Una noche en 2016, un cerrajero de la ciudad de Rosario, en Argentina, cerró su negocio después de un día de trabajo y se dirigió al observatorio astronómico casero que había instalado en la terraza de su casa. Víctor Buso dispuso su telescopio para observar a NGC 613, una galaxia de la constelación Sculptor, que gravita a unos 80 millones de años luz de la Tierra. La eligió, sencillamente, porque le gustaba su forma espiral. Pero Buso no sabía que esa noche presenciaría algo que nunca antes había sido visto.

Buso tampoco sabía que en esa lejana galaxia hace 80 millones de años, cuando los dinosaurios todavía habitaban la Tierra, explotó una estrella 33 millones de veces más grande que el Sol y en su proceso de muerte, se transformó en una supernova.

Habiéndose guiado por dos estrellas, Canopus y Achernar, finalmente ubicó NGC 613. Apenas lo logró, comenzó a fotografiarla cada 20 segundos y, al comparar sus imágenes con otras que habían sido hechas por otros telescopios, se dio cuenta de que en sus fotografías había un pequeño pixel luminoso que en otras no estaba. Para una persona común y corriente, ese punto podría no significar nada, pero Buso sabía que ese pequeño haz de luz era algo inusual. Inmediatamente se comunicó con su colega observador Gastón Folatelli y juntos dieron aviso a la Unión Astronómica Internacional.

La comunidad científica se enteró rápidamente, y pronto los telescopios más potentes del mundo estaban apuntando hacia esa galaxia. Lo que había captado Buso era el nacimiento de una supernova, algo que hasta entonces sólo existía en teoría y jamás se había atestiguado. Era el momento exacto de la muerte de la gigantesca estrella, llamado flash.

Pensar que la muerte de la estrella sucedió hace tantos millones de años y que, mientras la luz de la explosión viajaba por el espacio para llegar hasta el Sistema Solar, en la Tierra sucedieron eras y eras geológicas, es sobrecogedor. Pero pensar que Buso, un cerrajero que vive en Rosario, una noche de 2016 dispuso su telescopio casero en el momento exacto es igual de extraordinario. La suya es una historia sobre la casualidad y la suerte, sobre el tamaño, el espacio y el tiempo. Pero tal vez, es también una historia sobre el destino y su descubrimiento, sobre la luz.

Imagen: ESA/Hubble

Una noche en 2016, un cerrajero de la ciudad de Rosario, en Argentina, cerró su negocio después de un día de trabajo y se dirigió al observatorio astronómico casero que había instalado en la terraza de su casa. Víctor Buso dispuso su telescopio para observar a NGC 613, una galaxia de la constelación Sculptor, que gravita a unos 80 millones de años luz de la Tierra. La eligió, sencillamente, porque le gustaba su forma espiral. Pero Buso no sabía que esa noche presenciaría algo que nunca antes había sido visto.

Buso tampoco sabía que en esa lejana galaxia hace 80 millones de años, cuando los dinosaurios todavía habitaban la Tierra, explotó una estrella 33 millones de veces más grande que el Sol y en su proceso de muerte, se transformó en una supernova.

Habiéndose guiado por dos estrellas, Canopus y Achernar, finalmente ubicó NGC 613. Apenas lo logró, comenzó a fotografiarla cada 20 segundos y, al comparar sus imágenes con otras que habían sido hechas por otros telescopios, se dio cuenta de que en sus fotografías había un pequeño pixel luminoso que en otras no estaba. Para una persona común y corriente, ese punto podría no significar nada, pero Buso sabía que ese pequeño haz de luz era algo inusual. Inmediatamente se comunicó con su colega observador Gastón Folatelli y juntos dieron aviso a la Unión Astronómica Internacional.

La comunidad científica se enteró rápidamente, y pronto los telescopios más potentes del mundo estaban apuntando hacia esa galaxia. Lo que había captado Buso era el nacimiento de una supernova, algo que hasta entonces sólo existía en teoría y jamás se había atestiguado. Era el momento exacto de la muerte de la gigantesca estrella, llamado flash.

Pensar que la muerte de la estrella sucedió hace tantos millones de años y que, mientras la luz de la explosión viajaba por el espacio para llegar hasta el Sistema Solar, en la Tierra sucedieron eras y eras geológicas, es sobrecogedor. Pero pensar que Buso, un cerrajero que vive en Rosario, una noche de 2016 dispuso su telescopio casero en el momento exacto es igual de extraordinario. La suya es una historia sobre la casualidad y la suerte, sobre el tamaño, el espacio y el tiempo. Pero tal vez, es también una historia sobre el destino y su descubrimiento, sobre la luz.

Imagen: ESA/Hubble