Las civilizaciones enamoradas del chocolate como lo son, sobre todo, Francia, Bélgica, Estados Unidos e Inglaterra, no se cansan de “sensualizarlo” para nosotros, los consumidores. La publicidad para el chocolate es poco menos que erótica y delirante, es categóricamente hedonista. Y no es para menos. Pero aun si el mensaje que llega hoy hasta nosotros es irresistible, se queda corto comparado al mensaje que llevaron a Europa los conquistadores españoles cuando en Las Indias descubrieron esta voluptuosa “droga” reservada a los “señores Aztecas”. Lo que hemos perdido con los siglos de propaganda es sin duda lo más importante, su uso médico, que está absolutamente relacionado con el placer que provoca tanto en el cuerpo como en el ánimo.

El xocolatl, con el que las damas hispanas enloquecían, era descrito como un milagro. Sus cualidades médicas se dieron a conocer primero por medio del Curioso Tratado de la naturaleza y calidad del chocolate que escribió el doctor y cirujano Antonio Colmenero de Ledesma y publicó en Madrid en 1631. Al apelar a la ciencia de los humores o a los fluidos corporales esenciales, su obra introdujo el chocolate a Europa como una droga, y fue catalogada de inmediato como literatura médica.

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En esos tiempos la teoría de la salud y la enfermedad heredada de Hipócrates aun era influyente. Se sostenía que el cuerpo estaba compuesto de cuatro sustancias esenciales: bilis negra, sangre, bilis amarilla y flemas. Cuando estos humores se encontraban en balance mantenían la salud general del organismo, pero cuando uno de ellos disminuía o ocurría en exceso, producía síntomas que ahora llamamos “enfermedad” en el cuerpo. Mientras las medicinas farmacéuticas eran clasificadas como frías o calientes (para regular los humores), el cacao, increíblemente, era ambas. Presentaba características tanto frías como calientes. Dependiendo de cómo era administrado/ingerido, sus efectos curativos rebasaban incluso la salud y hacían cortos circuitos de maneras inesperadas. Hoy sabemos, por ejemplo, que el chocolate produce dopamina (la “hormona de la felicidad”); quizá eso era lo “inexplicable” que tanto aludían los médicos europeos (¿era magia, brujería, alquimia?) y acabó por ser un estado adictivo.

Tanto Francia como Inglaterra importaron la sabiduría de Colmenero (traduciendo el texto) junto con las semillas de cacao de sus colonias americanas, y cada país lo explotó como una magnífica herramienta de publicidad. Pero no era cualquier publicidad. Cuando una droga de un territorio colonial “exótico” promete tener virtudes tan admirables como aumentar el apetito sexual; curar la plaga de los intestinos y toda clase de inflamaciones, opilaciones u obstrucciones; disolver las piedras de riñón; limpiar los dientes; endulzar el aliento, entre muchísimas otras, esa droga genera tanto deseo que incluso justifica una invasión o una conquista. Y así fue. Inglaterra, por ejemplo, no tenía nada que estar haciendo en el Caribe a esas alturas, pero su dependencia del chocolate aplazó su repliegue.

Tan delicioso como el chocolate eran los tratados que lo describían. Bernal Díaz del Castillo, quien asistió con Cortés en 1519 a los banquetes de Moctezuma, describió: “Traían en unas como a manera de copas de oro fino con cierta bebida hecha del mismo cacao; decían que era para tener acceso con mujeres”. Bernardino de Sahagún, en su Códice Florentino, no reparó en llamar al chocolate una “bebidab09a0c16fe9dc6b1a7929c6271e77a4c preciosa”, una suave, espumosa, “agua de los señores”. En Inglaterra, Wadsworth, quien tradujo el Tratado de Colmenero (1640), combinó poéticamente las descripciones de este último con la promesa de que tomar suficiente chocolate haría a cualquiera “afable y bello”, una precondición, parece, del chocolate ejerciendo su mágicos efectos generativos en la matriz.

