“La función de la oración no es la de influenciar a Dios, sino la de cambiar la naturaleza de quien reza”, escribió alguna vez filósofo danés Søren Kierkegaard. Pero un rezo no necesita palabras para formularse, por eso puede tomar incontables formas, más allá de la repetición de palabras específicas o la invocación de algún ser superior. En realidad, el rezo puede ser casi cualquier acto (que no únicamente metafísico). Lo anterior se materializa, en preciosa plenitud, en el ritual conocido como kōlam, palabra que significa, precisamente, “belleza”.

Elaborados casi siempre por mujeres apenas despunta el potente sol de la India, los kōlam son patrones simétricos que se delinean sobre el suelo de las calles y aceras previamente limpiadas Estos umbrales geométricos se ubican generalmente frente al portón de las casas, pero también en casi cualquier superficie del suelo. Puntos de colores o patrones guían el minucioso ritual creativo. Las artistas utilizan arroz para delinearlos usando solamente sus dedos, animando diseños que aluden, por ejemplo, a la flor de loto, símbolo de Lakshmi (la diosa de la prosperidad, la buena fortuna, la abundancia, el amor y la belleza). Estas oraciones materiales piden por todo eso; aunque también son dedicadas a menudo a la diosa de la tierra, Bhūdevi

kolam1
En términos gestuales, la creación de un kōlam es un acto de súplica: las mujeres doblan su cuerpo a la altura de la cintura, inclinándose hacia el suelo, mientras dibujan los preciosos patrones. En términos metafóricos es también una manera de retratar la íntima conexión del hombre con su hogar, nuestro planeta, es decir, reflejan nuestra relación con la naturaleza. Finalmente, en términos más técnicos,  el kōlam es un ejercicio de geometría y simetría (con todas sus implicaciones divinas): los puntos para la filosofía hindú son donde todo empieza, el inicio de la creación y a partir de ellos, las líneas curvas y rectas simulan la creación del mundo (reflejado humildemente en el suelo de una calle).

Símbolos del infinito, del ciclo incesante del nacimiento y la muerte, existen muchas clases de kōlam que varían dependiendo de la región donde son hechos y del gusto personal de su creadora; son también una herencia estética que se transmite de generación en generación. Existen, incluso, concursos alrededor de la India en donde estas artistas pueden desplegar sus dotes.

Este fenómeno ha llamado la atención de matemáticos de todo el mundo como una expresión de esta ciencia en el ámbito cultural y como el lugar donde ésta se toca con la antropología —aunque para estas artistas esto suceda de manera completamente inadvertida. Según algunos expertos, esta práctica es uno de los pocos rituales indígenas en el mundo que han influenciado la tradición matemática occidental, entre otras cosas por ser una expresión de sus principios más fundamentales. Los impresionantes patrones también han sido objeto de estudio de científicos de la computación, y una manera de explicar su muy específico lenguaje.

El kōlam se encuentran en una lucha contra el tiempo: cada vez menos mujeres dedican su tiempo a ellos y cada vez más viven en pequeños departamentos que no tienen el espacio adecuado para su existencia. En su despliegue más espiritual, nacen de la necesidad kármica de alimentar otras almas, de ofrecer comida a aquellos seres que viven alrededor: el arroz es entregado a las aves y los insectos.

Como los mandalas budistas, los kōlam están hechos para desaparecer, y así hablan, en su geométrico lenguaje, sobre la finitud: son un gesto, un modo de meditar, un movimiento ritual, un pensamiento, una forma de generosidad y una invaluable obra de arte.

Imágenes: 1) Creative Commons – Thamizhpparithi Maari 2) premasagar – flickr

“La función de la oración no es la de influenciar a Dios, sino la de cambiar la naturaleza de quien reza”, escribió alguna vez filósofo danés Søren Kierkegaard. Pero un rezo no necesita palabras para formularse, por eso puede tomar incontables formas, más allá de la repetición de palabras específicas o la invocación de algún ser superior. En realidad, el rezo puede ser casi cualquier acto (que no únicamente metafísico). Lo anterior se materializa, en preciosa plenitud, en el ritual conocido como kōlam, palabra que significa, precisamente, “belleza”.

Elaborados casi siempre por mujeres apenas despunta el potente sol de la India, los kōlam son patrones simétricos que se delinean sobre el suelo de las calles y aceras previamente limpiadas Estos umbrales geométricos se ubican generalmente frente al portón de las casas, pero también en casi cualquier superficie del suelo. Puntos de colores o patrones guían el minucioso ritual creativo. Las artistas utilizan arroz para delinearlos usando solamente sus dedos, animando diseños que aluden, por ejemplo, a la flor de loto, símbolo de Lakshmi (la diosa de la prosperidad, la buena fortuna, la abundancia, el amor y la belleza). Estas oraciones materiales piden por todo eso; aunque también son dedicadas a menudo a la diosa de la tierra, Bhūdevi

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En términos gestuales, la creación de un kōlam es un acto de súplica: las mujeres doblan su cuerpo a la altura de la cintura, inclinándose hacia el suelo, mientras dibujan los preciosos patrones. En términos metafóricos es también una manera de retratar la íntima conexión del hombre con su hogar, nuestro planeta, es decir, reflejan nuestra relación con la naturaleza. Finalmente, en términos más técnicos,  el kōlam es un ejercicio de geometría y simetría (con todas sus implicaciones divinas): los puntos para la filosofía hindú son donde todo empieza, el inicio de la creación y a partir de ellos, las líneas curvas y rectas simulan la creación del mundo (reflejado humildemente en el suelo de una calle).

Símbolos del infinito, del ciclo incesante del nacimiento y la muerte, existen muchas clases de kōlam que varían dependiendo de la región donde son hechos y del gusto personal de su creadora; son también una herencia estética que se transmite de generación en generación. Existen, incluso, concursos alrededor de la India en donde estas artistas pueden desplegar sus dotes.

Este fenómeno ha llamado la atención de matemáticos de todo el mundo como una expresión de esta ciencia en el ámbito cultural y como el lugar donde ésta se toca con la antropología —aunque para estas artistas esto suceda de manera completamente inadvertida. Según algunos expertos, esta práctica es uno de los pocos rituales indígenas en el mundo que han influenciado la tradición matemática occidental, entre otras cosas por ser una expresión de sus principios más fundamentales. Los impresionantes patrones también han sido objeto de estudio de científicos de la computación, y una manera de explicar su muy específico lenguaje.

El kōlam se encuentran en una lucha contra el tiempo: cada vez menos mujeres dedican su tiempo a ellos y cada vez más viven en pequeños departamentos que no tienen el espacio adecuado para su existencia. En su despliegue más espiritual, nacen de la necesidad kármica de alimentar otras almas, de ofrecer comida a aquellos seres que viven alrededor: el arroz es entregado a las aves y los insectos.

Como los mandalas budistas, los kōlam están hechos para desaparecer, y así hablan, en su geométrico lenguaje, sobre la finitud: son un gesto, un modo de meditar, un movimiento ritual, un pensamiento, una forma de generosidad y una invaluable obra de arte.

Imágenes: 1) Creative Commons – Thamizhpparithi Maari 2) premasagar – flickr