Mrs. Dalloway caminaba por las calles de Londres guiada por una “marea interna” que le hacía parar en un lugar, meterse a una tienda, dar vuelta en la esquina y seguir su camino a la deriva. La dérive, o deriva, fue definida por los situacionistas como la “técnica de locomoción sin una meta”, en la que “una o más personas, durante un cierto periodo, dejan sus motivos usuales de movimiento y acción, sus relaciones, su trabajo y sus actividades de ocio y se dejan llevar por las atracciones del terreno y los encuentros que acontecen ahí”. En otras palabras, la dérive es un viaje no planeado en el cual los contornos estéticos de la arquitectura y geografía dirigen inconscientemente a los viajeros a encontrar una experiencia enteramente nueva y auténtica. Mrs. Dalloway supo bien lo que hacía.

“Ir a la deriva era notar la manera en que ciertas áreas, calles o edificios resonaban con estados mentales, inclinaciones y deseos, y buscar razones distintas para moverse, distintas de aquellas para las que un ambiente fue diseñado”, escribió Sadie Plant en The Most Radical Gesture.

Este deambular fue parte esencial de la psicogeografía antes de que, en la década de 1950, fuera denominada así. Cuando el término se inventó reunía ya todo un torrente de mareas físicas, corporales, descritas mil veces en la literatura y en los diarios íntimos. Pero si la psicogeografía es algo, es práctica. No es un campo de estudios que pueda ser investigado a la distancia y en la frialdad de la palabra impresa. Ese adjetivo tan encantadoramente vago que es psicogeográfico puede ser aplicado a la influencia de las ciudades en los seres humanos y, más generalmente, a cualquier situación o conducta que parezca reflejar un espíritu de descubrimiento dentro de los trazos de lo ya conocido. Pero es necesario experimentarlo, y en ello reside su espíritu.

“Despliega un mapa… coloca un vidrio, rodea un área en cualquier lugar del mapa y dibuja los contornos. Levanta el mapa, sal a la ciudad y camina ese círculo, manteniéndote tan cerca como puedas de la curva. Registra la experiencia mientras lo haces, en cualquier medio que prefieras”, sugiere Robert MacFarlane en su Psicogeografía: una guía para principiantes.

En una legendaria conferencia que albergó el Victoria and Albert Museum en Londres, Iain Sinclair, padrino de la psicogeografía moderna, habló de los métodos de los primeros practicantes de este fenómeno. Como invocando fantasmas, mencionó a De Quincey, a Baudelaire, a Mallarmé y a J. G. Ballard, y les reconoció haber sido los padres de sus larguísimas caminatas en ciudades como Nueva York o Londres, donde emprendió las exploraciones que quedarían registradas en sus libros.

Personas como él, como Will Self o Rebecca Solnit, han dejado testimonio de la eternamente elegante práctica de caminar por ciudades y suburbios, traducida en un acto subversivo en el que se convocan espectros y se hacen conexiones que dejan atrás a las masas apresuradas. 

Practicar la psicogeografía es atacar la convención de recorrer una urbe guiado por lo pintoresco, por aquellas calles o monumentos diseñados para el “paseo”; es destruir la manera en que debemos vivir en una ciudad, la manera en que debemos percibirla y la manera en que debe significar para nosotros. Es una búsqueda emocional en un mapa urbano que rastrea los efectos específicos de ciertas esquinas, arterias, pasajes y luces, y convierte al cuerpo en un sensible recolector de datos. 

Mrs. Dalloway caminaba por las calles de Londres guiada por una “marea interna” que le hacía parar en un lugar, meterse a una tienda, dar vuelta en la esquina y seguir su camino a la deriva. La dérive, o deriva, fue definida por los situacionistas como la “técnica de locomoción sin una meta”, en la que “una o más personas, durante un cierto periodo, dejan sus motivos usuales de movimiento y acción, sus relaciones, su trabajo y sus actividades de ocio y se dejan llevar por las atracciones del terreno y los encuentros que acontecen ahí”. En otras palabras, la dérive es un viaje no planeado en el cual los contornos estéticos de la arquitectura y geografía dirigen inconscientemente a los viajeros a encontrar una experiencia enteramente nueva y auténtica. Mrs. Dalloway supo bien lo que hacía.

“Ir a la deriva era notar la manera en que ciertas áreas, calles o edificios resonaban con estados mentales, inclinaciones y deseos, y buscar razones distintas para moverse, distintas de aquellas para las que un ambiente fue diseñado”, escribió Sadie Plant en The Most Radical Gesture.

Este deambular fue parte esencial de la psicogeografía antes de que, en la década de 1950, fuera denominada así. Cuando el término se inventó reunía ya todo un torrente de mareas físicas, corporales, descritas mil veces en la literatura y en los diarios íntimos. Pero si la psicogeografía es algo, es práctica. No es un campo de estudios que pueda ser investigado a la distancia y en la frialdad de la palabra impresa. Ese adjetivo tan encantadoramente vago que es psicogeográfico puede ser aplicado a la influencia de las ciudades en los seres humanos y, más generalmente, a cualquier situación o conducta que parezca reflejar un espíritu de descubrimiento dentro de los trazos de lo ya conocido. Pero es necesario experimentarlo, y en ello reside su espíritu.

“Despliega un mapa… coloca un vidrio, rodea un área en cualquier lugar del mapa y dibuja los contornos. Levanta el mapa, sal a la ciudad y camina ese círculo, manteniéndote tan cerca como puedas de la curva. Registra la experiencia mientras lo haces, en cualquier medio que prefieras”, sugiere Robert MacFarlane en su Psicogeografía: una guía para principiantes.

En una legendaria conferencia que albergó el Victoria and Albert Museum en Londres, Iain Sinclair, padrino de la psicogeografía moderna, habló de los métodos de los primeros practicantes de este fenómeno. Como invocando fantasmas, mencionó a De Quincey, a Baudelaire, a Mallarmé y a J. G. Ballard, y les reconoció haber sido los padres de sus larguísimas caminatas en ciudades como Nueva York o Londres, donde emprendió las exploraciones que quedarían registradas en sus libros.

Personas como él, como Will Self o Rebecca Solnit, han dejado testimonio de la eternamente elegante práctica de caminar por ciudades y suburbios, traducida en un acto subversivo en el que se convocan espectros y se hacen conexiones que dejan atrás a las masas apresuradas. 

Practicar la psicogeografía es atacar la convención de recorrer una urbe guiado por lo pintoresco, por aquellas calles o monumentos diseñados para el “paseo”; es destruir la manera en que debemos vivir en una ciudad, la manera en que debemos percibirla y la manera en que debe significar para nosotros. Es una búsqueda emocional en un mapa urbano que rastrea los efectos específicos de ciertas esquinas, arterias, pasajes y luces, y convierte al cuerpo en un sensible recolector de datos. 

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