El koan es una importante herramienta del budismo zen que generalmente se imparte a través de una historia, un diálogo, una parábola o una pregunta con el fin de generar una duda ontológica que precipite el progreso del estudiante hacía una especie de epifanía.

En la cultura occidental existe la percepción de los koan como acertijos herméticos que no tienen un sentido claro y acaso sólo funcionan como estimulantes retóricos. Sin embargo, en Oriente algunas escuelas consideran que deben de ser respondidos con una precisión inmaculada, y algunos monjes podrían pasar años meditando fijamente en un koan hasta no encontrar la respuesta. En todos los casos, las respuestas que generan –sin que tengan que ser unívocas– son claros indicadores de la evolución de los alumnos. La aparente naturaleza absurda e impenetrable de los koan es solamente un reflejo del estado de conciencia del novicio.

Muchos koan giran alrededor del entendimiento de la no-dualidad o de la identidad de los opuestos, para lo cual suele ser muy oportuno formular paradojas.

Dos manos aplauden y hay un sonido, ¿cuál es el sonido de una mano aplaudiendo?”, como preguntando, sabes qué es la dualidad, pero ¿qué es la no dualidad? Y también buscando aniquilar la distancia entre el objeto y el sujeto. O, en el mismo sentido: “¿cuál es el rostro que tenías antes de que tu madre y tu padre nacieran.

Esta naturaleza paradójica del koan parece estar inscrita en su propia etimología. La palabra significa literalmente “la mesa o la tabla de un juez”. Definición que suscita gran rigidez y se entona con una disciplina y una fuerza necesarias para el conocimiento. Pero la práctica, a su vez, requiere de gran ligereza y flexibilidad mental.

La brillante simplicidad de los koan sólo puede apreciarse escuchándolos y meditando sobre ellos. Aquí un ejemplo:

Hogen, un maestro de zen japonés, vivía solo en un pequeño templo en el campo. Un día cuatro monjes viajeros aparecieron y le preguntaron si podían hacer una fogata en su patio para calentarse. Mientras preparaban la fogata, Hogen los escuchó discutiendo sobre la subjetividad y la objetividad. Se unió y les dijo “Esta es una piedra grande. ¿Consideras que está adentro o afuera de tu mente?” Uno de los monjes le contestó “Desde el punto de vista del budismo todo es una objetificación de la mente, así que diría que la pierda está dentro de mi mente”. “Tu cabeza debe sentirse muy pesada”, observó Hogen “si estás cargando una piedra como esa en la mente”.

Recomendamos la colección de Piedra y Arena (Shaseki-shu) que puede consultarse en línea en inglés aquí.

El koan es una importante herramienta del budismo zen que generalmente se imparte a través de una historia, un diálogo, una parábola o una pregunta con el fin de generar una duda ontológica que precipite el progreso del estudiante hacía una especie de epifanía.

En la cultura occidental existe la percepción de los koan como acertijos herméticos que no tienen un sentido claro y acaso sólo funcionan como estimulantes retóricos. Sin embargo, en Oriente algunas escuelas consideran que deben de ser respondidos con una precisión inmaculada, y algunos monjes podrían pasar años meditando fijamente en un koan hasta no encontrar la respuesta. En todos los casos, las respuestas que generan –sin que tengan que ser unívocas– son claros indicadores de la evolución de los alumnos. La aparente naturaleza absurda e impenetrable de los koan es solamente un reflejo del estado de conciencia del novicio.

Muchos koan giran alrededor del entendimiento de la no-dualidad o de la identidad de los opuestos, para lo cual suele ser muy oportuno formular paradojas.

Dos manos aplauden y hay un sonido, ¿cuál es el sonido de una mano aplaudiendo?”, como preguntando, sabes qué es la dualidad, pero ¿qué es la no dualidad? Y también buscando aniquilar la distancia entre el objeto y el sujeto. O, en el mismo sentido: “¿cuál es el rostro que tenías antes de que tu madre y tu padre nacieran.

Esta naturaleza paradójica del koan parece estar inscrita en su propia etimología. La palabra significa literalmente “la mesa o la tabla de un juez”. Definición que suscita gran rigidez y se entona con una disciplina y una fuerza necesarias para el conocimiento. Pero la práctica, a su vez, requiere de gran ligereza y flexibilidad mental.

La brillante simplicidad de los koan sólo puede apreciarse escuchándolos y meditando sobre ellos. Aquí un ejemplo:

Hogen, un maestro de zen japonés, vivía solo en un pequeño templo en el campo. Un día cuatro monjes viajeros aparecieron y le preguntaron si podían hacer una fogata en su patio para calentarse. Mientras preparaban la fogata, Hogen los escuchó discutiendo sobre la subjetividad y la objetividad. Se unió y les dijo “Esta es una piedra grande. ¿Consideras que está adentro o afuera de tu mente?” Uno de los monjes le contestó “Desde el punto de vista del budismo todo es una objetificación de la mente, así que diría que la pierda está dentro de mi mente”. “Tu cabeza debe sentirse muy pesada”, observó Hogen “si estás cargando una piedra como esa en la mente”.

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