Edgar Degas afirmó que las musas rara vez trabajan juntas pero “por la noche se reúnen y bailan”. Este mismo año, el The Shed de Nueva York parece haber sido testigo de este infrecuente baile, con la colaboración de dos grandes de la creación contemporánea: Arvo Pärt y Gerhard Richter. Las musas de la pintura y la música han querido volver a su danza nocturna en el mutuo homenaje que estos dos veteranos han decidido darse en las instalaciones del flamante nuevo museo.

De Gerhard Richter creíamos haberlo visto todo, o lo que es parecido, que lo había hecho todo. Su obra cartografió con peculiar ironía los traumas bélicos del siglo XX. Con gran audacia supo servirse del soporte fotográfico para crear una pintura en la que la veracidad documental quedaba siempre en entredicho. Las personas y los acontecimientos fotografiados adquirían, en su versión pictórica, la forma de meros sueños evanescentes. Hasta llegar a sus últimas pinturas, en las que la propia materia pictórica parece emular, mediante sucesivas superposiciones, el fantasma de una representación aniquilada.

Esta visión corrosiva del pintor alemán podría parecer, en principio, lejana a la de un músico como Arvo Pärt, distinguido por sus composiciones de música sacra. El estonio llegó a su concepción musical definitiva a través de un largo y difícil proceso. El estudio de la música antigua, y su propia conversión religiosa, lo alejaron del serialismo y el dodecafonismo en boga, para adentrarlo cada vez más en las raíces de la música occidental. Lo particular de la música de Pärt es que es contemporánea sin renunciar a su potencia mística, y su popularidad se debe a que el sentimiento religioso que propaga no proviene de un dogma, sino del primitivo anhelo de unión que anida el corazón humano.

En el performance diseñado para The Shed, Richter y Pärt ponen sus musas a disposición de una experiencia colectiva. Las pinturas de Richter, reelaboradas a través de una computadora y trasladadas a la trama de un tapiz, dan como resultado imágenes que recuerdan la simetría de los mandalas, adquiriendo una poderosa presencia de ícono religioso. La aparente distancia del trabajo de estos dos colosos queda abolida en cuanto escuchamos la serena sinfonía coral de Pärt que, dimanando de las voces de cantantes camuflados entre el público, parece poner en movimiento la vibración estática de los colores. Música y pintura se hermanan en la sala del museo, y lo que parecían meras composiciones de formas y color se convierten, por momentos, en los símbolos sagrados de un afán trascendente.

Imagen: Pedro Ribeiro Simões – flickr

Edgar Degas afirmó que las musas rara vez trabajan juntas pero “por la noche se reúnen y bailan”. Este mismo año, el The Shed de Nueva York parece haber sido testigo de este infrecuente baile, con la colaboración de dos grandes de la creación contemporánea: Arvo Pärt y Gerhard Richter. Las musas de la pintura y la música han querido volver a su danza nocturna en el mutuo homenaje que estos dos veteranos han decidido darse en las instalaciones del flamante nuevo museo.

De Gerhard Richter creíamos haberlo visto todo, o lo que es parecido, que lo había hecho todo. Su obra cartografió con peculiar ironía los traumas bélicos del siglo XX. Con gran audacia supo servirse del soporte fotográfico para crear una pintura en la que la veracidad documental quedaba siempre en entredicho. Las personas y los acontecimientos fotografiados adquirían, en su versión pictórica, la forma de meros sueños evanescentes. Hasta llegar a sus últimas pinturas, en las que la propia materia pictórica parece emular, mediante sucesivas superposiciones, el fantasma de una representación aniquilada.

Esta visión corrosiva del pintor alemán podría parecer, en principio, lejana a la de un músico como Arvo Pärt, distinguido por sus composiciones de música sacra. El estonio llegó a su concepción musical definitiva a través de un largo y difícil proceso. El estudio de la música antigua, y su propia conversión religiosa, lo alejaron del serialismo y el dodecafonismo en boga, para adentrarlo cada vez más en las raíces de la música occidental. Lo particular de la música de Pärt es que es contemporánea sin renunciar a su potencia mística, y su popularidad se debe a que el sentimiento religioso que propaga no proviene de un dogma, sino del primitivo anhelo de unión que anida el corazón humano.

En el performance diseñado para The Shed, Richter y Pärt ponen sus musas a disposición de una experiencia colectiva. Las pinturas de Richter, reelaboradas a través de una computadora y trasladadas a la trama de un tapiz, dan como resultado imágenes que recuerdan la simetría de los mandalas, adquiriendo una poderosa presencia de ícono religioso. La aparente distancia del trabajo de estos dos colosos queda abolida en cuanto escuchamos la serena sinfonía coral de Pärt que, dimanando de las voces de cantantes camuflados entre el público, parece poner en movimiento la vibración estática de los colores. Música y pintura se hermanan en la sala del museo, y lo que parecían meras composiciones de formas y color se convierten, por momentos, en los símbolos sagrados de un afán trascendente.

Imagen: Pedro Ribeiro Simões – flickr