Ya cuando los franceses comenzaron a capitalizar el chocolate dos décadas después, el exotismo y la moda eran más importantes para el criterio popular que su aplicación médica. Y en esa etapa estuvimos tanto tiempo. El chocolate se convirtió en una delicatesen sensual cuyo exceso fue adquiriendo mala reputación para la salud. Su consumo se relacionó con la obesidad, la alta presión arterial, el acné y la diabetes. Por fortuna, y siguiendo una lógica cíclica natural, hemos regresado –aunque sin tanta poesía–, a considerar al chocolate como un elixir terapéutico y medicinal.

Sí, como afirmaba Colmenero, el chocolate estimula el deseo sexual (o, en sus palabras, “provoca a Venus”): la feniletilamina (FEA) y la serotonina, liberadas al comer chocolate, son responsables de estimular la sensación de bienestar en el cerebro; aumentan la excitación y el placer durante el orgasmo. El cacao también, ahora sabemos, reduce los niveles de colesterol, previene el declive de la memoria y hasta puede prevenir paros cardiacos. Su reputación está a la alza porque tal parece que los tratados coloniales no estaban muy lejos de la verdad.

Los flavanoles en los granos de cocoa tienen efectos antioxidantes que harían a cualquiera, como afirmó Wadsworth, “afable y bello”. Pero hay que recordar que no todos los chocolates están hechos igual. Del que hablamos aquí es exclusivamente el chocolate oscuro (como lo tomaban los aztecas), cuyos beneficios van más mucho más lejos que algunos instantes de dulzura. Lo más probable es que la implacable infatuación que hemos desarrollado con esta antigua droga se deba a un neurotransmisor producido en el cerebro de nombre anandamida, que temporalmente bloquea sentimientos de dolor y depresión, y que además contiene otros químicos que prolongan ese bienestar para que no se disuelva tan pronto. En pocas palabras, y para nuestra fortuna, lo que tratamos de decir es que un buen chocolate es, literalmente, medicina.

Las civilizaciones enamoradas del chocolate como lo son, sobre todo, Francia, Bélgica, Estados Unidos e Inglaterra, no se cansan de “sensualizarlo” para nosotros, los consumidores. La publicidad para el chocolate es poco menos que erótica y delirante, es categóricamente hedonista. Y no es para menos. Pero aun si el mensaje que llega hoy hasta nosotros es irresistible, se queda corto comparado al mensaje que llevaron a Europa los conquistadores españoles cuando en Las Indias descubrieron esta voluptuosa “droga” reservada a los “señores Aztecas”. Lo que hemos perdido con los siglos de propaganda es sin duda lo más importante, su uso médico, que está absolutamente relacionado con el placer que provoca tanto en el cuerpo como en el ánimo.

El xocolatl, con el que las damas hispanas enloquecían, era descrito como un milagro. Sus cualidades médicas se dieron a conocer primero por medio del Curioso Tratado de la naturaleza y calidad del chocolate que escribió el doctor y cirujano Antonio Colmenero de Ledesma y publicó en Madrid en 1631. Al apelar a la ciencia de los humores o a los fluidos corporales esenciales, su obra introdujo el chocolate a Europa como una droga, y fue catalogada de inmediato como literatura médica.

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En esos tiempos la teoría de la salud y la enfermedad heredada de Hipócrates aun era influyente. Se sostenía que el cuerpo estaba compuesto de cuatro sustancias esenciales: bilis negra, sangre, bilis amarilla y flemas. Cuando estos humores se encontraban en balance mantenían la salud general del organismo, pero cuando uno de ellos disminuía o ocurría en exceso, producía síntomas que ahora llamamos “enfermedad” en el cuerpo. Mientras las medicinas farmacéuticas eran clasificadas como frías o calientes (para regular los humores), el cacao, increíblemente, era ambas. Presentaba características tanto frías como calientes. Dependiendo de cómo era administrado/ingerido, sus efectos curativos rebasaban incluso la salud y hacían cortos circuitos de maneras inesperadas. Hoy sabemos, por ejemplo, que el chocolate produce dopamina (la “hormona de la felicidad”); quizá eso era lo “inexplicable” que tanto aludían los médicos europeos (¿era magia, brujería, alquimia?) y acabó por ser un estado adictivo.

