La peculiar palabra alemana wanderlust no tiene traducción literal al español, pero podría definirse como un deseo profundo, una especie de lujuria, por viajar. Los verdaderos viajeros, esos que anhelan así la travesía, saben que esta actividad es tan espacial como metafísica: todo viaje es, también, un movimiento interior y, si así lo disponemos, espiritual (por eso, el viaje puede ocurrir sin un cambio necesario de geografía). Esta práctica incluye también a los personajes que encontramos y las experiencias que coleccionamos a nuestro paso —implica, incluso, un fenómeno invisible en el que es posible convertirse en el lugar que visitamos. Pero la obsesión por viajar fue, durante algunos años del siglo XIX, clasificada como una enfermedad mental.

La década de los 1890 en Europa vio la proliferación de lo que se conoció como “viajeros patológicos”, personas que deambulaban sin un destino aparente (como si la dirección no fuera importante, sino simplemente la acción de cambiar de lugar). Muchos de ellos —personas que dejaban a sus familias, desertores del ejército o víctimas de brotes repentinos de amnesia—  terminaron bajo la custodia de las autoridades o, incluso, recluidos en manicomios; estos segundos diagnosticados con un padecimiento altamente específico: la dromomanía, también conocida como “turismo patológico”, algo parecido a la cleptomanía (urgencia de robar), la piromanía (la necesidad de quemar cosas) o la dipsomanía (la necesidad de ingerir bebidas alcohólicas). Esta enfermedad azotó a Francia durante dos décadas como una nueva forma de locura.

Todo empezó con un hombre, el caso más famoso de dromomanía: Jean-Albert Dadas, nacido en Burdeos, en 1860. Huérfano de madre desde que tenía 17 años e hijo de un padre enfermo, él había caído de un árbol a la edad de 8 años, sufriendo una contusión en la cabeza que le generó problemas neurológicos, migrañas y vómitos, una de las probables causas, de acuerdo a sus biógrafos, de su obsesión por viajar. Mientras trabajaba en una compañía de gas, a los 12 años de edad, Dadas desapareció, para luego aparecer en un pueblo cercano. Cuando su hermano lo encontró y lo confrontó, el joven trabajaba para un vendedor de paraguas y no parecía recordar lo que había sucedido o cómo había terminado en dichas circunstancias.

Durante el resto de su vida (registrada en la biografía ficcional The Man Who Walked Away de Maud Casey), Dadas realizó viajes espontáneos que venían con la pérdida de memoria. Alguna vez despertó en una banca en París, otras varias bajo la custodia de policías o en trenes que lo llevaban a ciudades que nunca antes había visitado, y frecuentemente debía tomar empleos para reunir el suficiente dinero para volver a casa. Durante su singular vida, incluso viajó en un barco a Argelia y, en una ocasión, fue arrestado en la ciudad francesa de Aix por trabajar ilegalmente en plantaciones. Tras estos episodios, normalmente, Dadas volvía a casa y a su empleo en la compañía de gas.

La travesía más impresionante de Dadas sucedió en 1881 cuando éste se enlistó en el ejército francés para luego abandonarlo. Hizo entonces un recorrido a pie que pasó por Praga, Berlín, Poznan y Moscú. En algún punto, cuando se encontraba en Prusia, fue mordido por un perro y terminó en el hospital. Como el zar acababa de ser asesinado y Dadas era un evidente nihilista, éste terminó en prisión. Tres meses más tarde, él y algunos prisioneros fueron llevados a Estambul y, una vez ahí, el cónsul francés le dio dinero para comprar un boleto de tren que lo llevaría de vuelta a casa.

Años después, en 1886, Dadas caería en manos del doctor Phillipe Auguste Tissié, quien lo diagnosticó con dromomanía y documentó obsesivamente su caso, planteando que su paciente sólo podía recordar sus episodios de viajero cuando estaba bajo los efectos de la hipnosis. La esposa de Dadas eventualmente murió de tuberculosis y su hija fue adoptada por una familia de jardineros. Él solía visitarla cuando volvía de sus andanzas, hasta que un día ella se fugó de su casa adoptiva. Dadas fue encontrado muerto dentro de un pozo poco tiempo después.

