En años recientes, la obra de Walter Benjamin ha sido rescatada con evidente entusiasmo en distintos ámbitos intelectuales. Una seducción que podría explicarse por la excentricidad de su pensamiento.

Excentricidad en al menos dos sentidos. Primero por su rareza: Benjamin era un marxista que también exploró la teología y el misticismo judíos; alguien que entendía a la perfección los ciclos económicos de producción y consumo y que por eso mismo, imprevisiblemente, estudió la labor simbólica del coleccionista; un romántico fuera de época que en su melancolía contempló con nostalgia la cansina desaparición del siglo XIX; un moderno que descubrió en Hamlet el inicio y la condensación de esa modernidad; un berlinés francófilo que como lector frecuentó con la misma curiosidad y placer a Brecht y a Proust, a Karl Kraus y a Mallarmé.

Excentricidad, en segundo lugar, por su vocación marginal. A diferencia de otros pensadores contemporáneos como Theodor W. Adorno, Benjamin siempre se mantuvo al margen, el rostro oculto entre los libros (como lo retrata Susan Sontag en Bajo el signo de Saturno), su actividad difuminada entre las bibliotecas. ¿Quién, en una época de industrialización irreversible, con muestras palpables de la tensión entre el hombre y la máquina, el obrero y los dueños de los medios de producción, prefiere ejemplificar la lucha de clases y las consecuencias del capitalismo en los pasajes de París y en el ocio inútil del flâneur que vagabundeaba frente a la vitrinas de la Ciudad Luz? Esa inclinación tan suya por las miniaturas, los sueños, el hachís, por todo aquello residual que intenta pasar desapercibido y que por esa misma condición es muy probable que condense los síntomas de una sociedad.

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Dentro del corpus benjaminiano, el Libro de los Pasajes ocupa un lugar primordial, a pesar de que sea una obra inacabada (o justamente por eso). Al menos desde 1927 y hasta 1940, Benjamin trabajó en un proyecto de ensayo que a partir de ejemplos reales comentaría la realidad vertiginosa del capitalismo, la apresurada obsolescencia de lo nuevo. ¿A qué realidad se remitía el filósofo? A la de “las obras arquitectónicas más propias del siglo XIX ―estaciones ferroviarias, pabellones de exposiciones, grandes almacenes―”, las modas en la vestimenta, los muebles domésticos, las colecciones, la novela detectivesca, la circulación de las mercancías, los géneros pictóricos nacidos de la irrupción de la burguesía en el mundo del arte (“las escenas históricas, la pintura de animales, las escenas de niños, las imágenes de la vida de los monjes, de la familia y de la aldea”), Baudelaire, los materiales preferidos en la construcción de ciertos edificios y un diverso y por momentos inabarcable etcétera que eventualmente contaría la historia de la modernidad decimonónica en un “cuento de hadas dialéctico”.

Salvo por el resumen París, capital del siglo XIX, publicado en 1935, Benjamin mantuvo este trabajo en forma de apuntes y materiales, esto es, comentarios, glosas, notas escritas al vuelo, aforismos espontáneos (en lo mejor de la tradición en lengua alemana del género, de Lichtenberg a Wittgenstein) y una acumulación increíble pero coherente de citas.

La obra, como se ve, era interminable por definición, y resulta difícil especular si incluso viviendo más, Benjamin la hubiera concluido de alguna manera. Si ahora podemos navegar en esas caóticas aguas, es gracias a la cuidadosa labor editorial de Rolf Tiedemann, quien publicó el libro con su forma actual en 1982 bajo el sello de Suhrkamp-Verlag.

Pero más allá de su valor teórico en la filosofía, las ciencias sociales, la teoría literaria y otras especialidades académicas, para el lector llano, el lector curioso y atento, el “desocupado” y común, ¿qué significado puede tener este Das Passagen-Werk? Entre otros, la reivindicación de lo incompleto y lo fragmentado dentro de la conformación de una obra, de la sugerencia y el esbozo como métodos de trabajo, la promesa de volver sobre el asunto como móvil intelectual.

Y quizá también, sobre todo, la proyección de una obra imposible como sostén de la vida misma.