Tanto Francia como Inglaterra importaron la sabiduría de Colmenero (traduciendo el texto) junto con las semillas de cacao de sus colonias americanas, y cada país lo explotó como una magnífica herramienta de publicidad. Pero no era cualquier publicidad. Cuando una droga de un territorio colonial “exótico” promete tener virtudes tan admirables como aumentar el apetito sexual; curar la plaga de los intestinos y toda clase de inflamaciones, opilaciones u obstrucciones; disolver las piedras de riñón; limpiar los dientes; endulzar el aliento, entre muchísimas otras, esa droga genera tanto deseo que incluso justifica una invasión o una conquista. Y así fue. Inglaterra, por ejemplo, no tenía nada que estar haciendo en el Caribe a esas alturas, pero su dependencia del chocolate aplazó su repliegue.

Tan delicioso como el chocolate eran los tratados que lo describían. Bernal Díaz del Castillo, quien asistió con Cortés en 1519 a los banquetes de Moctezuma, describió: “Traían en unas como a manera de copas de oro fino con cierta bebida hecha del mismo cacao; decían que era para tener acceso con mujeres”. Bernardino de Sahagún, en su Códice Florentino, no reparó en llamar al chocolate una “bebidab09a0c16fe9dc6b1a7929c6271e77a4c preciosa”, una suave, espumosa, “agua de los señores”. En Inglaterra, Wadsworth, quien tradujo el Tratado de Colmenero (1640), combinó poéticamente las descripciones de este último con la promesa de que tomar suficiente chocolate haría a cualquiera “afable y bello”, una precondición, parece, del chocolate ejerciendo su mágicos efectos generativos en la matriz.

Ya cuando los franceses comenzaron a capitalizar el chocolate dos décadas después, el exotismo y la moda eran más importantes para el criterio popular que su aplicación médica. Y en esa etapa estuvimos tanto tiempo. El chocolate se convirtió en una delicatesen sensual cuyo exceso fue adquiriendo mala reputación para la salud. Su consumo se relacionó con la obesidad, la alta presión arterial, el acné y la diabetes. Por fortuna, y siguiendo una lógica cíclica natural, hemos regresado –aunque sin tanta poesía–, a considerar al chocolate como un elixir terapéutico y medicinal.

Sí, como afirmaba Colmenero, el chocolate estimula el deseo sexual (o, en sus palabras, “provoca a Venus”): la feniletilamina (FEA) y la serotonina, liberadas al comer chocolate, son responsables de estimular la sensación de bienestar en el cerebro; aumentan la excitación y el placer durante el orgasmo. El cacao también, ahora sabemos, reduce los niveles de colesterol, previene el declive de la memoria y hasta puede prevenir paros cardiacos. Su reputación está a la alza porque tal parece que los tratados coloniales no estaban muy lejos de la verdad.

Los flavanoles en los granos de cocoa tienen efectos antioxidantes que harían a cualquiera, como afirmó Wadsworth, “afable y bello”. Pero hay que recordar que no todos los chocolates están hechos igual. Del que hablamos aquí es exclusivamente el chocolate oscuro (como lo tomaban los aztecas), cuyos beneficios van más mucho más lejos que algunos instantes de dulzura. Lo más probable es que la implacable infatuación que hemos desarrollado con esta antigua droga se deba a un neurotransmisor producido en el cerebro de nombre anandamida, que temporalmente bloquea sentimientos de dolor y depresión, y que además contiene otros químicos que prolongan ese bienestar para que no se disuelva tan pronto. En pocas palabras, y para nuestra fortuna, lo que tratamos de decir es que un buen chocolate es, literalmente, medicina.

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