Hacer entrar la pintura en el ámbito de los problemas que le son propios y dejarla vivir según las leyes estrictamente pictóricas, tal es la finalidad del rayonismo.

Mijail Larionov

Al igual que el cubismo, al cual precedió, y junto con el futurismo italiano, el rayonismo fue un movimiento pictórico de carácter eminentemente conjetural.

Si bien el cubismo supuso una ruptura definitiva con la pintura tradicional, abriendo la brecha que auparía a las denominadas vanguardias históricas, el rayonismo no lograría incidir con la misma fuerza en el devenir de las artes del siglo XX. A pesar de ello, sus dos protagonistas, Mijail Larionov y Natalia Goncharova, pusieron todo su empeño en propulsar una nueva pintura que, en cierta medida, serviría de avanzada al arte abstracto.

Redactado por Larionov, el manifiesto rayonista es fundamental para valorar un momento histórico en el que arte y ciencia parecían aliarse. En efecto, el rayonismo se valió de los recientes descubrimientos científicos para fundamentar su moderna propuesta. Inspirado en la descomposición multifacética del espacio, propugnada por el cubismo y el dinamismo imposible de los cuadros futuristas, el rayonismo se propuso dar un paso más en la captación de la realidad.

El manifiesto Rayonista lo resumirá del siguiente modo:

Existen fenómenos cuya verdadera identidad sólo nos permite conocer la ciencia, aun cuando nuestros sentidos no nos permiten percibirlos de esa manera. Sin embargo, estamos convencidos de que son tal como nosotros los sentimos y no de otro modo.

De manera estrictamente oficial, el rayonismo parte de los postulados siguientes:

La irradiación debida a la luz reflejada (en el espacio entre los objetos, eso forma como un polvo cromático).

La teoría de la irradiación.

Los rayos radioactivos.

Los rayos ultravioletas.

La reflexión.

Larionov dejaba claro el carácter cientifista del nuevo movimiento. La ciencia demostró que el ojo humano no logra discernir ciertas longitudes de onda lumínica que sin embargo existen, por ejemplo los rayos ultravioletas. El espacio en torno a nosotros se reveló atravesado de fuerzas luminosas que, rebotando en los objetos, son traducidas por nuestro cerebro en un mundo físico palpable.

Ahora, no contemplando los objetos en sí mismos, sino la suma de los rayos que emanan, podemos construir el cuadro de tal manera que: La suma de los rayos de un objeto A es cruzada por la suma de los rayos de un objeto B, en el espacio que se encuentra entre ellos se constituye una forma que es definida por la voluntad del artista. […]

Es de esa manera como yo he pintado las primeras obras propiamente realistas.

Para Larionov y Goncharova, la realidad constitutiva y esencial de los objetos será la de los rayos lumínicos que rebotan en su superficie y que, captados por el sujeto consciente, dan lugar a las apariencias del mundo. El viejo problema filosófico del idealismo, en el que el objeto adquiere la consistencia dudosa de un fantasma, se traduce en el rayonismo en una afirmación plástica de la naturaleza real de dicho fantasma. Si el objeto es dudoso, los sentidos pueden engañarnos con respecto a él, pero en cambio la luz que emana de su superficie será cierta. Y esa luz, antes de su transmutación en el cerebro y tras su reflexión en el objeto, la que el rayonista deberá captar sobre la superficie de su tela. Toda la pintura anterior, en la que el objeto era representado conforme a la convicción compartida de su forma aparente, es acusada de ingenua falsedad

Larionov no se olvidó que ya Cézanne había andado previamente el mismo camino. A diferencia de sus contemporáneos los impresionistas, preocupados más por la fugacidad y efecto efímero de la luz, Cézanne emprendió la titánica tarea de representar no los objetos ni la luz derramada sobre ellos, sino el modo particular en el que eran percibidos por su retina. El mundo se rebelaba entonces como un misterio de formas geométricas y planas, como un entramado firmemente cohesionado que perdía toda ilusión de relieve.

Larionov llevó más lejos el atrevimiento de Cézanne; pero si bien este último arrancó sus conclusiones del infatigable trabajo frente a la naturaleza, siendo su revelación fruto de una auténtica e inexorable visión, Larionov basó su propuesta en la reflexión a priori, es decir, en la mera hipótesis.

Quizás fue esta naturaleza conjetural del movimiento, demasiado sujeto a teorías, la que condicionó su duración y posterior influencia. Las imágenes catódicas del rayonismo no eran más que imágenes de una imagen, es decir, representaciones de una suposición que, aunque confirmada por el experimento científico, no dejaba de ser tan espectral como esa figura convencional del objeto que pretendían evitar a toda costa. Los rayonistas habían hecho caso omiso de la máxima cezaniana: trabajar, y sólo después teorizar.

A pesar de sus deficiencias, el rayonismo abrió el camino para una real autonomía de la pintura, desligada definitivamente de la representación del objeto. Su propuesta fue tan arriesgada, vehemente y apasionada como la electrizante superficie de sus telas.

El rayonismo se propuso reducir la realidad a su pureza de luz reflejada, y quizás es por esto que sus cuadros se nos antojan hoy selvas imposibles, frondosidades esplendentes e impenetrables, imágenes de un mundo en el que el exceso de visión nos haría añorar la noche vulgar de los objetos en la que habitualmente vivimos.

