¿Qué es lo que convierte a un espacio en una biblioteca? Simplemente contener una colección, idealmente ordenada y categorizada, de libros. Por eso, es claro que una biblioteca no tiene que estar cimentada en la tierra. ¿Puedes imaginar una biblioteca itinerante, que visita lugares remotos, distanciados por el mar, llevando historias a sus habitantes? Pues afortunadamente una biblioteca también puede ser un barco, y un barco una biblioteca.

En la década de 1950, en Suecia y demás países nórdicos, surgió una iniciativa para matizar la centralización de la cultura, concentrada por lo general en las grandes ciudades, específicamente en las capitales. Al ser una península ubicada al norte de Europa en la que convergen muchas islas con muy pocos habitantes y una dificultad de desplazamiento geográfico, los bokbåten o librerías flotantes son literalmente barcos acondicionados como bibliotecas públicas —libros, libreros, lámparas, mesas, sillas, un sistema de control sobre el préstamo de libros, etcétera—  que los gobiernos de Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia auspician para ofrecer a los habitantes de estos lugares libros en calidad de préstamo, como cualquier biblioteca tradicional.

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Su esquema, sin embargo, es mucho más flexible: no existen multas estrictas por no devolver los ejemplares a tiempo, e incluso hay casos en los que los libros nunca son devueltos o lo son, pero después de años —aún así los usuarios pueden seguir disfrutando de las bibliotecas-barco. Se puede decir que el éxito de los bokbåten es notable: al atracar el barco en un lugar, niños y adultos hacen fila para poder tener acceso y escoger alguno de los más de 3,000 títulos que habitan dentro, colecciones que se actualizan constantemente con libros recién editados o traducidos —algo que nos recuerda que una biblioteca es también un ser vivo que se genera, regenera y adapta a las necesidades de su entorno.

Las sociedades escandinavas se caracterizan, entre otras cosas, por apostar por la lectura y la educación como elementos centrales del progreso. Pero, desgraciadamente, el futuro de estas librerías flotantes es incierto: los gobiernos han recortado recientemente los presupuestos asignados a estas iniciativas, poniendo así en peligro su existencia.

La lectura y la escritura son rituales antiguos de canalización, recepción y trasmisión de conocimiento. Su medio, los libros, son objetos-contenedores, al igual que lo son los barcos. Juntos, libros y barco, han resultado en uno de los experimentos más hermosos que se han visto en torno a la lectura y su difusión. Los bokbåten existen como contenedores, también metafóricos, que develan una posibilidad deliciosa: una biblioteca es los libros que la habitan y las personas que los leen ahí, por lo tanto puede ser cualquier lugar.

Imágenes: 1) R. Kriaturr Brosvik – flckr 2) Andrva – Creative Commons

¿Qué es lo que convierte a un espacio en una biblioteca? Simplemente contener una colección, idealmente ordenada y categorizada, de libros. Por eso, es claro que una biblioteca no tiene que estar cimentada en la tierra. ¿Puedes imaginar una biblioteca itinerante, que visita lugares remotos, distanciados por el mar, llevando historias a sus habitantes? Pues afortunadamente una biblioteca también puede ser un barco, y un barco una biblioteca.

En la década de 1950, en Suecia y demás países nórdicos, surgió una iniciativa para matizar la centralización de la cultura, concentrada por lo general en las grandes ciudades, específicamente en las capitales. Al ser una península ubicada al norte de Europa en la que convergen muchas islas con muy pocos habitantes y una dificultad de desplazamiento geográfico, los bokbåten o librerías flotantes son literalmente barcos acondicionados como bibliotecas públicas —libros, libreros, lámparas, mesas, sillas, un sistema de control sobre el préstamo de libros, etcétera—  que los gobiernos de Suecia, Noruega, Dinamarca y Finlandia auspician para ofrecer a los habitantes de estos lugares libros en calidad de préstamo, como cualquier biblioteca tradicional.

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Su esquema, sin embargo, es mucho más flexible: no existen multas estrictas por no devolver los ejemplares a tiempo, e incluso hay casos en los que los libros nunca son devueltos o lo son, pero después de años —aún así los usuarios pueden seguir disfrutando de las bibliotecas-barco. Se puede decir que el éxito de los bokbåten es notable: al atracar el barco en un lugar, niños y adultos hacen fila para poder tener acceso y escoger alguno de los más de 3,000 títulos que habitan dentro, colecciones que se actualizan constantemente con libros recién editados o traducidos —algo que nos recuerda que una biblioteca es también un ser vivo que se genera, regenera y adapta a las necesidades de su entorno.

Las sociedades escandinavas se caracterizan, entre otras cosas, por apostar por la lectura y la educación como elementos centrales del progreso. Pero, desgraciadamente, el futuro de estas librerías flotantes es incierto: los gobiernos han recortado recientemente los presupuestos asignados a estas iniciativas, poniendo así en peligro su existencia.

La lectura y la escritura son rituales antiguos de canalización, recepción y trasmisión de conocimiento. Su medio, los libros, son objetos-contenedores, al igual que lo son los barcos. Juntos, libros y barco, han resultado en uno de los experimentos más hermosos que se han visto en torno a la lectura y su difusión. Los bokbåten existen como contenedores, también metafóricos, que develan una posibilidad deliciosa: una biblioteca es los libros que la habitan y las personas que los leen ahí, por lo tanto puede ser cualquier lugar.

Imágenes: 1) R. Kriaturr Brosvik – flckr 2) Andrva – Creative Commons