Existe la posibilidad de que, en un instante increíble de lucidez, en la India de los Vedas, se haya descubierto ya todo lo concerniente a la naturaleza del mundo y la realidad y que, en consecuencia, todo lo que se ha dicho después sea poco más que un comentario a la sabiduría contenida en esos textos sagrados. ¿Es esta una hipótesis extravagante?

En 1896, la actriz Sarah Bernhardt protagonizó una obra de teatro titulada Iziel, pieza dramática que, en palabras de uno de los asistentes, era una “lectura afrancesada de la vida de Buda”. Grosso modo, la pieza narraba la historia de una cortesana, Iziel, que intentaba seducir al Buda mientras éste meditaba al pie de la legendaria higuera donde alcanzó la iluminación. El Buda aprovecha los acercamientos de Iziel para predicar sobre la vanidad del mundo. La obra fue una de las tantas expresiones del interés de Occidente por las doctrinas orientales, y específicamente por el Vedanta, una de las seis escuelas de la filosofía hindú basada en los Vedas.

Al menos así fue como lo entendió Swami Vivekananda, quien una noche de febrero de ese año acudió a ver Iziel. Vivekananda era entonces ya un yogui reconocido por su conocimiento de los textos sagrados y, en especial, por ser el alumno predilecto de Sri Ramakrishna Paramahamsa, uno de los yoguis más notables del siglo XIX, un hombre que experimentó varios momentos de misticismo y a quien se le consideró una encarnación del Supremo Brahmán. En este contexto, Vivekananda fue un nexo decisivo entre su maestro y Occidente, pues aunque nacido y formado en Calcuta, su conocimiento de la cultura occidental fue vasto ya desde su juventud, así como su interés por la doctrina vedántica, una combinación que aunada al tutelaje de Ramakrishna, hizo de Vivekananda un difusor entusiasta de la sabiduría de los Vedas fuera de la India.

Sarah Bernhardt sabía todo esto, o al menos sabía quién era Swami Vivekananda, así que cuando lo vio entre el público de la obra aquella noche, de inmediato arregló las cosas para que al finalizar la representación pudiera encontrarse con él.

Todo parece muy casual, pero a veces pasa que las casualidades se suspenden en el universo y por un instante dejan de existir.

En ese encuentro posterior a la obra se encuentra también Nikola Tesla, que a sus 39 años ha inventado ya el motor de corriente alterna, desarrollado y patentado otras invenciones relacionadas con la electricidad y tiene poco de haber recibido el apoyo necesario para fundar la Nikola Tesla Company. Tesla se encuentra en un momento sumamente fértil de su vida, entusiasmado por su trabajo, pero sobre todo por los nuevos campos de investigación que sus logros han abierto.

Durante la velada, Vivekananda y Tesla se conocen, hablan y, para sorpresa de ambos (una agradable sorpresa), la conversación se decanta hacia temas que interesan tanto a uno como a otro. A Vivekananda porque es la sustancia misma de su vida y a Tesla porque es como si encontrara inesperadamente inspiración o confirmación de ideas que apenas intuye.

Entre otras cosas, Vivekananda discutió con Tesla las nociones de prâna, âkâsha y kalpas, tres conceptos elementales de la doctrina vedántica que, respectivamente, pueden entenderse como la energía vital, el éter y la idea de eón. En ese sentido, prâna sería una unidad de energía, âkâsha de materia y kalpas de tiempo. Según Vivekananda, esa noche Tesla aseguró que dichas ideas de amplia tradición en el hinduismo podían encontrar eco en la ciencia occidental moderna y, por otro lado, que él se consideraba capaz de demostrar matemáticamente que la fuerza y la material podían expresarse en términos de energía –una noción, a su vez, sumamente cercana al pensamiento religioso hindú.

“Si es ese el caso”, escribió Swami Vivekananda en una carta donde reseñó el encuentro, “la cosmología vendántica se fundamenta en los cimientos más firmes”.

 

1-22-1
Ese fue también el inicio de la amistad entre el yogui y el inventor. Ambos encontraron a un interlocutor que, desde su propio lugar, tenía sin embargo cierta posibilidad de cercanía hacia el otro. Tesla continuó interesándose en la doctrina de los Vedas y, años después, no dudó en utilizar algunos de sus términos (precisamente las idea de prâna y âkâsha) para describir los fenómenos físicos que investigó.

“Si quieres entender el Universo piensa en términos de energía, frecuencia y vibración”, escribió el inventor, pero cabría preguntarse si en el momento de darse cuenta de esa máxima universal no estaría experimentando más bien el arrebato de un yogui, o un místico.

