El ser humano desde siempre ha buscado representar a la divinidad —o aquella misteriosa unidad entre todas las cosas del universo. Una tarea nada fácil teniendo en cuenta que la principal herramienta con la que cuenta el hombre para representar algo son los signos lingüísticos. ¿Cómo cifrar la inconmensurabilidad del cosmos en unas cuantas palabras? Jorge Luis Borges, en “El Aleph”, se enfrentó a este predicamento: “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es”, advirtió con cierta impotencia al intentar describir su visión del universo entero en un punto holográfico (una esfera tornasol de un par de centímetros).

Místicos de todas las eras se enfrentaron con este mismo problema al intentar compartir una visión de la eternidad. Penetrando en el plano de lo inefable buscaron de alguna manera legar lo que habían aprendido en su exploración espiritual. Para esto evidentemente no era suficiente el lenguaje; es necesario, si acaso, hacer uso del lenguaje poético, capaz de evocar imágenes y simbolizar conceptos complejos. Muchas metáforas han sido utilizadas en el intento de hacer del lenguaje del hombre un microcosmos del universo. Borges cita algunas:

Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur.

A esta ilustre lista habría que añadir “El Collar de Perlas de Indra” (o La Red de Indra).  Esta metáfora fue desarrollada en el siglo III por el budismo Mahayana, en el Avatamsaka Sutra, para significar la interconexión entre todas las cosas del universo. Una extrapolación del concepto de Pratītyasamutpāda, término que hace referencia a que todos los fenómenos emergen conjuntamente en una red interdependiente de causa y efecto.

Así describe Francis Harold Cook, en su libro Hua-Yen Buddhism: The Jewel Net of Indra, este  majestuoso collar metafísico:

 Lejos en la mansión celestial del gran dios Indra hay una fabulosa red que ha sido colgada por un astuto artífice, de tal manera que se extiende infinitamente en todas direcciones. En sintonía con los gustos extravagantes de las deidades, el artífice ha colgado una joya resplandeciente en cada “ojo” de la red, y como la red es en sí misma infinita en dimensión, las joyas son infinitas en número. Ahí cuelgan las joyas brillando como estrellas de primera magnitud, una suprema visión que sostener. Si seleccionamos arbitrariamente una de estas joyas para inspeccionar y la analizamos de cerca, descubriremos que en su superficie azogada se reflejan todas las demás joyas de la red, infinitas en número. No solo eso, sino que cada una de las joyas reflejadas en esta joya también está reflejando todas las otras joyas, así que hay un número infinito de procesos de reflejo ocurriendo.

El filosofo británico Alan Watts, estudioso del budismo zen, imagina poéticamente el collar la red del dios Indra:

Imagina una telaraña multidimensional en la mañana temprano, cubierta con gotas de rocío. Y cada gota de rocío contiene el reflejo de todas las otras gotas de rocío y, en cada gota reflejada, el reflejo de todas las otras gotas de rocío en ese reflejo. Y así hasta el infinito. Esa es la concepción Budista del universo en una imagen.

En su texto “Shards of the Diamond Matrix”, Erik Davis emplea esta metáfora en un entorno digital, donde Internet es una imagen de la Red Enjoyada de Indra (así como de la noósfera de Pierre Teilhard de Chardin). Davis reimagina la Red como “una monadología infinitamente entretejida en la que cada singularidad refleja y encarna una totalidad ilimitada”.

El Collar de Perlas de Indra no solo es una imagen de un universo-espejo de infinitas ramas invisibles, abarca también el concepto del karma en su concatenación de causas y efectos (los reflejos de las perlas). Un vértigo de interconexión deslumbrante: cada acto afecta todos los demás actos, cada instante está ligado a todos los instantes desde el inicio del universo. Una metáfora —o un emblema—como el Collar de Perlas de Indra, o el mismo Aleph de Borges, no solo simplifica un complicado concepto metafísico, por un momento suspende la limitación del lenguaje sucesivo y detona una visión de la totalidad.

