Aquellos que eran vistos bailando, eran considerados locos por quienes no podían escuchar la música.

—Henri Bergson

La historia del pensamiento humano ha encontrado, con insistencia, una infinita cordura en la locura. Uno de los espacios donde esto ha sido más evidente es el arte: a veces es difícil diferenciar al artista del loco, al trastornado del clarividente. Existe un volumen, hoy poco conocido, que exploró precisamente eso, la relación entre la enfermedad mental y la creatividad, y llevó este cuestionamiento —y las estéticas que se desprenden de él— al imaginario de los más grandes artistas de su época.

En 1922, el doctor nacido en Westfalia, Hans Prinzhorn, publicó un libro que sería el primero en su tipo: Expresiones de la locura: el arte de los enfermos mentales (Bildnerei der Geisteskranken: ein Beitrag zur Psychologie und Psychopathologie der Gestaltung). Se trata del registro de algunos individuos cuyos casos investigó, pacientes cuya creatividad los llevó a producir arte. Este volumen le daría voz a las prácticas artísticas de esas mentes trastornadas, ubicadas en instituciones psiquiátricas —algo que, por supuesto, incomodó a las esferas de la alta cultura, quienes decidían (deciden) qué es arte y qué no lo es.

Karl Brendel era un albañil que padecía esquizofrenia y hacía esculturas con pan masticado; August Neter dibujaba sus alucinaciones; Franz Pohl era un cerrajero que sufría de paranoia y fechaba todos sus dibujos —que oscilaban entre el realismo y la fantasía— obsesivamente; Heinrich Welz era un abogado que creía poder controlar el movimiento de las estrellas; y Joseph Sell aseguraba que, a través de telepatía, podía escuchar todos los sonidos del mundo en un instante. Ellos son algunos de los protagonistas de este singular volumen.

La estética retratada en el libro de Prinzhorn llamó la atención (al punto de la fascinación) de artistas como Paul Klee, Max Ernst, Pablo Picasso, Salvador Dalí y Jean Dubuffet. De hecho, éste último fue quien acuñó el término art brut (hoy conocido también como outsider art), que se refería a dichas prácticas, y amasó una colección de este tipo de obras que hoy está repartida en instituciones y museos de todo el mundo.

Prinzhorn estudió historia del arte, filosofía y música, para posteriormente estudiar medicina, especializándose en psiquiatría. Con el paso de los años, su revisión de los pacientes no sólo incluyó sus enfermedades clínicas, sino también sus producciones artísticas. El doctor alemán, además, amasó una colección de más de 5 mil obras en pintura, dibujo y talla de sus pacientes, la mayoría diagnosticados en su momento con esquizofrenia. Fue esto lo que dio pie a Expresiones de la locura, donde se pueden observar reproducciones de algunos de los trabajos de sus pacientes (hoy parte del dominio público), acompañadas de breves perfiles. A partir de estas investigaciones, Prinzhorn identificó seis unidades universales (no solamente aplicables en los pacientes analizados) desde las que nace la construcción de imágenes: el impulso expresivo, el impulso lúdico, el impulso ornamental, la tendencia al orden, la tendencia a la imitación y la necesidad de símbolos.

Los planteamientos de Prinzhorn son comparables con los expresados, en su tiempo, por artistas como Kandinsky o Dubuffet: la creación artística es una necesidad humana cuya práctica no requiere un entrenamiento específico, ni un lugar particular en la sociedad. Es decir, no es necesario ser parte del complejo y frívolo mundo del arte para hacer arte. Estas ideas, entonces revolucionarias, serían retomadas y reorganizadas por muchos pensadores y artistas posteriores; quizás el caso más conocido es el de Joseph Beuys, que alguna vez aseguró que “todo ser humano es un artista”.

A pesar de que el libro de Hans Prinzhorn fue prontamente olvidado, la manera en que afectó tanto a la esfera elitista de la alta cultura, como a las vanguardias de la época, es un regalo que sobrevive hasta nuestros días. Se trató, quizá, de un primer paso para que el arte se volviera un lugar más incluyente, sobre todo para aquellos sin voz y al margen de este universo.

