En la historia de las habilidades extraordinarias, la de un tal Étienne Bottineau merece un lugar de honor. Fue un miembro menor del cuerpo de ingeniería naval de Francia durante la segunda mitad del siglo XVIII, a quien la historia nunca hubiera mencionado de no ser por su insólito talento: el de prever la llegada de barcos a distancias lejanísimas de la costa, y todo con solo estudiar la línea del horizonte.

Bottineau podía avistar navíos desde 500 hasta 1200km de la costa, lo cual ningún radar, ningún telescopio del momento era capaz de lograr. Antes de ser reclutado por los capitanes de guerra, el ingeniero era ya famoso entre los marineros porque pasaba horas en las tabernas de la isla de Mauricio (conocida entonces como “Île de France”) apostando sobre el número de barcos que se acercarían a la costa de la isla. Con solo observar la línea visible del horizonte podía no solo discernir cuántos barcos eran, también podía decir con exactitud qué tan separados estaban y estimar su rango de navegación y tonelaje. Gracias a esta insigne fama entre los marinos, el ingeniero fue requerido por el Imperio Colonial francés y pasó más de 8 meses a prueba, prediciendo con éxito la llegada de flotillas enemigas inglesas y facilitando triunfos para Francia.

Durante ese período logró convencer a los capitanes que la suya era una disciplina genuina.  Contra las naturales sospechas, insistió en que sus predicciones no eran producto de brujería ni mucho menos de buena suerte; eran, más bien, producto de una rigurosa observación y de años de prueba y error. Pues Bottineau decía ser inventor de una nueva “ciencia”, a la cual llamó nautopía: “el arte de descubrir barcos y tierra a grandes distancias”.

Pero Bottineau parecía no tener prisa para explicar la nautopía; quizás porque quería permanecer como el único nautopista del mundo, o porque la explicación era tan extravagante como la práctica. Desde luego, el no aclarar la técnica detrás de semejante fenómeno le trajo varias inconveniencias (las sospechas en su uso de brujería, por ejemplo), hasta que los oficiales navales decidieron ofrecerle dinero por su secreto.

La explicación de Bottineau fue fascinante (aun si extremadamente ambigua): “Cada barco en el mar produce “emanaciones”. Estas emanaciones afectan la transparencia de la atmósfera. Así, los efectos meteóricos [como él los llamó] son producidos en el horizonte y pueden verse y leerse por todos los hombres una vez que saben cómo”.

Su teoría dice que es posible para un ojo entrenado discernir el advenimiento de navíos a cientos de kilómetros de distancia, porque estos afectan la atmósfera que los rodea. Algo muy similar a la teoría del campo magnético, que plantea que un objeto afecta, a un nivel energético, la zona atmosférica de sus inmediaciones. Bottineau percibía estas “emanaciones” o cambios magnéticos como nunca nadie lo había hecho ni lo ha vuelto a hacer. Y el testimonio de sus aciertos durante 8 meses en la guerra solo lo avalan como uno de los más extravagantes visionarios en la ubicación más extraña donde ha habido uno.

Su explicación no fue suficiente para los ministros de marina y fue tildada de “alucinatoria”; la historia pronto se olvidó de él. Podemos discernir, sin embargo, que Bottineau pasó tantas horas de su vida mirando y estudiando el horizonte que este se reveló para él. Y en el proceso de su ejercicio, del cual afortunadamente queda registro, el ingeniero dio a luz a una de las paradojas más bellas de la humanidad: la posibilidad de generar una intimidad con la distancia.

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En la historia de las habilidades extraordinarias, la de un tal Étienne Bottineau merece un lugar de honor. Fue un miembro menor del cuerpo de ingeniería naval de Francia durante la segunda mitad del siglo XVIII, a quien la historia nunca hubiera mencionado de no ser por su insólito talento: el de prever la llegada de barcos a distancias lejanísimas de la costa, y todo con solo estudiar la línea del horizonte.

Bottineau podía avistar navíos desde 500 hasta 1200km de la costa, lo cual ningún radar, ningún telescopio del momento era capaz de lograr. Antes de ser reclutado por los capitanes de guerra, el ingeniero era ya famoso entre los marineros porque pasaba horas en las tabernas de la isla de Mauricio (conocida entonces como “Île de France”) apostando sobre el número de barcos que se acercarían a la costa de la isla. Con solo observar la línea visible del horizonte podía no solo discernir cuántos barcos eran, también podía decir con exactitud qué tan separados estaban y estimar su rango de navegación y tonelaje. Gracias a esta insigne fama entre los marinos, el ingeniero fue requerido por el Imperio Colonial francés y pasó más de 8 meses a prueba, prediciendo con éxito la llegada de flotillas enemigas inglesas y facilitando triunfos para Francia.

Durante ese período logró convencer a los capitanes que la suya era una disciplina genuina.  Contra las naturales sospechas, insistió en que sus predicciones no eran producto de brujería ni mucho menos de buena suerte; eran, más bien, producto de una rigurosa observación y de años de prueba y error. Pues Bottineau decía ser inventor de una nueva “ciencia”, a la cual llamó nautopía: “el arte de descubrir barcos y tierra a grandes distancias”.

Pero Bottineau parecía no tener prisa para explicar la nautopía; quizás porque quería permanecer como el único nautopista del mundo, o porque la explicación era tan extravagante como la práctica. Desde luego, el no aclarar la técnica detrás de semejante fenómeno le trajo varias inconveniencias (las sospechas en su uso de brujería, por ejemplo), hasta que los oficiales navales decidieron ofrecerle dinero por su secreto.

La explicación de Bottineau fue fascinante (aun si extremadamente ambigua): “Cada barco en el mar produce “emanaciones”. Estas emanaciones afectan la transparencia de la atmósfera. Así, los efectos meteóricos [como él los llamó] son producidos en el horizonte y pueden verse y leerse por todos los hombres una vez que saben cómo”.

Su teoría dice que es posible para un ojo entrenado discernir el advenimiento de navíos a cientos de kilómetros de distancia, porque estos afectan la atmósfera que los rodea. Algo muy similar a la teoría del campo magnético, que plantea que un objeto afecta, a un nivel energético, la zona atmosférica de sus inmediaciones. Bottineau percibía estas “emanaciones” o cambios magnéticos como nunca nadie lo había hecho ni lo ha vuelto a hacer. Y el testimonio de sus aciertos durante 8 meses en la guerra solo lo avalan como uno de los más extravagantes visionarios en la ubicación más extraña donde ha habido uno.

Su explicación no fue suficiente para los ministros de marina y fue tildada de “alucinatoria”; la historia pronto se olvidó de él. Podemos discernir, sin embargo, que Bottineau pasó tantas horas de su vida mirando y estudiando el horizonte que este se reveló para él. Y en el proceso de su ejercicio, del cual afortunadamente queda registro, el ingeniero dio a luz a una de las paradojas más bellas de la humanidad: la posibilidad de generar una intimidad con la distancia.

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