a la doctora Jeanette Reynoso

Tengo tiempo pensando cómo escribir sobre los mudras: esos gestos que aparecen como anillos exquisitos en las manos de las deidades, dakinis y budas por toda Asia. El pulgar ciñendo el dedo anular contra la palma para combatir el enojo, o recogido con los dedos extendidos en señal de beligerancia, crispados incluso en señal de hostilidad, presentándose como puños coronados de espadas, o en el ámbito amoroso, como el remanente gestual de una caricia extenuada, las armonías y danzas que acompañan la recitación de los sutras, monumentos gráciles y gentiles que expresan en su vacuidad la perfección de los bodhisattvas. Hablar de mudras es referirse a todo un yoga (práctica) basado en el movimiento de las manos. El interés me viene por la importancia del gesto; las resonancias de la palabra son justamente las que le dan el matiz semántico distintivo a cada una, al igual que los ademanes y maneras de una persona pueden dotarla de una presencia inconfundible, “suya”.

Hay palabras y personas que, por sus gestos, pueden atraernos o ponernos incómodos. A mí me ponen nervioso las personas muy altas, por ejemplo. Mido 1.68, así que para observar a una mujer más alta prefiero observarla sentado. Los gestos que acordamos con el otro durante una conversación son tan importantes como las palabras mismas que nos dirigimos. Se podría tener toda una interlocución basada exclusivamente en la química de los gestos y su codificación en el aquí y ahora del cuerpo. Pero en la cotidianidad, los gestos manuales funcionan más como marcadores de discurso que van pautando el ritmo de una idea, que enfatizan una metáfora o un chiste, y que forman la máscara bajo la que se enmarcan todas nuestras intenciones.

VajraMudraLa etimología de mudrā nos remite al adjetivo sánscrito para “alegre” o “gozoso” (similar al latín beatus, adjetivo siempre cercano a la santidad, cuyo significado es “alegre”), partiendo de la raíz mud, que es el gozo mismo. Según el lugar y el momento en que se aplique, la palabra mudrā puede expresar distintos significados compuestos, como el de “sello” u “orden del rey”. Se dice que un mudra es el gesto que refuerza y ejecuta el poder de un gobernante; en ese sentido, el mudra es el gesto de firmar el tratado, el instante y el gesto a través del cual un poder se afirma a sí mismo y logra transmutar la materia, impregnándola de sus designios.

En otro contexto, un mudra es también la disposición física que presentamos al otro: el Buda caminante a menudo es representado realizando el mudra del miedo, que paradójicamente le presenta al observador sus manos abiertas, a la altura de los hombros, las palmas paralelas al cuerpo, en actitud conciliadora: a pesar de que la mente divague y el miedo dispare sus dardos envenenados, herramientas como el mudra, el mantra o el asana (respectivamente gesto, canto y movimiento) nos dan una guía para encarnar momentáneamente la disposición emocional que requerimos para afrontar distintas situaciones de la vida.

Abonando todavía un sentido más, la generosidad semántica de la raíz mudrā se extiende hacia el ámbito de la litografía, la impresión y la página escrita, es decir, la página sellada por caracteres, que conforman el semblante de la página. Si uno buscara una imprenta en las páginas amarillas de Bengala o Delhi, tal vez deba buscarlas como “mudrā iantra alaia”, o taller de impresiones. El viejo William Burroughs solía recalcar que las letras que componían las palabras eran, antes que signos arbitrarios a los que atribuimos significados consensuales, dibujos, imágenes encadenadas; por ello ejercía la escritura desde una concepción del texto como agregado de imágenes cuya organización precisa define tanto el significado como un aspecto práctico y técnico, en el caso de la escritura, y sagrado, en el caso de las religiones y prácticas espirituales de Oriente.

mudras 3Me gustaría pensar que existe un vínculo evidente y claro entre lo que hace una mano que escribe y lo que hace la misma mano cuando la boca habla: la mano, en el primer caso, está manipulando la pluma; en el segundo, ilustra manualmente las palabras que emitimos por el aparato fonador. Los movimientos de la mano son la materialización de una disposición consciente e inconsciente de nuestra mente e imaginación, desde la manera de fumarse un cigarro hasta la forma de sentarse en una silla para dar una conferencia. Los oradores latinos incluso codificaron un sistema de gestos manuales para acompañar los edictos y órdenes de los cónsules: en la serie de televisión Rome es posible ver cómo los oradores callejeros se habrían servido de gestos de solemne teatralidad para informar y entretener a su auditorium.