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Imágenes: Dominio público

Aquellos que eran vistos bailando, eran considerados locos por quienes no podían escuchar la música.

—Henri Bergson

La historia del pensamiento humano ha encontrado, con insistencia, una infinita cordura en la locura. Uno de los espacios donde esto ha sido más evidente es el arte: a veces es difícil diferenciar al artista del loco, al trastornado del clarividente. Existe un volumen, hoy poco conocido, que exploró precisamente eso, la relación entre la enfermedad mental y la creatividad, y llevó este cuestionamiento —y las estéticas que se desprenden de él— al imaginario de los más grandes artistas de su época.

En 1922, el doctor nacido en Westfalia, Hans Prinzhorn, publicó un libro que sería el primero en su tipo: Expresiones de la locura: el arte de los enfermos mentales (Bildnerei der Geisteskranken: ein Beitrag zur Psychologie und Psychopathologie der Gestaltung). Se trata del registro de algunos individuos cuyos casos investigó, pacientes cuya creatividad los llevó a producir arte. Este volumen le daría voz a las prácticas artísticas de esas mentes trastornadas, ubicadas en instituciones psiquiátricas —algo que, por supuesto, incomodó a las esferas de la alta cultura, quienes decidían (deciden) qué es arte y qué no lo es.

Karl Brendel era un albañil que padecía esquizofrenia y hacía esculturas con pan masticado; August Neter dibujaba sus alucinaciones; Franz Pohl era un cerrajero que sufría de paranoia y fechaba todos sus dibujos —que oscilaban entre el realismo y la fantasía— obsesivamente; Heinrich Welz era un abogado que creía poder controlar el movimiento de las estrellas; y Joseph Sell aseguraba que, a través de telepatía, podía escuchar todos los sonidos del mundo en un instante. Ellos son algunos de los protagonistas de este singular volumen.

La estética retratada en el libro de Prinzhorn llamó la atención (al punto de la fascinación) de artistas como Paul Klee, Max Ernst, Pablo Picasso, Salvador Dalí y Jean Dubuffet. De hecho, éste último fue quien acuñó el término art brut (hoy conocido también como outsider art), que se refería a dichas prácticas, y amasó una colección de este tipo de obras que hoy está repartida en instituciones y museos de todo el mundo.

Prinzhorn estudió historia del arte, filosofía y música, para posteriormente estudiar medicina, especializándose en psiquiatría. Con el paso de los años, su revisión de los pacientes no sólo incluyó sus enfermedades clínicas, sino también sus producciones artísticas. El doctor alemán, además, amasó una colección de más de 5 mil obras en pintura, dibujo y talla de sus pacientes, la mayoría diagnosticados en su momento con esquizofrenia. Fue esto lo que dio pie a Expresiones de la locura, donde se pueden observar reproducciones de algunos de los trabajos de sus pacientes (hoy parte del dominio público), acompañadas de breves perfiles. A partir de estas investigaciones, Prinzhorn identificó seis unidades universales (no solamente aplicables en los pacientes analizados) desde las que nace la construcción de imágenes: el impulso expresivo, el impulso lúdico, el impulso ornamental, la tendencia al orden, la tendencia a la imitación y la necesidad de símbolos.

Los planteamientos de Prinzhorn son comparables con los expresados, en su tiempo, por artistas como Kandinsky o Dubuffet: la creación artística es una necesidad humana cuya práctica no requiere un entrenamiento específico, ni un lugar particular en la sociedad. Es decir, no es necesario ser parte del complejo y frívolo mundo del arte para hacer arte. Estas ideas, entonces revolucionarias, serían retomadas y reorganizadas por muchos pensadores y artistas posteriores; quizás el caso más conocido es el de Joseph Beuys, que alguna vez aseguró que “todo ser humano es un artista”.

A pesar de que el libro de Hans Prinzhorn fue prontamente olvidado, la manera en que afectó tanto a la esfera elitista de la alta cultura, como a las vanguardias de la época, es un regalo que sobrevive hasta nuestros días. Se trató, quizá, de un primer paso para que el arte se volviera un lugar más incluyente, sobre todo para aquellos sin voz y al margen de este universo.

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Imágenes: Dominio público