Conforme fuimos creando grupos sociales y adaptando espacios para habitar, también comenzamos a soñar modelos ideales que pudieran arropar la interacción entre personas. Idealismo, imaginación, y la persecución de mejores condiciones para nosotros, y nuestra tribu, terminarían inspirando múltiples proyectos utópicos, algunos realizados, otros no, que de alguna forma definen muchos de los objetivos compartidos que tenemos por delante.

A lo largo de la historia humana, y en prácticamente toda cultura, encontramos estás utopías asequibles, escenarios físicos y sociales que por su belleza, funcionalidad, o armonía, se erigen como referentes de un destino por el cual debemos luchar –para crear algo primero hay que imaginarlo y luego, mediante persistencia y confianza, materializarlo. Aquí tenemos, por ejemplo, la Utopía, de Moro, la Nueva Atlántida, de Bacon o, en un plano mitológico, el propio Jardín del Edén o el reino de Shambala.

Hoy, en una época en la que el paradigma de colectividad está estrechamente ligado a los contextos urbanos, la lucidez de esos territorios históricamente perseguidos, podría traducirse en ese amplio concepto urbanístico que conocemos como ‘ciudades inteligentes’. Sin dejar a un lado la imaginación o los valores épicos, ingredientes que impulsaron el diseño de utopías, hoy la fantasía colectiva debiera estar orientada a la colaboración, la sustentabilidad, la agilidad y, en síntesis, la evolución social y la calidad de vida de sus habitantes.

De acuerdo con Boyd Cohen, autor, profesor y especialista en estrategias urbanas, los elementos que deben considerarse al momento de diseñar o evaluar la inteligencia de una ciudad inteligente son: movilidad, gobierno, economía, medio ambiente, formas de vida y personas. Básicamente se trata de concebir a la urbe como un organismo integral, ‘balanceable’ en la medida en que sus partes estén correctamente sintonizadas –lo cual nos remite a diversos modelo de nuevo urbanismo, por ejemplo la acupuntura urbana, del arquitecto finlandés Marco Casagrande.

 Si una ciudad es capaz de movilizarse con fluidez, ser gobernada con visión, entablar un diálogo armónico con el medio ambiente y sus recursos naturales, mantener un ritmo de producción que satisfaga su economía interna, ofrecer una creciente calidad de vida y promover el involucramiento e interés de sus habitantes, entonces estamos hablando de una ciudad verdaderamente inteligente. Una vez definida esta marca, entonces complementaríamos esta inteligencia con aspectos que permitieran su sensibilización, entre los cuáles incluiríamos la limpieza, el ritmo paisajístico –una cierta sintonía estética entre sus construcciones–, la interacción empática entre sus habitantes y la colaboración como hilo conductor de la orquesta.

Actualmente la empresa utópica debiese estar asociada a la creación de ciudades sensiblemente inteligentes: espacios concientemente compartidos, tan funcionales, como orgánicos, y productivos pero sobretodo creativos. Una vez alcanzadas al menos las primeras fases en dirección  a este fin, entonces podemos continuar, rodeados de condiciones idóneas, imaginando jardines secretos y palacios metafóricos. Pero hoy la mayor utopía, o buena parte de ella, es urbana, y su construcción depende de cada uno de nosotros, de las 3,500 millones de personas que habitamos una ciudad.

Conforme fuimos creando grupos sociales y adaptando espacios para habitar, también comenzamos a soñar modelos ideales que pudieran arropar la interacción entre personas. Idealismo, imaginación, y la persecución de mejores condiciones para nosotros, y nuestra tribu, terminarían inspirando múltiples proyectos utópicos, algunos realizados, otros no, que de alguna forma definen muchos de los objetivos compartidos que tenemos por delante.

A lo largo de la historia humana, y en prácticamente toda cultura, encontramos estás utopías asequibles, escenarios físicos y sociales que por su belleza, funcionalidad, o armonía, se erigen como referentes de un destino por el cual debemos luchar –para crear algo primero hay que imaginarlo y luego, mediante persistencia y confianza, materializarlo. Aquí tenemos, por ejemplo, la Utopía, de Moro, la Nueva Atlántida, de Bacon o, en un plano mitológico, el propio Jardín del Edén o el reino de Shambala.

Hoy, en una época en la que el paradigma de colectividad está estrechamente ligado a los contextos urbanos, la lucidez de esos territorios históricamente perseguidos, podría traducirse en ese amplio concepto urbanístico que conocemos como ‘ciudades inteligentes’. Sin dejar a un lado la imaginación o los valores épicos, ingredientes que impulsaron el diseño de utopías, hoy la fantasía colectiva debiera estar orientada a la colaboración, la sustentabilidad, la agilidad y, en síntesis, la evolución social y la calidad de vida de sus habitantes.

De acuerdo con Boyd Cohen, autor, profesor y especialista en estrategias urbanas, los elementos que deben considerarse al momento de diseñar o evaluar la inteligencia de una ciudad inteligente son: movilidad, gobierno, economía, medio ambiente, formas de vida y personas. Básicamente se trata de concebir a la urbe como un organismo integral, ‘balanceable’ en la medida en que sus partes estén correctamente sintonizadas –lo cual nos remite a diversos modelo de nuevo urbanismo, por ejemplo la acupuntura urbana, del arquitecto finlandés Marco Casagrande.

 Si una ciudad es capaz de movilizarse con fluidez, ser gobernada con visión, entablar un diálogo armónico con el medio ambiente y sus recursos naturales, mantener un ritmo de producción que satisfaga su economía interna, ofrecer una creciente calidad de vida y promover el involucramiento e interés de sus habitantes, entonces estamos hablando de una ciudad verdaderamente inteligente. Una vez definida esta marca, entonces complementaríamos esta inteligencia con aspectos que permitieran su sensibilización, entre los cuáles incluiríamos la limpieza, el ritmo paisajístico –una cierta sintonía estética entre sus construcciones–, la interacción empática entre sus habitantes y la colaboración como hilo conductor de la orquesta.

Actualmente la empresa utópica debiese estar asociada a la creación de ciudades sensiblemente inteligentes: espacios concientemente compartidos, tan funcionales, como orgánicos, y productivos pero sobretodo creativos. Una vez alcanzadas al menos las primeras fases en dirección  a este fin, entonces podemos continuar, rodeados de condiciones idóneas, imaginando jardines secretos y palacios metafóricos. Pero hoy la mayor utopía, o buena parte de ella, es urbana, y su construcción depende de cada uno de nosotros, de las 3,500 millones de personas que habitamos una ciudad.

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