Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.

John Keats

 

Sin agua, la ecuación de la vida, al menos como la conocemos, habría sido imposible. Según una hipótesis creciente, el agua, incluida la que pronto beberás en un vaso, es más antigua que el sol y la luna; y sabemos con certeza que el 70% del planeta es agua, lo mismo que más de la mitad de nuestro cuerpo. Sin embargo, ni siquiera estos datos son suficientes para dimensionar la importancia de este elemento en nuestra realidad.

En 1929, uno de los pioneros del cine y la fotografía, el estadounidense Ralph Steiner (1899-1986), inauguró su carrera cinematográfica con una oda al agua, H2O (1929). La eterna vigencia de su protagonista, su temprana creación y la franqueza experimental de su narrativa, hacen de este corto algo cercano a una reliquia. Pero sobre todo se trata de una invitación perenne a establecer una comunión con el agua y así, sumarnos a su flujo primario.

Llama la atención que hace casi un siglo ya se dedicaban “cinepoemas meditativos” al agua (así como innumerables ejercicios artísticos), y hasta la fecha no hemos logrado armonizar nuestra relación con ella, valorarla y respetarla. Resulta particularmente curioso en la actualidad, cuando nos encontramos inmersos en una crisis climática, quizá provocada por la forma patológica, o en el mejor de los casos insostenible, que tenemos de relacionarnos con la naturaleza y sus recursos.

Esta versión de la pieza de Steiner está musicalizada por el compositor William Pearson, quien fue comisionado por Aeon para acompañar la líquida meditación que induce H2O.

 

 

 

Imagen: Dominio público

Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua.

John Keats

 

Sin agua, la ecuación de la vida, al menos como la conocemos, habría sido imposible. Según una hipótesis creciente, el agua, incluida la que pronto beberás en un vaso, es más antigua que el sol y la luna; y sabemos con certeza que el 70% del planeta es agua, lo mismo que más de la mitad de nuestro cuerpo. Sin embargo, ni siquiera estos datos son suficientes para dimensionar la importancia de este elemento en nuestra realidad.

En 1929, uno de los pioneros del cine y la fotografía, el estadounidense Ralph Steiner (1899-1986), inauguró su carrera cinematográfica con una oda al agua, H2O (1929). La eterna vigencia de su protagonista, su temprana creación y la franqueza experimental de su narrativa, hacen de este corto algo cercano a una reliquia. Pero sobre todo se trata de una invitación perenne a establecer una comunión con el agua y así, sumarnos a su flujo primario.

Llama la atención que hace casi un siglo ya se dedicaban “cinepoemas meditativos” al agua (así como innumerables ejercicios artísticos), y hasta la fecha no hemos logrado armonizar nuestra relación con ella, valorarla y respetarla. Resulta particularmente curioso en la actualidad, cuando nos encontramos inmersos en una crisis climática, quizá provocada por la forma patológica, o en el mejor de los casos insostenible, que tenemos de relacionarnos con la naturaleza y sus recursos.

Esta versión de la pieza de Steiner está musicalizada por el compositor William Pearson, quien fue comisionado por Aeon para acompañar la líquida meditación que induce H2O.

 

 

 

Imagen: Dominio público