A pesar de su aparente pérdida de memoria, algunos creen que Dadas fue, sencillamente, un estafador —no importaba a qué ciudad llegara, siempre lograba encontrar a un cónsul o un medio para volver a casa. Esto invita a pensar que sus supuestos episodios eran, más bien, intentos deliberados por borrar su presencia, por escapar de algo.

Después de Dadas vinieron otros casos de dromomanía (que no necesariamente fueron estafadores). Casi siempre eran pacientes masculinos, generalmente de pocos recursos económicos y de clase trabajadora. La Francia de entonces era un lugar perfecto para estos viajeros; tal vez, se trataba de hombres que no deseaban cumplir con lo que se esperaba de ellos o soldados desertores que usaban la enfermedad mental para escapar del castigo, que muchas veces implicaba su ejecución.

La dromomanía desapareció tan rápido como había aparecido, pues se descifró no como una enfermedad psiquiátrica sino, más bien, como una práctica que se encontraba fuera de las normas sociales más aceptadas. También se catalogó como un posible síntoma de otra clase de enfermedades, como la esquizofrenia. Tras 23 años de existir, el padecimiento desapareció, en parte por la definición y supervisión mayor de las fronteras en Europa, y en parte por los cambios en la medicina psiquiátrica. Actualmente, la enfermedad es mencionada poco, cuando se habla de personas sin hogar, vagabundos o ciertos tipos de desorientación relacionados con la demencia.

Hoy, paradójicamente, los viajeros incansables viven una vida envidiable, al menos en muchas sociedades. La dromomanía, una enfermedad que existió brevemente y luego desapareció como un fantasma, recuerda que todo exceso corre el peligro de volverse patológico y, también, nos habla del fervor, tan humano de huir, de fugarse, de cambiar de lugar, como un acto profundo y muchas veces esencialmente interior.

Imagen: Dominio público

La peculiar palabra alemana wanderlust no tiene traducción literal al español, pero podría definirse como un deseo profundo, una especie de lujuria, por viajar. Los verdaderos viajeros, esos que anhelan así la travesía, saben que esta actividad es tan espacial como metafísica: todo viaje es, también, un movimiento interior y, si así lo disponemos, espiritual (por eso, el viaje puede ocurrir sin un cambio necesario de geografía). Esta práctica incluye también a los personajes que encontramos y las experiencias que coleccionamos a nuestro paso —implica, incluso, un fenómeno invisible en el que es posible convertirse en el lugar que visitamos. Pero la obsesión por viajar fue, durante algunos años del siglo XIX, clasificada como una enfermedad mental.

La década de los 1890 en Europa vio la proliferación de lo que se conoció como “viajeros patológicos”, personas que deambulaban sin un destino aparente (como si la dirección no fuera importante, sino simplemente la acción de cambiar de lugar). Muchos de ellos —personas que dejaban a sus familias, desertores del ejército o víctimas de brotes repentinos de amnesia—  terminaron bajo la custodia de las autoridades o, incluso, recluidos en manicomios; estos segundos diagnosticados con un padecimiento altamente específico: la dromomanía, también conocida como “turismo patológico”, algo parecido a la cleptomanía (urgencia de robar), la piromanía (la necesidad de quemar cosas) o la dipsomanía (la necesidad de ingerir bebidas alcohólicas). Esta enfermedad azotó a Francia durante dos décadas como una nueva forma de locura.

Todo empezó con un hombre, el caso más famoso de dromomanía: Jean-Albert Dadas, nacido en Burdeos, en 1860. Huérfano de madre desde que tenía 17 años e hijo de un padre enfermo, él había caído de un árbol a la edad de 8 años, sufriendo una contusión en la cabeza que le generó problemas neurológicos, migrañas y vómitos, una de las probables causas, de acuerdo a sus biógrafos, de su obsesión por viajar. Mientras trabajaba en una compañía de gas, a los 12 años de edad, Dadas desapareció, para luego aparecer en un pueblo cercano. Cuando su hermano lo encontró y lo confrontó, el joven trabajaba para un vendedor de paraguas y no parecía recordar lo que había sucedido o cómo había terminado en dichas circunstancias.

