La muerte es, simultáneamente, una realidad contradictoria en sí misma y fuente de contradicciones de nuestra realidad. La muerte tiene un cariz temible pero también uno tranquilizador. Frontera última y al mismo tiempo una pausa en el curso natural de la existencia, una suerte de impasse que, a pesar de su carácter terminante (o gracias a este), todo lo renueva, lo devuelve a un punto cero a partir del cual es posible volver a empezar. La muerte, así, es efectiva y simbólica, ese instante donde la atracción del abismo y la nada se convierten súbitamente en fuerza creativa e impulso vital.

Uno de los episodios en los que estas cualidades de la muerte se manifestaron con inquietante lucidez fue en 1968, en Sausalito, California, donde Alan Watts tenía su estudio, el mismo lugar donde se entrevistó con Laura Huxley, la esposa de Aldous. Inicialmente Watts buscó a Laura con motivo de la publicación de This Timeless Moment, libro de memorias sobre los años que pasó con el escritor, de 1956 hasta 1963, cuando Huxley murió.

El pretexto, sin embargo, pronto se disipó para tocar el verdadero núcleo de interés de Watts: la decisión del escritor de morir por una dosis psicoactiva administrada por la propia Laura, la cual acompañó de la lectura del Bardo Thodol, el llamado “Libro tibetano de la muerte”. Al respecto cabe mencionar que Laura contó lo sucedido también en una carta que dirigió a Julian, el hermano mayor de Aldous, la cual se encuentra disponible en el sitio Letters of Note.

En consideración de Watts, la de Huxley fue “una forma notablemente inteligente de morir”, esa inteligencia que es al mismo tiempo belleza y poesía, absolutas quizá en la medida en que dejan de ser gestos con los cuales pretendemos engañar a la muerte y, por el contrario, se condensan en un acto con el que se le planta cara.

“Morir es un arte”, dice en cierto momento de la entrevista Watts, a lo que Laura responde: “Y también una aventura”.

Y quizá es en esa dialéctica donde se encuentra no la solución al misterio de la muerte (que, si existe, es posible que solo conozcamos cuando esta nos enfrente), sino más bien esa epifanía en la que la vida se revela por última vez como la gran obra de arte, la magnum opus, que siempre fue.

.

La muerte es, simultáneamente, una realidad contradictoria en sí misma y fuente de contradicciones de nuestra realidad. La muerte tiene un cariz temible pero también uno tranquilizador. Frontera última y al mismo tiempo una pausa en el curso natural de la existencia, una suerte de impasse que, a pesar de su carácter terminante (o gracias a este), todo lo renueva, lo devuelve a un punto cero a partir del cual es posible volver a empezar. La muerte, así, es efectiva y simbólica, ese instante donde la atracción del abismo y la nada se convierten súbitamente en fuerza creativa e impulso vital.

Uno de los episodios en los que estas cualidades de la muerte se manifestaron con inquietante lucidez fue en 1968, en Sausalito, California, donde Alan Watts tenía su estudio, el mismo lugar donde se entrevistó con Laura Huxley, la esposa de Aldous. Inicialmente Watts buscó a Laura con motivo de la publicación de This Timeless Moment, libro de memorias sobre los años que pasó con el escritor, de 1956 hasta 1963, cuando Huxley murió.

El pretexto, sin embargo, pronto se disipó para tocar el verdadero núcleo de interés de Watts: la decisión del escritor de morir por una dosis psicoactiva administrada por la propia Laura, la cual acompañó de la lectura del Bardo Thodol, el llamado “Libro tibetano de la muerte”. Al respecto cabe mencionar que Laura contó lo sucedido también en una carta que dirigió a Julian, el hermano mayor de Aldous, la cual se encuentra disponible en el sitio Letters of Note.

En consideración de Watts, la de Huxley fue “una forma notablemente inteligente de morir”, esa inteligencia que es al mismo tiempo belleza y poesía, absolutas quizá en la medida en que dejan de ser gestos con los cuales pretendemos engañar a la muerte y, por el contrario, se condensan en un acto con el que se le planta cara.

“Morir es un arte”, dice en cierto momento de la entrevista Watts, a lo que Laura responde: “Y también una aventura”.

Y quizá es en esa dialéctica donde se encuentra no la solución al misterio de la muerte (que, si existe, es posible que solo conozcamos cuando esta nos enfrente), sino más bien esa epifanía en la que la vida se revela por última vez como la gran obra de arte, la magnum opus, que siempre fue.

.

Etiquetado: , , ,