Desde el primer Adán que vio la noche
Y el día y la figura de su mano,
Fabularon los hombres y fijaron
En piedra o en metal o en pergamino
Cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño.
Aqui está su labor: la Biblioteca.
Dicen que los volúmenes que abarca
Dejan atrás la cifra de los astros
O de la arena del desierto.

“Alejandría, 641 A.D.”, J.L. Borges

Como se sabe una de las ideas más acordadas sobre el Paraíso es que allí todo está “al alcance de la mano”. Basta estirar el brazo para comer, beber, cobijarse, procrear. Hoy tenemos una probada de paraíso con solo sentarnos frente a una computadora: al alcance de nuestras manos está, supuestamente, toda la información que sabemos, y la que sabemos que ignoramos también. Pero antes del 2.0, mucho antes de este modelo de tecnología invisible, existió un modelo tangible: un palacio de archiveros que pretendió poner toda la información del mundo literalmente al alcance de nuestra mano, en forma de tarjetas de  3 x 5 pulgadas.

El Mundaneum, como se le llamó a esta utopía, fue la creación intelectual de Paul Otlet (1868-1944), padre de la documentación e inventor de la Clasificación Decimal Universal, y de su amigo y futuro ganador del Premio Nobel Henri La Fontaine. La idea era coleccionar los datos bibliográficos de cada libro jamás publicado, junto con una vasta colección de artículos de revistas y periódicos, fotografías, carteles y todo tipo de efímera.

El proyecto, por supuesto, no acaba en un mero archivo académico. El Mundaneum iba a formar el eje central de la Cité Mondiale. Una ciudad universitaria que sería una Meca académica, comparable a la Biblioteca de Alejandría, pero que en lugar de libros tendría información sobre los libros.

Si su proyecto se lograba, cualquiera sentado en un sillón hubiera podido contemplar la totalidad de la creación de una sola mirada. Todo en un mueble inmenso formado de millones de pequeños cajones ordenados y enumerados. El paraíso de Otlet era uno de máxima consultabilidad, un proto-Internet análogo, completo e hípervinculado.

En 1934, Otlet visualizó planes para una red global de máquinas (o “Telescopios electrónicos”, como él lo llamaba), que permitiría que las personas buscaran entre millones de documentos interconectados que no sólo pondrían información al alcance de sus manos, sino que les permitiría anotar las relaciones entre un texto y otro. Los vínculos entre documentos completaría la persistente utopía de un Libro Universal.

Otlet mismo declaró que ningún documento podría ser completamente entendido por sí solo, sino a partir de la imagen que emergía de verlo como un todo, de imaginarlo interconectado en un sistema gigante que llamó réseau (red o conocimiento humano).

Una conjetura radical consideraría que todo el conocimiento, toda la información podría estar condensada de tal manera que podría estar contenida en un número limitado de obras puestas sobre un escritorio, por ende al alcance de la mano, e indexadas de manera que aseguraran la máxima consultabilidad. Es este caso el mundo descrito en la totalidad de libros estaría realmente al alcance de todos. El Libro Universal creado de todos los libros se convertiría en algo muy cercano a un anexo del cerebro, a un sustrato incluso de la memoria, un mecanismo externo e instrumento de la mente pero tan cercano a ella, tan apto para su uso que sería una suerte de órgano agregado, un apéndice exodérmico.

(Paul Otlet, Tratado de documentación, 1934)

Incluso el famoso arquitecto suizo-francés Le Corbusier estuvo fascinado con esta idea, y junto con el escultor noruego Hendrik Christian Andersen comenzó a diseñar la ciudad utópica. Se propusieron varias ciudades –incluyendo La Haya en Holanda y Nueva Jersey en Estados Unidos– pero, sobra decir, la ciudad nunca fue construida. El Mundaneum, que abrió en 1910, estuvo originalmente albergado en el Palais du Cinquantenaire en Bruselas (Bélgica), pero fue mudándose a una sucesión de espacios cada vez más pequeños –donde se perdió gran parte de la colección– hasta acabar en un garaje abandonado en Mons (Valona).

Lo que queda del Mundaneum puede visitarse hoy en una fábrica convertida en Art Deco en Mons, Bélgica. La colección permanece caótica, pero ha sido dispuesta de manera que parezca una exposición de arte. Aún quedan cientos de cajas no catalogadas, y los archivistas dicen que podría tomar más de cien años escanear todos los documentos… y finalmente hacerlos accesibles en línea.

Lo cierto es que Otlet fue uno de los primeros en comprender que la información es independiente de su medio, que cambiar la manera en que un documento es archivado no cambia el contenido. Después de todo un libro es solo un medio para decir algo, y una ficha bibliográfica es solo un medio para remitirnos a ese libro que dice algo.

Pero quizá lo más importante que legó Otlet fue que dejó claro que una utopía –aunque sea de proporciones titánicas y se quede a la mitad del camino– es un medio para engendrar otra utopía. Hoy tenemos, en el Internet y el hipervínculo, nuestro paraíso informático, nuestra propia “Ciudad del intelecto” al alcance de las manos.

