Si se atiende a la historia de la fotografía, se encontrará en ésta la creencia aceptada de que, en efecto, no podría haber herramienta más fiel a la verdad que la captura de imágenes de la realidad. Dentro de esta interpretación se dejan de lado dos de los elementos que componen toda fotografía: la subjetividad del fotógrafo –junto con su interpretación de la realidad– y el medio a través de la cual se realiza –que, literalmente, media entre esa realidad “original” y lo que se documenta.

Tomando en cuenta estos dos elementos, y contrario a lo que se ha asumido desde el nacimiento de ésta, Fontcuberta postula que “toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera”, es un acto en el que la calidad del fotógrafo se mide en relación a qué tan buena es su mentira.

Es claro que nos encontramos ante un pensador que se incomoda con los parámetros establecidos dentro de la disciplina que tanto disfruta y que, por ende, cuestiona. Adopta una actitud escéptica –no fanática, no de “creencias”­– que le permite la distancia crítica necesaria para comprender que no existe nada ni remotamente cercano a la representación exacta de la realidad. Al mismo tiempo esta distancia lo hace valorar el trabajo artístico de la creación de mundos posibles que palpita en la fotografía.

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Para probarlo, basta mirar el sitio de Fontcuberta, en el que se encuentran reunidos sus proyectos. Fácilmente se comprueda que más de la mitad de éstos tienen como objetivo retratar entes inexistentes. En Herbarium, Fontcuberta crea su propio mundo floral, en el que intenta mostrar “la agonía de la naturaleza natural”. Gracias a una técnica impecable de fotografía, retrata flores inexistentes en la vida real, con nombres exóticos como “Brahoypoda frustrata” y “Lavandula angustifolia”.

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Al mismo tiempo que pone de manifiesto la imposibilidad de clasificar todas las especies vegetales del planeta, Herbarium confronta al espectador al aniquilar la condición de la fotografía como prueba, como instrumento para la observación científica y como muestra de realismo documental.

Al respecto explica:

La fotografía ya no documenta sino que metadocumenta. Usar la cámara implica una reflexión sobre el proceso de producción de documentos y sobre sus implicaciones ideológicas. Las imágenes de Herbarium, por ejemplo, consituyen referencias no a los objetos sino a las relaciones tácitas entre las imágenes y los objetos, entre espejismos y vestigios. Tal vez en eso se ha convertido la razón de ser última de las imágenes técnicas: pantallas que se interponen entre el hombre y el mundo, y que terminan por eclipsarlos a los dos. Desmantelar esta situación alucinatoria nos confronta con la posibilidad de volver a interactuar directamente con el mundo, volver a asignar sentido a las cosas, recuperar la aventura y la curiosidad.

Aquí nos presenta la fotografía como una apariencia de la realidad, como un espacio lúdico y lleno de posibilidades, capaz de sobrepasar los límites de la realidad. En esta cualidad que subvierte podemos encontrar la faceta pecadora que, según Fontcuberta, todo fotógrafo debe asumir o, de no hacerlo, le recomienda mejor “abrazar otra religión”.

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Si se atiende a la historia de la fotografía, se encontrará en ésta la creencia aceptada de que, en efecto, no podría haber herramienta más fiel a la verdad que la captura de imágenes de la realidad. Dentro de esta interpretación se dejan de lado dos de los elementos que componen toda fotografía: la subjetividad del fotógrafo –junto con su interpretación de la realidad– y el medio a través de la cual se realiza –que, literalmente, media entre esa realidad “original” y lo que se documenta.

Tomando en cuenta estos dos elementos, y contrario a lo que se ha asumido desde el nacimiento de ésta, Fontcuberta postula que “toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera”, es un acto en el que la calidad del fotógrafo se mide en relación a qué tan buena es su mentira.

Es claro que nos encontramos ante un pensador que se incomoda con los parámetros establecidos dentro de la disciplina que tanto disfruta y que, por ende, cuestiona. Adopta una actitud escéptica –no fanática, no de “creencias”­– que le permite la distancia crítica necesaria para comprender que no existe nada ni remotamente cercano a la representación exacta de la realidad. Al mismo tiempo esta distancia lo hace valorar el trabajo artístico de la creación de mundos posibles que palpita en la fotografía.

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Para probarlo, basta mirar el sitio de Fontcuberta, en el que se encuentran reunidos sus proyectos. Fácilmente se comprueda que más de la mitad de éstos tienen como objetivo retratar entes inexistentes. En Herbarium, Fontcuberta crea su propio mundo floral, en el que intenta mostrar “la agonía de la naturaleza natural”. Gracias a una técnica impecable de fotografía, retrata flores inexistentes en la vida real, con nombres exóticos como “Brahoypoda frustrata” y “Lavandula angustifolia”.

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Al mismo tiempo que pone de manifiesto la imposibilidad de clasificar todas las especies vegetales del planeta, Herbarium confronta al espectador al aniquilar la condición de la fotografía como prueba, como instrumento para la observación científica y como muestra de realismo documental.

Al respecto explica:

La fotografía ya no documenta sino que metadocumenta. Usar la cámara implica una reflexión sobre el proceso de producción de documentos y sobre sus implicaciones ideológicas. Las imágenes de Herbarium, por ejemplo, consituyen referencias no a los objetos sino a las relaciones tácitas entre las imágenes y los objetos, entre espejismos y vestigios. Tal vez en eso se ha convertido la razón de ser última de las imágenes técnicas: pantallas que se interponen entre el hombre y el mundo, y que terminan por eclipsarlos a los dos. Desmantelar esta situación alucinatoria nos confronta con la posibilidad de volver a interactuar directamente con el mundo, volver a asignar sentido a las cosas, recuperar la aventura y la curiosidad.

Aquí nos presenta la fotografía como una apariencia de la realidad, como un espacio lúdico y lleno de posibilidades, capaz de sobrepasar los límites de la realidad. En esta cualidad que subvierte podemos encontrar la faceta pecadora que, según Fontcuberta, todo fotógrafo debe asumir o, de no hacerlo, le recomienda mejor “abrazar otra religión”.

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