede escucharse sin la película: dota al espacio donde se le reproduce de profundidad y texturas, como si abriera una ventana a otro tiempo sucediendo en nuestros oídos.

El Último Emperador (Bernardo Bertolucci, 1987) – Ryuchi Sakamoto es el compositor principal de esta cinta: sus emotivas composiciones se complementan con las imágenes, recordándonos que el cine puede ser un acto sagrado en la mirada del espectador. El soundtrack también incluye composiciones de David Byrne, las cuales emplean instrumentos tradicionales de Oriente pero solo incidentalmente, lo cual da claridad a la pista sonora al tiempo que contrasta con el estilo solemne de Sakamoto. Por último, la composición de Cong Su, esta sí con instrumentos tradicionales como base, da a la película el toque de época, pues se corresponde del todo con las escenas de infancia del emperador. En suma, la combinación Sakamoto-Byrne-Su resulta en un equilibrio perfecto para este drama histórico.

Blade Runner (Ridlley Scott, 1982)  – Esta selección no estaría completa sin Vangelis, quien con música de salón de los años 30 y 40 del siglo XX, se complementó con el alma noir de la novela de Philip K. Dick adaptada por Scott. Ahora la música nos puede sonar tan nueva como cuando acompañó el estreno de la película, quizá porque profetizaba sucesos que estaban por venir.

Lo que queda del día (James Ivory, 1993) – La máxima obra del elegante James Ivory (adaptación de la novela de Kazuo Ishiguro) exigía toda la pulcritud posible tanto de un compositor como de los intérpretes. Richard Robbins lo logró, con cierta cercanía a Gustav Mahler pero sin olvidar que, después de todo, la música tiene un papel secundario dentro del cine.

A lo largo de la historia se han registrado composiciones musicales para la pantalla grande, suficientemente ricas como para ser concebidas, en sí mismas, cual obras completas. Algunas más, algunas menos, restauran la capacidad onírica del cine para balancear, de forma consciente, el inconsciente del espectador –que no solo mira la pantalla sino que la escucha de igual manera–.

A continuación presentamos la primera parte de un listado con algunas de las bandas sonoras más brillantes en la historia del séptimo arte.

París, Texas (Wim Wenders, 1984)  – Poseída de los paisajes desérticos del alma de Travis Henderson (Harry Dean Stanton), la guitarra de Ry Cooder llora por las entrañables escenas que conforman el viaje de su resurrección. Wenders ya tenía camino andado en términos del road movie, pero con la ayuda de esta banda sonora, se dimensiona en el terreno de los clásicos de la cinematografía mundial.

Ascensor por el Cadalso (Louis Malle, 1957) – Gracias a su audacia al involucrar al joven Miles Davis en la creación de los temas musicales de éste enigmático Noir femenino, paralelo a la nueva ola francesa, el día de hoy podemos deleitarnos con el jazz más fino se formó posteriormente al bebop. En esta ocasión Davis encontró a su agrupación y una nueva manera de hacer jazz que lo influirá después para crear obras maestras como Kind of Blue. Con duración de media hora, el disco de Ascensor por el Cadalso puede escucharse independientemente a la cinta, deleitando a la gente que le gusta el jazz y a la que no. Sin embargo funciona a la perfección con las imágenes, además de ser un importante componente narrativo para los diálogos de Jeanne Moreau y el suspenso en la trama.

El Planeta Fantástico (René Laloux, 1973) – La maravillosa cinta de ciencia ficción animada que incluye hipnóticos dibujos de Roland Topor, se complementa con la banda sonora de Alain Goraguer, que termina por brindarle un carácter mágico. En la trama nos enteramos de cómo la raza humana está controlada por una raza superior extraterrestre, y gracias a las proezas de Terro puede liberarse. La música nos coloca en un universo atemporal, arena movediza para cualquier acción, memoria líquida de sucesos por venir.

El Mago de Oz (Victor Fleming, 1939) – Hay música creada para películas que forma nuestra mente, la dimensiona y la limita. Es el caso de éste soundtrack en el que Judy Garland pudo vocalizar el American Dream, convertirse en Dorothy para darse cuenta que ningún lugar mágico es mejor que la mera realidad del individuo que vive su vida, aunque sea Kansas.

