No todo el mundo sabe que, antes de dedicarse al cine David Lynch, fue un aplicado estudiante de bellas artes que soñaba con ser pintor. Y fue un sueño, seguramente, el que decidió su vocación cinematográfica.

Corría el año 1967. El futuro director pintaba tranquilamente junto a otros compañeros en la escuela de bellas artes de Pensilvania. Ubicados en un gran estudio, los estudiantes trabajaban separados en pequeños compartimentos individuales que evitaban cualquier distracción. Ocupado en un cuadro que representaba un verde jardín emergiendo de una profunda sombra negra, el futuro director de Terciopelo Azul sintió una ligera brisa atravesando la ventana del estudio (algo similar a un drala). Llevado por su extrema sensibilidad, Lynch pudo ver como de pronto aquella pintura se movía, y este fue el impulso fundamental que llevaría al pintor en ciernes a concebir su primer film, una pintura en movimiento acompañada de sonido: Seis hombres enfermos (seis veces).

Entreviendo la posibilidad de participar en el concurso anual de la escuela, Lynch se empleó en crear una pantalla –escultura idónea para proyectar su particular animación pictórica. La pantalla, de grandes dimensiones, fue concebida como un alto relieve en el que, a través de procesos de moldeado y modelado, incluyó tres figuras en expresiones agonizantes. Sobre esta superficie Lynch elaboró una proyección animada que luego entraría a formar parte indisoluble de la misma.

Seis hombres enfermos anuncia a gritos la inconfundible personalidad de su autor. Su particular sello estético, próximo a las tendencias dadaístas y surrealistas, y su universo onírico, influenciado por la lectura de Kafka y las pinturas de Francis Bacon, forma ya un todo coherente que parece adelantarse, aunque con más violencia, a sus planteamientos cinematográficos futuros.

Como si de una declaración de intenciones se tratase, Lynch deja patentes sus inclinaciones escatológicas y su curiosidad mórbida por las  deformaciones del alma humana. El proceso de creación puramente intuitivo que más tarde Lynch empleará con todas sus consecuencias en un film como Inland Empire, parece derivarse de este primer contacto con la imagen en movimiento a través de la pintura. Lo monstruoso y lo intestinal se dan la mano en un friso obsceno e inquietante cuyo tema principal parece ser la corrupción del cuerpo a través del proceso de la enfermedad. De una crudeza difícilmente digerible, el tableau vivant de Lynch hace que los cuerpos encerrados en los cuadros de Francis Bacon parezcan disfrutar de una distensión veraniega. Por si fuera poco, el irritante sonido de una sirena acompaña sin descanso el largo minuto de proyección.

La obra ganó el primer premio del concurso. En su producción Lynch invirtió doscientos dólares. Durante su proyección, el futuro director se preguntó acerca de si aquella obra absurda –como el la calificó– sería el principio o el final de su carrera. Uno de los presentes aquel día se acercó a Lynch. Quería una igual para su casa, y estaba dispuesto a ofrecerle mil dólares por ella. El joven Lynch aceptó sin pensárselo. Mil dólares eran mucho para aquel momento y para un joven estudiante de bellas artes. La imagen de una cámara de cine se hizo inmediatamente en la mente de la joven promesa.

Incluso antes de tener el dinero, Lynch se lanzó a los suburbios de Filadelfia, poseído por la idea de tener su propia cámara de cine. En una conocida tienda encontró su mítica Bolex. La historia que viene después es bien conocida. Eraserhead, Elephant Man, Dune… David Lynch todavía guarda el viejo ticket de compra de su primera Bolex.

No todo el mundo sabe que, antes de dedicarse al cine David Lynch, fue un aplicado estudiante de bellas artes que soñaba con ser pintor. Y fue un sueño, seguramente, el que decidió su vocación cinematográfica.

Corría el año 1967. El futuro director pintaba tranquilamente junto a otros compañeros en la escuela de bellas artes de Pensilvania. Ubicados en un gran estudio, los estudiantes trabajaban separados en pequeños compartimentos individuales que evitaban cualquier distracción. Ocupado en un cuadro que representaba un verde jardín emergiendo de una profunda sombra negra, el futuro director de Terciopelo Azul sintió una ligera brisa atravesando la ventana del estudio (algo similar a un drala). Llevado por su extrema sensibilidad, Lynch pudo ver como de pronto aquella pintura se movía, y este fue el impulso fundamental que llevaría al pintor en ciernes a concebir su primer film, una pintura en movimiento acompañada de sonido: Seis hombres enfermos (seis veces).

Entreviendo la posibilidad de participar en el concurso anual de la escuela, Lynch se empleó en crear una pantalla –escultura idónea para proyectar su particular animación pictórica. La pantalla, de grandes dimensiones, fue concebida como un alto relieve en el que, a través de procesos de moldeado y modelado, incluyó tres figuras en expresiones agonizantes. Sobre esta superficie Lynch elaboró una proyección animada que luego entraría a formar parte indisoluble de la misma.

Seis hombres enfermos anuncia a gritos la inconfundible personalidad de su autor. Su particular sello estético, próximo a las tendencias dadaístas y surrealistas, y su universo onírico, influenciado por la lectura de Kafka y las pinturas de Francis Bacon, forma ya un todo coherente que parece adelantarse, aunque con más violencia, a sus planteamientos cinematográficos futuros.

Como si de una declaración de intenciones se tratase, Lynch deja patentes sus inclinaciones escatológicas y su curiosidad mórbida por las  deformaciones del alma humana. El proceso de creación puramente intuitivo que más tarde Lynch empleará con todas sus consecuencias en un film como Inland Empire, parece derivarse de este primer contacto con la imagen en movimiento a través de la pintura. Lo monstruoso y lo intestinal se dan la mano en un friso obsceno e inquietante cuyo tema principal parece ser la corrupción del cuerpo a través del proceso de la enfermedad. De una crudeza difícilmente digerible, el tableau vivant de Lynch hace que los cuerpos encerrados en los cuadros de Francis Bacon parezcan disfrutar de una distensión veraniega. Por si fuera poco, el irritante sonido de una sirena acompaña sin descanso el largo minuto de proyección.

La obra ganó el primer premio del concurso. En su producción Lynch invirtió doscientos dólares. Durante su proyección, el futuro director se preguntó acerca de si aquella obra absurda –como el la calificó– sería el principio o el final de su carrera. Uno de los presentes aquel día se acercó a Lynch. Quería una igual para su casa, y estaba dispuesto a ofrecerle mil dólares por ella. El joven Lynch aceptó sin pensárselo. Mil dólares eran mucho para aquel momento y para un joven estudiante de bellas artes. La imagen de una cámara de cine se hizo inmediatamente en la mente de la joven promesa.

Incluso antes de tener el dinero, Lynch se lanzó a los suburbios de Filadelfia, poseído por la idea de tener su propia cámara de cine. En una conocida tienda encontró su mítica Bolex. La historia que viene después es bien conocida. Eraserhead, Elephant Man, Dune… David Lynch todavía guarda el viejo ticket de compra de su primera Bolex.

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