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En años recientes, la obra de Walter Benjamin ha sido rescatada con evidente entusiasmo en distintos ámbitos intelectuales. Una seducción que podría explicarse por la excentricidad de su pensamiento.

Excentricidad en al menos dos sentidos. Primero por su rareza: Benjamin era un marxista que también exploró la teología y el misticismo judíos; alguien que entendía a la perfección los ciclos económicos de producción y consumo y que por eso mismo, imprevisiblemente, estudió la labor simbólica del coleccionista; un romántico fuera de época que en su melancolía contempló con nostalgia la cansina desaparición del siglo XIX; un moderno que descubrió en Hamlet el inicio y la condensación de esa modernidad; un berlinés francófilo que como lector frecuentó con la misma curiosidad y placer a Brecht y a Proust, a Karl Kraus y a Mallarmé.

Excentricidad, en segundo lugar, por su vocación marginal. A diferencia de otros pensadores contemporáneos como Theodor W. Adorno, Benjamin siempre se mantuvo al margen, el rostro oculto entre los libros (como lo retrata Susan Sontag en Bajo el signo de Saturno), su actividad difuminada entre las bibliotecas. ¿Quién, en una época de industrialización irreversible, con muestras palpables de la tensión entre el hombre y la máquina, el obrero y los dueños de los medios de producción, prefiere ejemplificar la lucha de clases y las consecuencias del capitalismo en los pasajes de París y en el ocio inútil del flâneur que vagabundeaba frente a la vitrinas de la Ciudad Luz? Esa inclinación tan suya por las miniaturas, los sueños, el hachís, por todo aquello residual que intenta pasar desapercibido y que por esa misma condición es muy probable que condense los síntomas de una sociedad.

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Dentro del corpus benjaminiano, el Libro de los Pasajes ocupa un lugar primordial, a pesar de que sea una obra inacabada (o justamente por eso). Al menos desde 1927 y hasta 1940, Benjamin trabajó en un proyecto de ensayo que a partir de ejemplos reales comentaría la realidad vertiginosa del capitalismo, la apresurada obsolescencia de lo nuevo. ¿A qué realidad se remitía el filósofo? A la de “las obras arquitectónicas más propias del siglo XIX ―estaciones ferroviarias, pabellones de exposiciones, grandes almacenes―”, las modas en la vestimenta, los muebles domésticos, las colecciones, la novela detectivesca, la circulación de las mercancías, los géneros pictóricos nacidos de la irrupción de la burguesía en el mundo del arte (“las escenas históricas, la pintura de animales, las escenas de niños, las imágenes de la vida de los monjes, de la familia y de la aldea”), Baudelaire, los materiales preferidos en la construcción de ciertos edificios y un diverso y por momentos inabarcable etcétera que eventualmente contaría la historia de la modernidad decimonónica en un “cuento de hadas dialéctico”.

Salvo por el resumen París, capital del siglo XIX, publicado en 1935, Benjamin mantuvo este trabajo en forma de apuntes y materiales, esto es, comentarios, glosas, notas escritas al vuelo, aforismos espontáneos (en lo mejor de la tradición en lengua alemana del género, de Lichtenberg a Wittgenstein) y una acumulación increíble pero coherente de citas.

La obra, como se ve, era interminable por definición, y resulta difícil especular si incluso viviendo más, Benjamin la hubiera concluido de alguna manera. Si ahora podemos navegar en esas caóticas aguas, es gracias a la cuidadosa labor editorial de Rolf Tiedemann, quien publicó el libro con su forma actual en 1982 bajo el sello de Suhrkamp-Verlag.

Pero más allá de su valor teórico en la filosofía, las ciencias sociales, la teoría literaria y otras especialidades académicas, para el lector llano, el lector curioso y atento, el “desocupado” y común, ¿qué significado puede tener este Das Passagen-Werk? Entre otros, la reivindicación de lo incompleto y lo fragmentado dentro de la conformación de una obra, de la sugerencia y el esbozo como métodos de trabajo, la promesa de volver sobre el asunto como móvil intelectual.

Y quizá también, sobre todo, la proyección de una obra imposible como sostén de la vida misma.

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