Uno de los rasgos principales de la literatura, percibido ya desde épocas remotas, es su capacidad para transformar el espíritu humano, para tocarlo en sus fibras más sensibles y cambiarlo. ¿En qué sentido? Podría decirse que para bien, aunque utilizar esta palabra y todo lo que implica no resulta fácil.

¿La literatura nos hace mejores personas? La catarsis que Aristóteles identificó en la tragedia, ese mecanismo por el cual el espectador siente en carne propia los sufrimientos del héroe y, cuando estos se superan, el espectador también siente una especie de renovación, es la misma característica que en nuestra época científicos y teóricos de la literatura equiparan con la empatía.

En combinación con nuestras habilidades cognitivas, la literatura nos hace vivir lo que otras personas viven: por un momento, mientras leemos, somos otros, a la manera de Rimbaud, y es esa sutil transpersonalización la que, con el tiempo, puede hacernos más compasivos, más sensibles a los sentimientos y las vivencias de otros, nos vuelve evidente lo que muchas veces, por el ensimismamiento al que nos orilla la vida moderna, olvidamos: que hay otras maneras de ser y estar en el mundo además de la que nosotros ejercemos.

Alain de Botton propone que los grandes autores son personas con “radares muy sofisticados que recogen las cosas verdaderamente importantes” de la vida, los momentos más significativos de la existencia (la suya propia y también de la de los demás, cabría agregar). A partir de esta premisa, el escritor de origen suizo propone:

Lo interesante es que, para mí, ese radar no es algo que debemos aceptar simplemente mientras leemos el libro. Es algo de lo cual deberíamos aprender. Deberíamos cerrar nuestro libro y decirnos, “Bueno, leí a Jane Austen, a Proust, a Shakespeare, y ahora voy a ver a mi madre o voy a platicar con mi tía o voy a tomar un café con algunos amigos, y en vez de hacerlo normalmente, voy a verlos y voy a hacerme una pregunta básica: ‘¿Cómo los vería Jane Austen? ¿Cómo los vería Proust? ¿Cómo los vería Shakespeare.

Este cambio de perspectiva —o de lentes, como dice Botton— es el “poder de la gran literatura”: una manera de ver el mundo con nuestros ojos y al mismo tiempo con los ojos de otros, de “ver las cosas que de otro modo perderíamos”.

Una manera, en suma, de entender que el mundo es más vasto, más complejo, más rico, que lo que la costumbre, la rutina o la comodidad nos susurran diariamente. Que si bien, como quería Leibniz, el nuestro es el mejor de los mundos posibles, potencialmente existen otros de entre los que podemos elegir a través de nuestras decisiones diarias —y la literatura es un modesto atisbo a ese universo infinito.

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Uno de los rasgos principales de la literatura, percibido ya desde épocas remotas, es su capacidad para transformar el espíritu humano, para tocarlo en sus fibras más sensibles y cambiarlo. ¿En qué sentido? Podría decirse que para bien, aunque utilizar esta palabra y todo lo que implica no resulta fácil.

¿La literatura nos hace mejores personas? La catarsis que Aristóteles identificó en la tragedia, ese mecanismo por el cual el espectador siente en carne propia los sufrimientos del héroe y, cuando estos se superan, el espectador también siente una especie de renovación, es la misma característica que en nuestra época científicos y teóricos de la literatura equiparan con la empatía.

En combinación con nuestras habilidades cognitivas, la literatura nos hace vivir lo que otras personas viven: por un momento, mientras leemos, somos otros, a la manera de Rimbaud, y es esa sutil transpersonalización la que, con el tiempo, puede hacernos más compasivos, más sensibles a los sentimientos y las vivencias de otros, nos vuelve evidente lo que muchas veces, por el ensimismamiento al que nos orilla la vida moderna, olvidamos: que hay otras maneras de ser y estar en el mundo además de la que nosotros ejercemos.

Alain de Botton propone que los grandes autores son personas con “radares muy sofisticados que recogen las cosas verdaderamente importantes” de la vida, los momentos más significativos de la existencia (la suya propia y también de la de los demás, cabría agregar). A partir de esta premisa, el escritor de origen suizo propone:

Lo interesante es que, para mí, ese radar no es algo que debemos aceptar simplemente mientras leemos el libro. Es algo de lo cual deberíamos aprender. Deberíamos cerrar nuestro libro y decirnos, “Bueno, leí a Jane Austen, a Proust, a Shakespeare, y ahora voy a ver a mi madre o voy a platicar con mi tía o voy a tomar un café con algunos amigos, y en vez de hacerlo normalmente, voy a verlos y voy a hacerme una pregunta básica: ‘¿Cómo los vería Jane Austen? ¿Cómo los vería Proust? ¿Cómo los vería Shakespeare.

Este cambio de perspectiva —o de lentes, como dice Botton— es el “poder de la gran literatura”: una manera de ver el mundo con nuestros ojos y al mismo tiempo con los ojos de otros, de “ver las cosas que de otro modo perderíamos”.

Una manera, en suma, de entender que el mundo es más vasto, más complejo, más rico, que lo que la costumbre, la rutina o la comodidad nos susurran diariamente. Que si bien, como quería Leibniz, el nuestro es el mejor de los mundos posibles, potencialmente existen otros de entre los que podemos elegir a través de nuestras decisiones diarias —y la literatura es un modesto atisbo a ese universo infinito.

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