La “luz seca” del consejo amistoso que caracterizó a los Ensayos completos de Francis Bacon, que también nos legó el maravilloso ensayo “De la belleza” , brilla con especial potencia en su texto “De la amistad”. Aquí no profundiza en la naturaleza de la amistad, ni en su carga moral (como lo hicieron varios filósofos y ensayistas como Montaigne, Kant o Emerson) sino que procede inmediatamente a su utilidad, a los “frutos” que proporciona al ser humano. Aquel que no tiene amigos “canibaliza su propio corazón” a riesgo de volverse loco, decía el escritor.

Sus consejos son astutos y prácticos. Bacon es probablemente el primero en concebir una necesidad de amistad amoral, es decir, que no sea consecuencia de la bondad, natural o adquirida, de una persona. “Las emociones de los seres humanos”, dice Bacon, “son como fluidos bajo presión que necesitan ser descargados: esta descarga tiene lugar sólo a través del canal de la amistad”.

Este es el tipo de ensayo que sirve a un propósito fundamental en la actividad de la lectura: promover la reflexión no hipócrita, no demasiado elevada y sobre todo no moral acerca de la importancia de relacionarse con el otro, y partir de allí agradecer los “frutos” que de ello surgen. En el ensayo hay pasajes realmente persuasivos, por ejemplo cuando explica tersamente por qué una amistad puede contribuir al carácter de maneras que la autoexaminación o la lectura de un buen libro no pueden. Quizás, como apunta Michael Pakaluk en su introducción, la sugerencia más notable de Bacon en este tratado es que el autoconocimiento involucra la clarificación de nuestros pensamientos, lo cual depende necesariamente de comunicarlos al otro. Y para eso está –no la familia, no los colegas– el amigo. Los siguientes son dos fragmentos que consideramos magníficos:

Uno de los frutos principales de la amistad es el alivio y la descarga de inflamaciones y saturaciones del corazón, las cuales son causadas e inducidas por toda clase de pasiones. Sabemos que enfermedades por paros o sofocaciones son las más peligrosas en el cuerpo; esto no es muy distinto en la mente: puedes tomar zarza para abrir el hígado, acero para abrir la tristeza, flores o sulfuro para los pulmones, castóreo para el cerebro; pero ninguna receta abrirá el corazón excepto un verdadero amigo, al cual le puedes impartir tus penas, alegrías, miedos, sospechas, consejos, y lo que sea que pueda oprimir el corazón, en una suerte de consideración cívica o confesión.

El segundo fruto de la amistad es sano y soberano para el entendimiento así como el primero lo es para los afectos. Porque la amistad hace de tormentas y tempestades un lindo día en los afectos. Pero de la oscuridad y confusión de pensamientos hace la luz del día. Nada de esto debe ser comprendido sólo por el fiel consejo que un hombre recibe de un amigo. Mas antes de llegar a eso, se sabe que a quienquiera que haya tenido la mente repleta de pensamientos se le aclarará el juicio y el entendimiento al comunicarse y platicar con alguien más: lanzará sus ideas más fácilmente, las conducirá más ordenadamente, verá cómo se ven cuando se convierten en palabras. Finalmente, se expresará mejor que sí mismo, y un poco más con el discurso de 1 hora y la meditación de 1 día.

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Imagen: Alessandro Pinto

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La “luz seca” del consejo amistoso que caracterizó a los Ensayos completos de Francis Bacon, que también nos legó el maravilloso ensayo “De la belleza” , brilla con especial potencia en su texto “De la amistad”. Aquí no profundiza en la naturaleza de la amistad, ni en su carga moral (como lo hicieron varios filósofos y ensayistas como Montaigne, Kant o Emerson) sino que procede inmediatamente a su utilidad, a los “frutos” que proporciona al ser humano. Aquel que no tiene amigos “canibaliza su propio corazón” a riesgo de volverse loco, decía el escritor.

Sus consejos son astutos y prácticos. Bacon es probablemente el primero en concebir una necesidad de amistad amoral, es decir, que no sea consecuencia de la bondad, natural o adquirida, de una persona. “Las emociones de los seres humanos”, dice Bacon, “son como fluidos bajo presión que necesitan ser descargados: esta descarga tiene lugar sólo a través del canal de la amistad”.

Este es el tipo de ensayo que sirve a un propósito fundamental en la actividad de la lectura: promover la reflexión no hipócrita, no demasiado elevada y sobre todo no moral acerca de la importancia de relacionarse con el otro, y partir de allí agradecer los “frutos” que de ello surgen. En el ensayo hay pasajes realmente persuasivos, por ejemplo cuando explica tersamente por qué una amistad puede contribuir al carácter de maneras que la autoexaminación o la lectura de un buen libro no pueden. Quizás, como apunta Michael Pakaluk en su introducción, la sugerencia más notable de Bacon en este tratado es que el autoconocimiento involucra la clarificación de nuestros pensamientos, lo cual depende necesariamente de comunicarlos al otro. Y para eso está –no la familia, no los colegas– el amigo. Los siguientes son dos fragmentos que consideramos magníficos:

Uno de los frutos principales de la amistad es el alivio y la descarga de inflamaciones y saturaciones del corazón, las cuales son causadas e inducidas por toda clase de pasiones. Sabemos que enfermedades por paros o sofocaciones son las más peligrosas en el cuerpo; esto no es muy distinto en la mente: puedes tomar zarza para abrir el hígado, acero para abrir la tristeza, flores o sulfuro para los pulmones, castóreo para el cerebro; pero ninguna receta abrirá el corazón excepto un verdadero amigo, al cual le puedes impartir tus penas, alegrías, miedos, sospechas, consejos, y lo que sea que pueda oprimir el corazón, en una suerte de consideración cívica o confesión.

El segundo fruto de la amistad es sano y soberano para el entendimiento así como el primero lo es para los afectos. Porque la amistad hace de tormentas y tempestades un lindo día en los afectos. Pero de la oscuridad y confusión de pensamientos hace la luz del día. Nada de esto debe ser comprendido sólo por el fiel consejo que un hombre recibe de un amigo. Mas antes de llegar a eso, se sabe que a quienquiera que haya tenido la mente repleta de pensamientos se le aclarará el juicio y el entendimiento al comunicarse y platicar con alguien más: lanzará sus ideas más fácilmente, las conducirá más ordenadamente, verá cómo se ven cuando se convierten en palabras. Finalmente, se expresará mejor que sí mismo, y un poco más con el discurso de 1 hora y la meditación de 1 día.

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Imagen: Alessandro Pinto

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