En cuanto al vínculo con la fe, podríamos pensar aquello que decía San Agustín con respecto a la imitación de Cristo o de la virgen María: desde un ámbito laico (digamos, ético) la imitación de valores morales constituye la adaptación subjetiva de un modelo “ideal”, y que tiene sentido en la vida del creyente incluso más allá de la referencia o evidencia; de ahí que las deidades no necesiten ni siquiera meterse en el embrollo de existir para ser adoradas y emuladas. Las letanías, oraciones y demás agregados de la teología moral cristiana funcionan no para “invocar” a la divinidad, como en los paganismos, sino para reconocer su presencia. La idea es que los gestos de un hombre de fe y un hombre sin fe, al rezar, son indistinguibles: las buenas acciones hablan por sí mismas, sin importar las actitudes. Sé que la cuestión es más complicada, pero estoy pensando en un koan que leí una vez acerca de dos monjes zen que rezaban todos los días en cierto monasterio; uno de ellos conservaba un semblante alegre y relajado, mientras el otro rezaba con dedicación y concentración, hasta el punto que podía notársele visiblemente cansado. El monje “cansado” le pregunta al monje feliz cuál es su secreto para la devoción; este le responde que la cuestión es muy simple: “Mientras tú pones las manos juntas para pedir, hermano, yo las uno como una ofrenda para agradecer”.

Podríamos terminar imaginando que los mudras son una especie de talismanes de movimientos, y que al igual que ocurre en el orden de los objetos, existen talismanes genuinos y baratijas para los turistas. Tampoco ofrecemos los mismos gestos a toda la gente a nuestro alrededor. Tenemos posturas, frases, incluso voces distintas para enfrentarnos a nuestros jefes, a nuestros padres o hermanos, a nuestra pareja o amigos, así como para pensar en nosotros mismos. En su calidad no verbal, los gestos (o mudras) realizados a través del lenguaje corporal no carecen de complejidad semántica, y los estudios al respecto han demostrado su importancia fundamental para la comunicación humana, incluso más allá de las palabras.

Sigue al autor en Twitter: @javier_raya

a la doctora Jeanette Reynoso

Tengo tiempo pensando cómo escribir sobre los mudras: esos gestos que aparecen como anillos exquisitos en las manos de las deidades, dakinis y budas por toda Asia. El pulgar ciñendo el dedo anular contra la palma para combatir el enojo, o recogido con los dedos extendidos en señal de beligerancia, crispados incluso en señal de hostilidad, presentándose como puños coronados de espadas, o en el ámbito amoroso, como el remanente gestual de una caricia extenuada, las armonías y danzas que acompañan la recitación de los sutras, monumentos gráciles y gentiles que expresan en su vacuidad la perfección de los bodhisattvas. Hablar de mudras es referirse a todo un yoga (práctica) basado en el movimiento de las manos. El interés me viene por la importancia del gesto; las resonancias de la palabra son justamente las que le dan el matiz semántico distintivo a cada una, al igual que los ademanes y maneras de una persona pueden dotarla de una presencia inconfundible, “suya”.

Hay palabras y personas que, por sus gestos, pueden atraernos o ponernos incómodos. A mí me ponen nervioso las personas muy altas, por ejemplo. Mido 1.68, así que para observar a una mujer más alta prefiero observarla sentado. Los gestos que acordamos con el otro durante una conversación son tan importantes como las palabras mismas que nos dirigimos. Se podría tener toda una interlocución basada exclusivamente en la química de los gestos y su codificación en el aquí y ahora del cuerpo. Pero en la cotidianidad, los gestos manuales funcionan más como marcadores de discurso que van pautando el ritmo de una idea, que enfatizan una metáfora o un chiste, y que forman la máscara bajo la que se enmarcan todas nuestras intenciones.

VajraMudraLa etimología de mudrā nos remite al adjetivo sánscrito para “alegre” o “gozoso” (similar al latín beatus, adjetivo siempre cercano a la santidad, cuyo significado es “alegre”), partiendo de la raíz mud, que es el gozo mismo. Según el lugar y el momento en que se aplique, la palabra mudrā puede expresar distintos significados compuestos, como el de “sello” u “orden del rey”. Se dice que un mudra es el gesto que refuerza y ejecuta el poder de un gobernante; en ese sentido, el mudra es el gesto de firmar el tratado, el instante y el gesto a través del cual un poder se afirma a sí mismo y logra transmutar la materia, impregnándola de sus designios.