También en Faena Aleph: Esta era la dieta y rutina de ejercicio de Nikola Tesla

 

 

 

Imágenes: 1) Dominio Público 2) Dominio Público 3) Dominio Público

Existe la posibilidad de que, en un instante increíble de lucidez, en la India de los Vedas, se haya descubierto ya todo lo concerniente a la naturaleza del mundo y la realidad y que, en consecuencia, todo lo que se ha dicho después sea poco más que un comentario a la sabiduría contenida en esos textos sagrados. ¿Es esta una hipótesis extravagante?

En 1896, la actriz Sarah Bernhardt protagonizó una obra de teatro titulada Iziel, pieza dramática que, en palabras de uno de los asistentes, era una “lectura afrancesada de la vida de Buda”. Grosso modo, la pieza narraba la historia de una cortesana, Iziel, que intentaba seducir al Buda mientras éste meditaba al pie de la legendaria higuera donde alcanzó la iluminación. El Buda aprovecha los acercamientos de Iziel para predicar sobre la vanidad del mundo. La obra fue una de las tantas expresiones del interés de Occidente por las doctrinas orientales, y específicamente por el Vedanta, una de las seis escuelas de la filosofía hindú basada en los Vedas.

Al menos así fue como lo entendió Swami Vivekananda, quien una noche de febrero de ese año acudió a ver Iziel. Vivekananda era entonces ya un yogui reconocido por su conocimiento de los textos sagrados y, en especial, por ser el alumno predilecto de Sri Ramakrishna Paramahamsa, uno de los yoguis más notables del siglo XIX, un hombre que experimentó varios momentos de misticismo y a quien se le consideró una encarnación del Supremo Brahmán. En este contexto, Vivekananda fue un nexo decisivo entre su maestro y Occidente, pues aunque nacido y formado en Calcuta, su conocimiento de la cultura occidental fue vasto ya desde su juventud, así como su interés por la doctrina vedántica, una combinación que aunada al tutelaje de Ramakrishna, hizo de Vivekananda un difusor entusiasta de la sabiduría de los Vedas fuera de la India.

Sarah Bernhardt sabía todo esto, o al menos sabía quién era Swami Vivekananda, así que cuando lo vio entre el público de la obra aquella noche, de inmediato arregló las cosas para que al finalizar la representación pudiera encontrarse con él.

Todo parece muy casual, pero a veces pasa que las casualidades se suspenden en el universo y por un instante dejan de existir.

En ese encuentro posterior a la obra se encuentra también Nikola Tesla, que a sus 39 años ha inventado ya el motor de corriente alterna, desarrollado y patentado otras invenciones relacionadas con la electricidad y tiene poco de haber recibido el apoyo necesario para fundar la Nikola Tesla Company. Tesla se encuentra en un momento sumamente fértil de su vida, entusiasmado por su trabajo, pero sobre todo por los nuevos campos de investigación que sus logros han abierto.

Durante la velada, Vivekananda y Tesla se conocen, hablan y, para sorpresa de ambos (una agradable sorpresa), la conversación se decanta hacia temas que interesan tanto a uno como a otro. A Vivekananda porque es la sustancia misma de su vida y a Tesla porque es como si encontrara inesperadamente inspiración o confirmación de ideas que apenas intuye.

Entre otras cosas, Vivekananda discutió con Tesla las nociones de prâna, âkâsha y kalpas, tres conceptos elementales de la doctrina vedántica que, respectivamente, pueden entenderse como la energía vital, el éter y la idea de eón. En ese sentido, prâna sería una unidad de energía, âkâsha de materia y kalpas de tiempo. Según Vivekananda, esa noche Tesla aseguró que dichas ideas de amplia tradición en el hinduismo podían encontrar eco en la ciencia occidental moderna y, por otro lado, que él se consideraba capaz de demostrar matemáticamente que la fuerza y la material podían expresarse en términos de energía –una noción, a su vez, sumamente cercana al pensamiento religioso hindú.

“Si es ese el caso”, escribió Swami Vivekananda en una carta donde reseñó el encuentro, “la cosmología vendántica se fundamenta en los cimientos más firmes”.

 

1-22-1
Ese fue también el inicio de la amistad entre el yogui y el inventor. Ambos encontraron a un interlocutor que, desde su propio lugar, tenía sin embargo cierta posibilidad de cercanía hacia el otro. Tesla continuó interesándose en la doctrina de los Vedas y, años después, no dudó en utilizar algunos de sus términos (precisamente las idea de prâna y âkâsha) para describir los fenómenos físicos que investigó.

“Si quieres entender el Universo piensa en términos de energía, frecuencia y vibración”, escribió el inventor, pero cabría preguntarse si en el momento de darse cuenta de esa máxima universal no estaría experimentando más bien el arrebato de un yogui, o un místico.

También en Faena Aleph: Esta era la dieta y rutina de ejercicio de Nikola Tesla

 

 

 

Imágenes: 1) Dominio Público 2) Dominio Público 3) Dominio Público