El ser humano desde siempre ha buscado representar a la divinidad —o aquella misteriosa unidad entre todas las cosas del universo. Una tarea nada fácil teniendo en cuenta que la principal herramienta con la que cuenta el hombre para representar algo son los signos lingüísticos. ¿Cómo cifrar la inconmensurabilidad del cosmos en unas cuantas palabras? Jorge Luis Borges, en “El Aleph”, se enfrentó a este predicamento: “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es”, advirtió con cierta impotencia al intentar describir su visión del universo entero en un punto holográfico (una esfera tornasol de un par de centímetros).

Místicos de todas las eras se enfrentaron con este mismo problema al intentar compartir una visión de la eternidad. Penetrando en el plano de lo inefable buscaron de alguna manera legar lo que habían aprendido en su exploración espiritual. Para esto evidentemente no era suficiente el lenguaje; es necesario, si acaso, hacer uso del lenguaje poético, capaz de evocar imágenes y simbolizar conceptos complejos. Muchas metáforas han sido utilizadas en el intento de hacer del lenguaje del hombre un microcosmos del universo. Borges cita algunas:

Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur.

A esta ilustre lista habría que añadir “El Collar de Perlas de Indra” (o La Red de Indra).  Esta metáfora fue desarrollada en el siglo III por el budismo Mahayana, en el Avatamsaka Sutra, para significar la interconexión entre todas las cosas del universo. Una extrapolación del concepto de Pratītyasamutpāda, término que hace referencia a que todos los fenómenos emergen conjuntamente en una red interdependiente de causa y efecto.

Así describe Francis Harold Cook, en su libro Hua-Yen Buddhism: The Jewel Net of Indra, este  majestuoso collar metafísico:

 Lejos en la mansión celestial del gran dios Indra hay una fabulosa red que ha sido colgada por un astuto artífice, de tal manera que se extiende infinitamente en todas direcciones. En sintonía con los gustos extravagantes de las deidades, el artífice ha colgado una joya resplandeciente en cada “ojo” de la red, y como la red es en sí misma infinita en dimensión, las joyas son infinitas en número. Ahí cuelgan las joyas brillando como estrellas de primera magnitud, una suprema visión que sostener. Si seleccionamos arbitrariamente una de estas joyas para inspeccionar y la analizamos de cerca, descubriremos que en su superficie azogada se reflejan todas las demás joyas de la red, infinitas en número. No solo eso, sino que cada una de las joyas reflejadas en esta joya también está reflejando todas las otras joyas, así que hay un número infinito de procesos de reflejo ocurriendo.

El filosofo británico Alan Watts, estudioso del budismo zen, imagina poéticamente el collar la red del dios Indra:

Imagina una telaraña multidimensional en la mañana temprano, cubierta con gotas de rocío. Y cada gota de rocío contiene el reflejo de todas las otras gotas de rocío y, en cada gota reflejada, el reflejo de todas las otras gotas de rocío en ese reflejo. Y así hasta el infinito. Esa es la concepción Budista del universo en una imagen.

En su texto “Shards of the Diamond Matrix”, Erik Davis emplea esta metáfora en un entorno digital, donde Internet es una imagen de la Red Enjoyada de Indra (así como de la noósfera de Pierre Teilhard de Chardin). Davis reimagina la Red como “una monadología infinitamente entretejida en la que cada singularidad refleja y encarna una totalidad ilimitada”.

El Collar de Perlas de Indra no solo es una imagen de un universo-espejo de infinitas ramas invisibles, abarca también el concepto del karma en su concatenación de causas y efectos (los reflejos de las perlas). Un vértigo de interconexión deslumbrante: cada acto afecta todos los demás actos, cada instante está ligado a todos los instantes desde el inicio del universo. Una metáfora —o un emblema—como el Collar de Perlas de Indra, o el mismo Aleph de Borges, no solo simplifica un complicado concepto metafísico, por un momento suspende la limitación del lenguaje sucesivo y detona una visión de la totalidad.

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