Místicos de todas las épocas han conjurado imágenes para describir la unidad de todas las cosas, la conexión que une a cada parte con el todo –o aquella visión improbable de la divinidad. Al hacerlo generalmente elaboran de manera elegante una imagen que sea capaz de sugerir la totalidad.

En la literatura moderna ninguna imagen ha penetrado tanto el imaginario colectivo que la del Aleph. Esta pequeña esfera tornasol que Carlos Argentino le mostró a Borges en una quinta de Buenos Aires y que contenía todo el espacio cósmico sin que sus partes se superpusieran. Aunque limitado por la naturaleza sucesiva del lenguaje para describir la simultaneidad, la descripción del Aleph que hizo Borges se imprimió en la historia de la literatura como un momento de misticismo poético.

Borges, lo sabemos, fue un gran recopilador de metáforas y de imágenes que evocaban a la divinidad (como aquella del Pájaro Simurg). En ese mismo espíritu de hallar las conexiones universales y tejer las correspondencias resulta apropiado recuperar la historia de Krishna, la octava encarnación de la suprema personalidad de Vishnu. La historia va así:

Una vez unos niños acusaron a Krishna con Yosada de “hociquear la tierra y comer la basura como si fuera un cerdo”. Yosada empezaba a reprender a Krishna cuando éste, con sublime picardía, le dijo: “Es mentira, mamá; si no me crees mírame la boca”. Roberto Calasso hace una descripción de este mítico momento en su maravillosa obra Ka:

La madre vio abrirse aquellos pequeños labios, cuyas grietas conocía una a una. Yasoda bajó la mirada para escrutar el paladar de su hijo y encontró una inmensa bóveda estrellada que la chupaba. Yasoda viajaba, volaba. Donde hubiera estado el fondo de su garganta se erguía el Monte Meru, sembrado de infinitos bosques. A su lado se veían islas, que quizás eran corrientes, y lagos, que quizás eran océanos. Yasoda respiraba con una tranquilidad desconocida, como si por primera vez saliera el aire libre a través de la boca de su hijo. La visión que más le cautivó fue la rueda del Zodiaco: rodeaba el mundo oblicuamente, como una faja jaspeada. Yadosa fue aún más allá. Vio la oscilación de la mente, su mutabilidad lunar, sus brincos de mono de una rama a otra del universo. Vio cómo los tres hilos de los que toda sustancia está hecha se enrollaban en ovillos, de los que nacían otros ovillos. Al fondo, vio el pueblo de Gokula, reconoció sus callejones, las ensambladuras de las piedras, las carretas, los manantiales de agua, las flores macilentas. Y finalmente se vio a sí misma, en una calle, mirando la boca de un niño.

Krishna, con una visión epifánica, libera a su madre de las cadenas de este mundo dejándola mirar, por un momento, a través de los ojos que todo lo ven. Una travesura sagrada que a su vez nos hace ver la “re-ocurrencia”, siempre a través de lo similar, de la experiencia mística en diversas culturas.

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Místicos de todas las épocas han conjurado imágenes para describir la unidad de todas las cosas, la conexión que une a cada parte con el todo –o aquella visión improbable de la divinidad. Al hacerlo generalmente elaboran de manera elegante una imagen que sea capaz de sugerir la totalidad.

En la literatura moderna ninguna imagen ha penetrado tanto el imaginario colectivo que la del Aleph. Esta pequeña esfera tornasol que Carlos Argentino le mostró a Borges en una quinta de Buenos Aires y que contenía todo el espacio cósmico sin que sus partes se superpusieran. Aunque limitado por la naturaleza sucesiva del lenguaje para describir la simultaneidad, la descripción del Aleph que hizo Borges se imprimió en la historia de la literatura como un momento de misticismo poético.

Borges, lo sabemos, fue un gran recopilador de metáforas y de imágenes que evocaban a la divinidad (como aquella del Pájaro Simurg). En ese mismo espíritu de hallar las conexiones universales y tejer las correspondencias resulta apropiado recuperar la historia de Krishna, la octava encarnación de la suprema personalidad de Vishnu. La historia va así:

Una vez unos niños acusaron a Krishna con Yosada de “hociquear la tierra y comer la basura como si fuera un cerdo”. Yosada empezaba a reprender a Krishna cuando éste, con sublime picardía, le dijo: “Es mentira, mamá; si no me crees mírame la boca”. Roberto Calasso hace una descripción de este mítico momento en su maravillosa obra Ka:

La madre vio abrirse aquellos pequeños labios, cuyas grietas conocía una a una. Yasoda bajó la mirada para escrutar el paladar de su hijo y encontró una inmensa bóveda estrellada que la chupaba. Yasoda viajaba, volaba. Donde hubiera estado el fondo de su garganta se erguía el Monte Meru, sembrado de infinitos bosques. A su lado se veían islas, que quizás eran corrientes, y lagos, que quizás eran océanos. Yasoda respiraba con una tranquilidad desconocida, como si por primera vez saliera el aire libre a través de la boca de su hijo. La visión que más le cautivó fue la rueda del Zodiaco: rodeaba el mundo oblicuamente, como una faja jaspeada. Yadosa fue aún más allá. Vio la oscilación de la mente, su mutabilidad lunar, sus brincos de mono de una rama a otra del universo. Vio cómo los tres hilos de los que toda sustancia está hecha se enrollaban en ovillos, de los que nacían otros ovillos. Al fondo, vio el pueblo de Gokula, reconoció sus callejones, las ensambladuras de las piedras, las carretas, los manantiales de agua, las flores macilentas. Y finalmente se vio a sí misma, en una calle, mirando la boca de un niño.

Krishna, con una visión epifánica, libera a su madre de las cadenas de este mundo dejándola mirar, por un momento, a través de los ojos que todo lo ven. Una travesura sagrada que a su vez nos hace ver la “re-ocurrencia”, siempre a través de lo similar, de la experiencia mística en diversas culturas.

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