Durante el resto de su vida (registrada en la biografía ficcional The Man Who Walked Away de Maud Casey), Dadas realizó viajes espontáneos que venían con la pérdida de memoria. Alguna vez despertó en una banca en París, otras varias bajo la custodia de policías o en trenes que lo llevaban a ciudades que nunca antes había visitado, y frecuentemente debía tomar empleos para reunir el suficiente dinero para volver a casa. Durante su singular vida, incluso viajó en un barco a Argelia y, en una ocasión, fue arrestado en la ciudad francesa de Aix por trabajar ilegalmente en plantaciones. Tras estos episodios, normalmente, Dadas volvía a casa y a su empleo en la compañía de gas.

La travesía más impresionante de Dadas sucedió en 1881 cuando éste se enlistó en el ejército francés para luego abandonarlo. Hizo entonces un recorrido a pie que pasó por Praga, Berlín, Poznan y Moscú. En algún punto, cuando se encontraba en Prusia, fue mordido por un perro y terminó en el hospital. Como el zar acababa de ser asesinado y Dadas era un evidente nihilista, éste terminó en prisión. Tres meses más tarde, él y algunos prisioneros fueron llevados a Estambul y, una vez ahí, el cónsul francés le dio dinero para comprar un boleto de tren que lo llevaría de vuelta a casa.

Años después, en 1886, Dadas caería en manos del doctor Phillipe Auguste Tissié, quien lo diagnosticó con dromomanía y documentó obsesivamente su caso, planteando que su paciente sólo podía recordar sus episodios de viajero cuando estaba bajo los efectos de la hipnosis. La esposa de Dadas eventualmente murió de tuberculosis y su hija fue adoptada por una familia de jardineros. Él solía visitarla cuando volvía de sus andanzas, hasta que un día ella se fugó de su casa adoptiva. Dadas fue encontrado muerto dentro de un pozo poco tiempo después.

A pesar de su aparente pérdida de memoria, algunos creen que Dadas fue, sencillamente, un estafador —no importaba a qué ciudad llegara, siempre lograba encontrar a un cónsul o un medio para volver a casa. Esto invita a pensar que sus supuestos episodios eran, más bien, intentos deliberados por borrar su presencia, por escapar de algo.

Después de Dadas vinieron otros casos de dromomanía (que no necesariamente fueron estafadores). Casi siempre eran pacientes masculinos, generalmente de pocos recursos económicos y de clase trabajadora. La Francia de entonces era un lugar perfecto para estos viajeros; tal vez, se trataba de hombres que no deseaban cumplir con lo que se esperaba de ellos o soldados desertores que usaban la enfermedad mental para escapar del castigo, que muchas veces implicaba su ejecución.

La dromomanía desapareció tan rápido como había aparecido, pues se descifró no como una enfermedad psiquiátrica sino, más bien, como una práctica que se encontraba fuera de las normas sociales más aceptadas. También se catalogó como un posible síntoma de otra clase de enfermedades, como la esquizofrenia. Tras 23 años de existir, el padecimiento desapareció, en parte por la definición y supervisión mayor de las fronteras en Europa, y en parte por los cambios en la medicina psiquiátrica. Actualmente, la enfermedad es mencionada poco, cuando se habla de personas sin hogar, vagabundos o ciertos tipos de desorientación relacionados con la demencia.

Hoy, paradójicamente, los viajeros incansables viven una vida envidiable, al menos en muchas sociedades. La dromomanía, una enfermedad que existió brevemente y luego desapareció como un fantasma, recuerda que todo exceso corre el peligro de volverse patológico y, también, nos habla del fervor, tan humano de huir, de fugarse, de cambiar de lugar, como un acto profundo y muchas veces esencialmente interior.

Imagen: Dominio público