“El amaba sin duda el sol que por la colina bajaba purpúreo,/ los caminos del bosque, el negro pájaro cantor/ y el verdor alegre del follaje. Así lo describió el malogrado poeta George Trakl en su conocido poema Canción de Kaspar Hauser. También habría que recordar cómo lo retrató Werner Herzog en su adaptación cinematográfica de la leyenda, El enigma de Kaspar Hauser (1974). Pero más allá de las especulaciones, poco sabemos de este misterioso personaje que apareció un día incierto de 1828 en la ciudad de Núremberg, Alemania, con una carta en la mano que llevaba su nombre. Por su estado mental, pronto se dedujo que el adolescente había sido mantenido largo tiempo en cautiverio. No sabía hablar, leer, y mucho menos escribir. Esto atrajo la atención de teólogos y científicos de la época, que creían encontrar en el joven Kaspar el modelo ideal de niño salvaje, personas también conocidas como niños ferales.

Kaspar Hauser, por lo que se pudo deducir de la limitada comunicación establecida con él una vez aprendió los rudimentos del lenguaje, había permanecido durante años encadenado y sin contacto con el mundo exterior. Cuando apareció en Núremberg, su desarrollo cognitivo era el de un bebé. Los intentos por enseñarle a hablar, escribir y leer tuvieron como resultado sorprendentes hallazgos. El enigmático joven era capaz de sorprenderse por los más ínfimos acontecimientos de la naturaleza y su virginidad lógica hacía que pudiera poner en cuestión algunos de los dogmas más inamovibles de la época.

kasparhauser1

Quizás porque Hauser era, en términos estrictos, un recién nacido, su asombro frente al mundo era ilimitado, lo que incrementó el interés de los curiosos que se amontonaban a su alrededor. Imaginémonos por un momento salir por primera vez al mundo exterior, y pensemos en lo valioso que nos parecería entonces todo aquello que normalmente soslayamos. Las mentes más racionales de Alemania no podían comprender la estupefacción que embargaba al misterioso joven cuando veía un pequeño reflejo en el agua. Su mentor, el jurista Anselm Von Feuerbach, contó que una vez, frente a un cielo estrellado, Kaspar Hauser se estremeció por su belleza. Comprendía, quizás por primera vez, que los que lo habían mantenido encerrado por tanto tiempo no eran en modo alguno sus benefactores.

El llamado “huérfano de Europa” desapareció de las frías calles de Núremberg del mismo modo en que apareció: envuelto en el misterio. Fue asesinado brutalmente el 14 de diciembre de 1833. El poema de Trakl revive en uno de sus últimos versos el trágico acontecimiento: “vio que caía la nieve en la rama desnuda/ y la sombra del asesino en la penumbra del zaguán./ Entonces rodó la cabeza plateada del no nacido aún.”

Imágenes: 1) Dominio púbico 2) Dominio público

“El amaba sin duda el sol que por la colina bajaba purpúreo,/ los caminos del bosque, el negro pájaro cantor/ y el verdor alegre del follaje. Así lo describió el malogrado poeta George Trakl en su conocido poema Canción de Kaspar Hauser. También habría que recordar cómo lo retrató Werner Herzog en su adaptación cinematográfica de la leyenda, El enigma de Kaspar Hauser (1974). Pero más allá de las especulaciones, poco sabemos de este misterioso personaje que apareció un día incierto de 1828 en la ciudad de Núremberg, Alemania, con una carta en la mano que llevaba su nombre. Por su estado mental, pronto se dedujo que el adolescente había sido mantenido largo tiempo en cautiverio. No sabía hablar, leer, y mucho menos escribir. Esto atrajo la atención de teólogos y científicos de la época, que creían encontrar en el joven Kaspar el modelo ideal de niño salvaje, personas también conocidas como niños ferales.

Kaspar Hauser, por lo que se pudo deducir de la limitada comunicación establecida con él una vez aprendió los rudimentos del lenguaje, había permanecido durante años encadenado y sin contacto con el mundo exterior. Cuando apareció en Núremberg, su desarrollo cognitivo era el de un bebé. Los intentos por enseñarle a hablar, escribir y leer tuvieron como resultado sorprendentes hallazgos. El enigmático joven era capaz de sorprenderse por los más ínfimos acontecimientos de la naturaleza y su virginidad lógica hacía que pudiera poner en cuestión algunos de los dogmas más inamovibles de la época.

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Quizás porque Hauser era, en términos estrictos, un recién nacido, su asombro frente al mundo era ilimitado, lo que incrementó el interés de los curiosos que se amontonaban a su alrededor. Imaginémonos por un momento salir por primera vez al mundo exterior, y pensemos en lo valioso que nos parecería entonces todo aquello que normalmente soslayamos. Las mentes más racionales de Alemania no podían comprender la estupefacción que embargaba al misterioso joven cuando veía un pequeño reflejo en el agua. Su mentor, el jurista Anselm Von Feuerbach, contó que una vez, frente a un cielo estrellado, Kaspar Hauser se estremeció por su belleza. Comprendía, quizás por primera vez, que los que lo habían mantenido encerrado por tanto tiempo no eran en modo alguno sus benefactores.

El llamado “huérfano de Europa” desapareció de las frías calles de Núremberg del mismo modo en que apareció: envuelto en el misterio. Fue asesinado brutalmente el 14 de diciembre de 1833. El poema de Trakl revive en uno de sus últimos versos el trágico acontecimiento: “vio que caía la nieve en la rama desnuda/ y la sombra del asesino en la penumbra del zaguán./ Entonces rodó la cabeza plateada del no nacido aún.”

Imágenes: 1) Dominio púbico 2) Dominio público