En otro contexto, un mudra es también la disposición física que presentamos al otro: el Buda caminante a menudo es representado realizando el mudra del miedo, que paradójicamente le presenta al observador sus manos abiertas, a la altura de los hombros, las palmas paralelas al cuerpo, en actitud conciliadora: a pesar de que la mente divague y el miedo dispare sus dardos envenenados, herramientas como el mudra, el mantra o el asana (respectivamente gesto, canto y movimiento) nos dan una guía para encarnar momentáneamente la disposición emocional que requerimos para afrontar distintas situaciones de la vida.

Abonando todavía un sentido más, la generosidad semántica de la raíz mudrā se extiende hacia el ámbito de la litografía, la impresión y la página escrita, es decir, la página sellada por caracteres, que conforman el semblante de la página. Si uno buscara una imprenta en las páginas amarillas de Bengala o Delhi, tal vez deba buscarlas como “mudrā iantra alaia”, o taller de impresiones. El viejo William Burroughs solía recalcar que las letras que componían las palabras eran, antes que signos arbitrarios a los que atribuimos significados consensuales, dibujos, imágenes encadenadas; por ello ejercía la escritura desde una concepción del texto como agregado de imágenes cuya organización precisa define tanto el significado como un aspecto práctico y técnico, en el caso de la escritura, y sagrado, en el caso de las religiones y prácticas espirituales de Oriente.

mudras 3Me gustaría pensar que existe un vínculo evidente y claro entre lo que hace una mano que escribe y lo que hace la misma mano cuando la boca habla: la mano, en el primer caso, está manipulando la pluma; en el segundo, ilustra manualmente las palabras que emitimos por el aparato fonador. Los movimientos de la mano son la materialización de una disposición consciente e inconsciente de nuestra mente e imaginación, desde la manera de fumarse un cigarro hasta la forma de sentarse en una silla para dar una conferencia. Los oradores latinos incluso codificaron un sistema de gestos manuales para acompañar los edictos y órdenes de los cónsules: en la serie de televisión Rome es posible ver cómo los oradores callejeros se habrían servido de gestos de solemne teatralidad para informar y entretener a su auditorium.

En cuanto al vínculo con la fe, podríamos pensar aquello que decía San Agustín con respecto a la imitación de Cristo o de la virgen María: desde un ámbito laico (digamos, ético) la imitación de valores morales constituye la adaptación subjetiva de un modelo “ideal”, y que tiene sentido en la vida del creyente incluso más allá de la referencia o evidencia; de ahí que las deidades no necesiten ni siquiera meterse en el embrollo de existir para ser adoradas y emuladas. Las letanías, oraciones y demás agregados de la teología moral cristiana funcionan no para “invocar” a la divinidad, como en los paganismos, sino para reconocer su presencia. La idea es que los gestos de un hombre de fe y un hombre sin fe, al rezar, son indistinguibles: las buenas acciones hablan por sí mismas, sin importar las actitudes. Sé que la cuestión es más complicada, pero estoy pensando en un koan que leí una vez acerca de dos monjes zen que rezaban todos los días en cierto monasterio; uno de ellos conservaba un semblante alegre y relajado, mientras el otro rezaba con dedicación y concentración, hasta el punto que podía notársele visiblemente cansado. El monje “cansado” le pregunta al monje feliz cuál es su secreto para la devoción; este le responde que la cuestión es muy simple: “Mientras tú pones las manos juntas para pedir, hermano, yo las uno como una ofrenda para agradecer”.

Podríamos terminar imaginando que los mudras son una especie de talismanes de movimientos, y que al igual que ocurre en el orden de los objetos, existen talismanes genuinos y baratijas para los turistas. Tampoco ofrecemos los mismos gestos a toda la gente a nuestro alrededor. Tenemos posturas, frases, incluso voces distintas para enfrentarnos a nuestros jefes, a nuestros padres o hermanos, a nuestra pareja o amigos, así como para pensar en nosotros mismos. En su calidad no verbal, los gestos (o mudras) realizados a través del lenguaje corporal no carecen de complejidad semántica, y los estudios al respecto han demostrado su importancia fundamental para la comunicación humana, incluso más allá de las palabras.

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