Desde el primer Adán que vio la noche
Y el día y la figura de su mano,
Fabularon los hombres y fijaron
En piedra o en metal o en pergamino
Cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño.
Aqui está su labor: la Biblioteca.
Dicen que los volúmenes que abarca
Dejan atrás la cifra de los astros
O de la arena del desierto.

“Alejandría, 641 A.D.”, J.L. Borges

Como se sabe una de las ideas más acordadas sobre el Paraíso es que allí todo está “al alcance de la mano”. Basta estirar el brazo para comer, beber, cobijarse, procrear. Hoy tenemos una probada de paraíso con solo sentarnos frente a una computadora: al alcance de nuestras manos está, supuestamente, toda la información que sabemos, y la que sabemos que ignoramos también. Pero antes del 2.0, mucho antes de este modelo de tecnología invisible, existió un modelo tangible: un palacio de archiveros que pretendió poner toda la información del mundo literalmente al alcance de nuestra mano, en forma de tarjetas de  3 x 5 pulgadas.

El Mundaneum, como se le llamó a esta utopía, fue la creación intelectual de Paul Otlet (1868-1944), padre de la documentación e inventor de la Clasificación Decimal Universal, y de su amigo y futuro ganador del Premio Nobel Henri La Fontaine. La idea era coleccionar los datos bibliográficos de cada libro jamás publicado, junto con una vasta colección de artículos de revistas y periódicos, fotografías, carteles y todo tipo de efímera.

El proyecto, por supuesto, no acaba en un mero archivo académico. El Mundaneum iba a formar el eje central de la Cité Mondiale. Una ciudad universitaria que sería una Meca académica, comparable a la Biblioteca de Alejandría, pero que en lugar de libros tendría información sobre los libros.

Si su proyecto se lograba, cualquiera sentado en un sillón hubiera podido contemplar la totalidad de la creación de una sola mirada. Todo en un mueble inmenso formado de millones de pequeños cajones ordenados y enumerados. El paraíso de Otlet era uno de máxima consultabilidad, un proto-Internet análogo, completo e hípervinculado.

En 1934, Otlet visualizó planes para una red global de máquinas (o “Telescopios electrónicos”, como él lo llamaba), que permitiría que las personas buscaran entre millones de documentos interconectados que no sólo pondrían información al alcance de sus manos, sino que les permitiría anotar las relaciones entre un texto y otro. Los vínculos entre documentos completaría la persistente utopía de un Libro Universal.

Otlet mismo declaró que ningún documento podría ser completamente entendido por sí solo, sino a partir de la imagen que emergía de verlo como un todo, de imaginarlo interconectado en un sistema gigante que llamó réseau (red o conocimiento humano).

Una conjetura radical consideraría que todo el conocimiento, toda la información podría estar condensada de tal manera que podría estar contenida en un número limitado de obras puestas sobre un escritorio, por ende al alcance de la mano, e indexadas de manera que aseguraran la máxima consultabilidad. Es este caso el mundo descrito en la totalidad de libros estaría realmente al alcance de todos. El Libro Universal creado de todos los libros se convertiría en algo muy cercano a un anexo del cerebro, a un sustrato incluso de la memoria, un mecanismo externo e instrumento de la mente pero tan cercano a ella, tan apto para su uso que sería una suerte de órgano agregado, un apéndice exodérmico.

(Paul Otlet, Tratado de documentación, 1934)

Incluso el famoso arquitecto suizo-francés Le Corbusier estuvo fascinado con esta idea, y junto con el escultor noruego Hendrik Christian Andersen comenzó a diseñar la ciudad utópica. Se propusieron varias ciudades –incluyendo La Haya en Holanda y Nueva Jersey en Estados Unidos– pero, sobra decir, la ciudad nunca fue construida. El Mundaneum, que abrió en 1910, estuvo originalmente albergado en el Palais du Cinquantenaire en Bruselas (Bélgica), pero fue mudándose a una sucesión de espacios cada vez más pequeños –donde se perdió gran parte de la colección– hasta acabar en un garaje abandonado en Mons (Valona).

Lo que queda del Mundaneum puede visitarse hoy en una fábrica convertida en Art Deco en Mons, Bélgica. La colección permanece caótica, pero ha sido dispuesta de manera que parezca una exposición de arte. Aún quedan cientos de cajas no catalogadas, y los archivistas dicen que podría tomar más de cien años escanear todos los documentos… y finalmente hacerlos accesibles en línea.

Lo cierto es que Otlet fue uno de los primeros en comprender que la información es independiente de su medio, que cambiar la manera en que un documento es archivado no cambia el contenido. Después de todo un libro es solo un medio para decir algo, y una ficha bibliográfica es solo un medio para remitirnos a ese libro que dice algo.

Pero quizá lo más importante que legó Otlet fue que dejó claro que una utopía –aunque sea de proporciones titánicas y se quede a la mitad del camino– es un medio para engendrar otra utopía. Hoy tenemos, en el Internet y el hipervínculo, nuestro paraíso informático, nuestra propia “Ciudad del intelecto” al alcance de las manos.

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