Hacer entrar la pintura en el ámbito de los problemas que le son propios y dejarla vivir según las leyes estrictamente pictóricas, tal es la finalidad del rayonismo.

Mijail Larionov

Al igual que el cubismo, al cual precedió, y junto con el futurismo italiano, el rayonismo fue un movimiento pictórico de carácter eminentemente conjetural.

Si bien el cubismo supuso una ruptura definitiva con la pintura tradicional, abriendo la brecha que auparía a las denominadas vanguardias históricas, el rayonismo no lograría incidir con la misma fuerza en el devenir de las artes del siglo XX. A pesar de ello, sus dos protagonistas, Mijail Larionov y Natalia Goncharova, pusieron todo su empeño en propulsar una nueva pintura que, en cierta medida, serviría de avanzada al arte abstracto.

Redactado por Larionov, el manifiesto rayonista es fundamental para valorar un momento histórico en el que arte y ciencia parecían aliarse. En efecto, el rayonismo se valió de los recientes descubrimientos científicos para fundamentar su moderna propuesta. Inspirado en la descomposición multifacética del espacio, propugnada por el cubismo y el dinamismo imposible de los cuadros futuristas, el rayonismo se propuso dar un paso más en la captación de la realidad.

El manifiesto Rayonista lo resumirá del siguiente modo:

Existen fenómenos cuya verdadera identidad sólo nos permite conocer la ciencia, aun cuando nuestros sentidos no nos permiten percibirlos de esa manera. Sin embargo, estamos convencidos de que son tal como nosotros los sentimos y no de otro modo.

De manera estrictamente oficial, el rayonismo parte de los postulados siguientes:

La irradiación debida a la luz reflejada (en el espacio entre los objetos, eso forma como un polvo cromático).

La teoría de la irradiación.

Los rayos radioactivos.

Los rayos ultravioletas.

La reflexión.

Larionov dejaba claro el carácter cientifista del nuevo movimiento. La ciencia demostró que el ojo humano no logra discernir ciertas longitudes de onda lumínica que sin embargo existen, por ejemplo los rayos ultravioletas. El espacio en torno a nosotros se reveló atravesado de fuerzas luminosas que, rebotando en los objetos, son traducidas por nuestro cerebro en un mundo físico palpable.

Ahora, no contemplando los objetos en sí mismos, sino la suma de los rayos que emanan, podemos construir el cuadro de tal manera que: La suma de los rayos de un objeto A es cruzada por la suma de los rayos de un objeto B, en el espacio que se encuentra entre ellos se constituye una forma que es definida por la voluntad del artista. […]

Es de esa manera como yo he pintado las primeras obras propiamente realistas.

Para Larionov y Goncharova, la realidad constitutiva y esencial de los objetos será la de los rayos lumínicos que rebotan en su superficie y que, captados por el sujeto consciente, dan lugar a las apariencias del mundo. El viejo problema filosófico del idealismo, en el que el objeto adquiere la consistencia dudosa de un fantasma, se traduce en el rayonismo en una afirmación plástica de la naturaleza real de dicho fantasma. Si el objeto es dudoso, los sentidos pueden engañarnos con respecto a él, pero en cambio la luz que emana de su superficie será cierta. Y esa luz, antes de su transmutación en el cerebro y tras su reflexión en el objeto, la que el rayonista deberá captar sobre la superficie de su tela. Toda la pintura anterior, en la que el objeto era representado conforme a la convicción compartida de su forma aparente, es acusada de ingenua falsedad

Larionov no se olvidó que ya Cézanne había andado previamente el mismo camino. A diferencia de sus contemporáneos los impresionistas, preocupados más por la fugacidad y efecto efímero de la luz, Cézanne emprendió la titánica tarea de representar no los objetos ni la luz derramada sobre ellos, sino el modo particular en el que eran percibidos por su retina. El mundo se rebelaba entonces como un misterio de formas geométricas y planas, como un entramado firmemente cohesionado que perdía toda ilusión de relieve.

Larionov llevó más lejos el atrevimiento de Cézanne; pero si bien este último arrancó sus conclusiones del infatigable trabajo frente a la naturaleza, siendo su revelación fruto de una auténtica e inexorable visión, Larionov basó su propuesta en la reflexión a priori, es decir, en la mera hipótesis.

Quizás fue esta naturaleza conjetural del movimiento, demasiado sujeto a teorías, la que condicionó su duración y posterior influencia. Las imágenes catódicas del rayonismo no eran más que imágenes de una imagen, es decir, representaciones de una suposición que, aunque confirmada por el experimento científico, no dejaba de ser tan espectral como esa figura convencional del objeto que pretendían evitar a toda costa. Los rayonistas habían hecho caso omiso de la máxima cezaniana: trabajar, y sólo después teorizar.

A pesar de sus deficiencias, el rayonismo abrió el camino para una real autonomía de la pintura, desligada definitivamente de la representación del objeto. Su propuesta fue tan arriesgada, vehemente y apasionada como la electrizante superficie de sus telas.

El rayonismo se propuso reducir la realidad a su pureza de luz reflejada, y quizás es por esto que sus cuadros se nos antojan hoy selvas imposibles, frondosidades esplendentes e impenetrables, imágenes de un mundo en el que el exceso de visión nos haría añorar la noche vulgar de los objetos en la que habitualmente vivimos.

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