Tú eras la obra maestra, lleno de sabiduría, y de una belleza perfecta. […] Desde el día en que fuiste creado, tu conducta había sido perfecta, hasta el día en que el mal se anidó en ti. […] Estabas muy orgulloso de tu belleza: tu belleza te hizo perder la sabiduría; por eso te tiré al suelo, para que fueras un espectáculo para los reyes de la tierra.

Ezequiel 28:12-17

Satanás, Belcebú, Lucifer, el demonio, son algunos de los nombres de este personaje mítico que es, entre otras cosas, un arquetipo de la ambición y la maldad. ¿Por qué entonces existe una atracción tan profunda hacia él?

Lucifer, literalmente “portador de luz”, ya existía en la mitología romana, era el nombre con el que se hacía referencia al “lucero de la mañana” —Venus—, que en algunas épocas del año puede verse muy cerca del horizonte, antes del amanecer; se trata de una estrella terrenal, más cercana que cualquier otra al mundo de los hombres. En la tradición cristiana, Lucifer es un ángel caído, hijo adorado por Dios, hermano de los otros ángeles, hasta que en algún punto, su belleza y soberbia lo llenaron de maldad y su creador decidió hacer un ejemplo de él desterrándolo del cielo y condenándolo a los infiernos.

En la modernidad y a partir del siglo XVII, específicamente, la figura de Lucifer comenzó a sufrir un profundo cambio. Uno de los artistas que jugaría un papel clave en esta transformación fue el poeta inglés John Milton, cuyo poema épico Paradise Lost (El paraíso perdido), publicado en 1667, es protagonizado por Satanás. El diablo de Milton resultó ser una combinación extraña, pues se trataba del malvado ser que toda la cristiandad ya conocía, pero el personaje específico resultaba completamente ingenioso, gracioso y encantador.

Esta tradición, o infatuación quizás, habría de continuar en Inglaterra y en el resto de Europa, a manos de los grandes autores del siglo XIX: el Romanticismo encontraría en Lucifer algo extremadamente fascinante y magnético. Mefistófeles, en el Fausto de Goethe (1808), también resulta un personaje cautivador y, por qué no decirlo, atractivo.

La lista de artistas que retratan a Lucifer de esta manera es enorme y merece volúmenes completos. En la actualidad, y en todas las disciplinas artísticas, el diablo sigue presente, desde las películas del director Roman Polanski, hasta innumerables obras musicales  y canciones  (como la más obvia “Sympathy for the devil” de los Rolling Stones). Así también, el arquetipo y sus rasgos suductores vivirían en figuras más cercanas como Lord Byron, o el mismo James Dean.

Misterioso, portador de una belleza de otro mundo, gran manipulador, el diablo quizá genera algo similar a lo que Prometeo. Ambos, el legendario titán griego y el ángel desterrado (y toda la larga lista de herederos), son figuras de una gran rebeldía —una de las más notables características del espíritu romántico y de la modernidad. Se trata de personajes extremadamente valientes y transgresores, capaces de retar a las fuerzas más poderosas y a los dioses que rigen el mundo.

Tú eras la obra maestra, lleno de sabiduría, y de una belleza perfecta. […] Desde el día en que fuiste creado, tu conducta había sido perfecta, hasta el día en que el mal se anidó en ti. […] Estabas muy orgulloso de tu belleza: tu belleza te hizo perder la sabiduría; por eso te tiré al suelo, para que fueras un espectáculo para los reyes de la tierra.

Ezequiel 28:12-17

Satanás, Belcebú, Lucifer, el demonio, son algunos de los nombres de este personaje mítico que es, entre otras cosas, un arquetipo de la ambición y la maldad. ¿Por qué entonces existe una atracción tan profunda hacia él?

Lucifer, literalmente “portador de luz”, ya existía en la mitología romana, era el nombre con el que se hacía referencia al “lucero de la mañana” —Venus—, que en algunas épocas del año puede verse muy cerca del horizonte, antes del amanecer; se trata de una estrella terrenal, más cercana que cualquier otra al mundo de los hombres. En la tradición cristiana, Lucifer es un ángel caído, hijo adorado por Dios, hermano de los otros ángeles, hasta que en algún punto, su belleza y soberbia lo llenaron de maldad y su creador decidió hacer un ejemplo de él desterrándolo del cielo y condenándolo a los infiernos.

En la modernidad y a partir del siglo XVII, específicamente, la figura de Lucifer comenzó a sufrir un profundo cambio. Uno de los artistas que jugaría un papel clave en esta transformación fue el poeta inglés John Milton, cuyo poema épico Paradise Lost (El paraíso perdido), publicado en 1667, es protagonizado por Satanás. El diablo de Milton resultó ser una combinación extraña, pues se trataba del malvado ser que toda la cristiandad ya conocía, pero el personaje específico resultaba completamente ingenioso, gracioso y encantador.

Esta tradición, o infatuación quizás, habría de continuar en Inglaterra y en el resto de Europa, a manos de los grandes autores del siglo XIX: el Romanticismo encontraría en Lucifer algo extremadamente fascinante y magnético. Mefistófeles, en el Fausto de Goethe (1808), también resulta un personaje cautivador y, por qué no decirlo, atractivo.

La lista de artistas que retratan a Lucifer de esta manera es enorme y merece volúmenes completos. En la actualidad, y en todas las disciplinas artísticas, el diablo sigue presente, desde las películas del director Roman Polanski, hasta innumerables obras musicales  y canciones  (como la más obvia “Sympathy for the devil” de los Rolling Stones). Así también, el arquetipo y sus rasgos suductores vivirían en figuras más cercanas como Lord Byron, o el mismo James Dean.

Misterioso, portador de una belleza de otro mundo, gran manipulador, el diablo quizá genera algo similar a lo que Prometeo. Ambos, el legendario titán griego y el ángel desterrado (y toda la larga lista de herederos), son figuras de una gran rebeldía —una de las más notables características del espíritu romántico y de la modernidad. Se trata de personajes extremadamente valientes y transgresores, capaces de retar a las fuerzas más poderosas y a los dioses que rigen el mundo.

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