El Piano (Jane Campion, 1993) – El compositor inglés Michael Nyman —vinculado al minimalismo pero de carácter barroco—, desarrolló un estilo muy personal que se reconoce sobre todo en las obras de Peter Greenaway, a muchas de las cuales dio un carácter singular. En El Piano, por otra parte, cinta cumbre de la carrera de la directora Jane Campion, la música imprime un sello particular al mismo tiempo que se vuelve el objeto por el cual gira toda la trama. Este objeto dramático central es un piano, el personaje no puede hablar y sólo se expresa a través del él, la banda sonora es lo que interpreta el personaje y por medio de la música desarrollamos esta particular empatía con Ada (Holly Hunter). El disco será un ejemplo más de las obras musicales que con la excusa de hacer una película se pueden componer, y la gente que no haya tenido la oportunidad de ver la película puede disfrutar, y seguramente después buscar el filme.

Terciopelo Azul (David Lynch, 1986) – Probablemente lo mejor de la vasta colaboración entre Angelo Badalamenti y Lynch, en la misma naturaleza nostálgica de cuerdas obscuras como las alas de un ángel de noche sin estrellas. Acompañado de tres tracks clásicos que contextualizan la cinta, además de planearla como reflexión metafórica de la pesadilla americana. Love Letters de Ketty Lester, Honky Tonk de Bill Doggett, In Dreams de Roy Orbison (particularmente usada de asombrosa manera). Incluye un tema más de la cantante Julee Cruise, cuya voz es el puente perfecto entre Badalamenti y Lynch.

Efectos Secundarios (Steven Soderbergh, 2013)  —Thomas Newman ayudó a que la opera prima de Steven Soderbergh —Sexo, Mentiras y Video (1989)— tuviera la resonancia arquetípica que la caracteriza. Varios años después, en Efectos secundarios, su talento, mágico y melancólico, se convierte en una pastilla que parece aliviar nuestra depresión aunque en realidad solo la aumenta.

Breaking and Entering (Anthony Minghella, 2006) – La fantástica banda electrónica Underworld une esfuerzos con Gabriel Yared para crear este plato de proporciones atmosféricas, delicadas melodías que conforman una especie de minimalismo progresivo, propio de los conflictos de la posmodernidad.

Perdida (David Fincher, 2014) – Trent Reznor y Atticus Ross ganaron un Oscar por la música de La Red Social (David Fincher, 2010), una composición musical que elabora mejor que la película la reflexión sobre la naturaleza de una red social. Podría ser la banda sonora de la era globalizados, un mundo completamente dependiente del ciberespacio. La música en la construcción cronológica de las secuencias apoya en forma de leitmotifs, los cuales refuerzan la tramposa trama que juega con nuestras suposiciones hasta el plano final. Sin embargo, esta música también puede escucharse sin la película: dota al espacio donde se le reproduce de profundidad y texturas, como si abriera una ventana a otro tiempo sucediendo en nuestros oídos.

El Último Emperador (Bernardo Bertolucci, 1987) – Ryuchi Sakamoto es el compositor principal de esta cinta: sus emotivas composiciones se complementan con las imágenes, recordándonos que el cine puede ser un acto sagrado en la mirada del espectador. El soundtrack también incluye composiciones de David Byrne, las cuales emplean instrumentos tradicionales de Oriente pero solo incidentalmente, lo cual da claridad a la pista sonora al tiempo que contrasta con el estilo solemne de Sakamoto. Por último, la composición de Cong Su, esta sí con instrumentos tradicionales como base, da a la película el toque de época, pues se corresponde del todo con las escenas de infancia del emperador. En suma, la combinación Sakamoto-Byrne-Su resulta en un equilibrio perfecto para este drama histórico.

Blade Runner (Ridlley Scott, 1982)  – Esta selección no estaría completa sin Vangelis, quien con música de salón de los años 30 y 40 del siglo XX, se complementó con el alma noir de la novela de Philip K. Dick adaptada por Scott. Ahora la música nos puede sonar tan nueva como cuando acompañó el estreno de la película, quizá porque profetizaba sucesos que estaban por venir.

Lo que queda del día (James Ivory, 1993) – La máxima obra del elegante James Ivory (adaptación de la novela de Kazuo Ishiguro) exigía toda la pulcritud posible tanto de un compositor como de los intérpretes. Richard Robbins lo logró, con cierta cercanía a Gustav Mahler pero sin olvidar que, después de todo, la música tiene un papel secundario dentro del cine.

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