Entre la rica herencia cultural de Japón hay por lo menos un rasgo que en Occidente siempre nos tomará por sorpresa, uno que, paradójicamente, no es sencillo de definir pero sí de entender, y esa quizá es su naturaleza distintiva.

Cuando sabemos que, por ejemplo, en Japón hay una técnica para reparar las fracturas de una pieza de cerámica y así volverla a usar (con su herida expuesta pero bellamente curada), o que una técnica de curación prescribe “baños de bosque” para prevenir diversas enfermedades, una mente formada en la matriz cultural occidental no puede más que maravillarse por la sencillez de la solución encontrada; confirmar que, en efecto, así es, que algo que se rompe puede repararse y, al mismo tiempo, mostrar la cicatriz como evidencia de la propia historia; o que no hay consejero más adecuado para nuestra salud que la naturaleza misma, de donde provenimos y en donde se encuentran buena parte de las respuestas que conciernen a nuestro bienestar.

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Otro ejemplo elocuente de esta forma de aproximarse a la vida es el “hikaru dorodango” o simplemente “dorodango”, el cual consiste en moldear una esfera perfecta de arcilla, barro o incluso lodo. De hecho, en su origen e incluso en su etimología (“doro” significa lodo en japonés) el dorodango está ligado íntimamente a la diversión infantil de jugar con la tierra, en este caso específico con tierra humedecida, adecuada para manipular y formar figuras más o menos firmes.

Con el tiempo, sin embargo, este entretenimiento se refinó y se embelleció. Además del uso de otros materiales, pero sin perder su esencia ni su vínculo de origen con la tierra. “Hikaru” significa brillo, pues en esta modalidad del dorodango una esfera de arcilla o lodo, luego de ser moldeada con la mayor perfección posible, se deja secar y después se pasa una y otra vez por un polvo finamente tamizado, de tal manera que en este proceso la esfera adquiere poco a poco una capa de lustre, color y textura que depende de las cualidades del polvo utilizado. Un ejercicio en el que se conjugan constancia, deseo de perfección, belleza y paciencia.

Todo es más simple de lo que creemos, parecen decirnos expresiones culturales de Japón como esta, y es en dicha sencillez donde se encuentra no la complejidad, sino la riqueza de la vida.

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Entre la rica herencia cultural de Japón hay por lo menos un rasgo que en Occidente siempre nos tomará por sorpresa, uno que, paradójicamente, no es sencillo de definir pero sí de entender, y esa quizá es su naturaleza distintiva.

Cuando sabemos que, por ejemplo, en Japón hay una técnica para reparar las fracturas de una pieza de cerámica y así volverla a usar (con su herida expuesta pero bellamente curada), o que una técnica de curación prescribe “baños de bosque” para prevenir diversas enfermedades, una mente formada en la matriz cultural occidental no puede más que maravillarse por la sencillez de la solución encontrada; confirmar que, en efecto, así es, que algo que se rompe puede repararse y, al mismo tiempo, mostrar la cicatriz como evidencia de la propia historia; o que no hay consejero más adecuado para nuestra salud que la naturaleza misma, de donde provenimos y en donde se encuentran buena parte de las respuestas que conciernen a nuestro bienestar.

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Otro ejemplo elocuente de esta forma de aproximarse a la vida es el “hikaru dorodango” o simplemente “dorodango”, el cual consiste en moldear una esfera perfecta de arcilla, barro o incluso lodo. De hecho, en su origen e incluso en su etimología (“doro” significa lodo en japonés) el dorodango está ligado íntimamente a la diversión infantil de jugar con la tierra, en este caso específico con tierra humedecida, adecuada para manipular y formar figuras más o menos firmes.

Con el tiempo, sin embargo, este entretenimiento se refinó y se embelleció. Además del uso de otros materiales, pero sin perder su esencia ni su vínculo de origen con la tierra. “Hikaru” significa brillo, pues en esta modalidad del dorodango una esfera de arcilla o lodo, luego de ser moldeada con la mayor perfección posible, se deja secar y después se pasa una y otra vez por un polvo finamente tamizado, de tal manera que en este proceso la esfera adquiere poco a poco una capa de lustre, color y textura que depende de las cualidades del polvo utilizado. Un ejercicio en el que se conjugan constancia, deseo de perfección, belleza y paciencia.

Todo es más simple de lo que creemos, parecen decirnos expresiones culturales de Japón como esta, y es en dicha sencillez donde se encuentra no la complejidad, sino la riqueza de la vida.

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