Hay un hecho que todos pasamos por alto la mayoría del tiempo, y que podría ser el evento más complejo y milagroso de nuestras vidas: quedarnos dormidos y despertar cada mañana. La situación reúne la doble naturaleza de lo cotidiano y lo extraordinario, aquello que en el corazón de la vida diaria nos revela “el olvidado asombro de estar vivos” (Octavio Paz)

El proceso en el cual nuestras personalidades se van fragmentando hasta que eventualmente se desintegran ―es decir, el proceso en que nos quedamos dormidos― es de hecho un proceso milagroso. Proust comienza su En busca del tiempo perdido con alrededor de cincuenta páginas que describen cómo, en cierta época de su vida, el narrador se quedaba dormido: paulatina, inadvertidamente; y después, en un centenar de páginas, el narrador explica su despertar: ese “milagro, la complejidad, el reensamblaje del ser que tiene lugar bajo ese blando lugar común: ‘desperté’”, según comentó Alain de Botton a propósito de este gesto narrativo inaugural de la novela.

Un par de tomos después, en “El mundo de Guermantes”, Proust volvió sobre este motivo para plantear un posible enigma: ¿podría ser que, un día cualquiera, despertáramos siendo alguien distinto?

Se llama a esto un sueño de plomo, parece que uno mismo se haya convertido, por espacio de algunos instantes después de haber cesado un sueño así, en un simple monigote de plomo. Ya no somos personas. Entonces, ¿cómo es que al buscar uno su pensamiento, su personalidad, como quien busca un objeto perdido, acaba por recobrar su propio yo antes que otro alguno? ¿Por qué cuando empezamos a pensar de nuevo no es entonces la que encarna en nosotros otra personalidad que la anterior? No se ve qué es lo que dicta la elección y por qué, entre los millones de seres humanos que uno podría ser, va a poner precisamente la mano en aquel que era la víspera. ¿Qué es lo que nos guía cuando verdaderamente ha habido interrupción (ya haya sido completo el sueño o los sueños enteramente diferentes de nosotros)? Ha habido verdaderamente muerte, como cuando el corazón ha cesado de latir y unas tracciones rítmicas de la lengua nos reaniman. La habitación, desde luego, aunque solamente la hayamos visto una vez, despierta recuerdos de que penden otros más antiguos. ¿Dónde dormían en nosotros algunos de que adquirimos conciencia? La resurrección en el despertar —después de ese benéfico acceso de enajenación mental que es el sueño— debe de asemejarse, en el fondo, a lo que ocurre cuando se vuelve a encontrar un nombre, un verso, un estribillo olvidados. Y acaso quepa concebir la resurrección del alma allende la muerte como un fenómeno de memoria.

La alusión a Proust, el gran mago de los detalles, es una elegante manera de sugerir que, si él dedicó tantas y tantas páginas a las miniaturas de este maravilloso y cotidiano proceso, para sentirnos vivos no necesitamos más que eso: poner atención al milagro. No necesitamos ir al mar para sentirnos vivos, o escalar una montaña; dormir y despertar cada mañana es la manera adecuada de sentirnos absolutamente vivos. Decir: “Me recosté en la cama y al mirar las cosas con atención, me sentí realmente vivo”.

Hay un hecho que todos pasamos por alto la mayoría del tiempo, y que podría ser el evento más complejo y milagroso de nuestras vidas: quedarnos dormidos y despertar cada mañana. La situación reúne la doble naturaleza de lo cotidiano y lo extraordinario, aquello que en el corazón de la vida diaria nos revela “el olvidado asombro de estar vivos” (Octavio Paz)

El proceso en el cual nuestras personalidades se van fragmentando hasta que eventualmente se desintegran ―es decir, el proceso en que nos quedamos dormidos― es de hecho un proceso milagroso. Proust comienza su En busca del tiempo perdido con alrededor de cincuenta páginas que describen cómo, en cierta época de su vida, el narrador se quedaba dormido: paulatina, inadvertidamente; y después, en un centenar de páginas, el narrador explica su despertar: ese “milagro, la complejidad, el reensamblaje del ser que tiene lugar bajo ese blando lugar común: ‘desperté’”, según comentó Alain de Botton a propósito de este gesto narrativo inaugural de la novela.

Un par de tomos después, en “El mundo de Guermantes”, Proust volvió sobre este motivo para plantear un posible enigma: ¿podría ser que, un día cualquiera, despertáramos siendo alguien distinto?

Se llama a esto un sueño de plomo, parece que uno mismo se haya convertido, por espacio de algunos instantes después de haber cesado un sueño así, en un simple monigote de plomo. Ya no somos personas. Entonces, ¿cómo es que al buscar uno su pensamiento, su personalidad, como quien busca un objeto perdido, acaba por recobrar su propio yo antes que otro alguno? ¿Por qué cuando empezamos a pensar de nuevo no es entonces la que encarna en nosotros otra personalidad que la anterior? No se ve qué es lo que dicta la elección y por qué, entre los millones de seres humanos que uno podría ser, va a poner precisamente la mano en aquel que era la víspera. ¿Qué es lo que nos guía cuando verdaderamente ha habido interrupción (ya haya sido completo el sueño o los sueños enteramente diferentes de nosotros)? Ha habido verdaderamente muerte, como cuando el corazón ha cesado de latir y unas tracciones rítmicas de la lengua nos reaniman. La habitación, desde luego, aunque solamente la hayamos visto una vez, despierta recuerdos de que penden otros más antiguos. ¿Dónde dormían en nosotros algunos de que adquirimos conciencia? La resurrección en el despertar —después de ese benéfico acceso de enajenación mental que es el sueño— debe de asemejarse, en el fondo, a lo que ocurre cuando se vuelve a encontrar un nombre, un verso, un estribillo olvidados. Y acaso quepa concebir la resurrección del alma allende la muerte como un fenómeno de memoria.

La alusión a Proust, el gran mago de los detalles, es una elegante manera de sugerir que, si él dedicó tantas y tantas páginas a las miniaturas de este maravilloso y cotidiano proceso, para sentirnos vivos no necesitamos más que eso: poner atención al milagro. No necesitamos ir al mar para sentirnos vivos, o escalar una montaña; dormir y despertar cada mañana es la manera adecuada de sentirnos absolutamente vivos. Decir: “Me recosté en la cama y al mirar las cosas con atención, me sentí realmente vivo”.

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